Uno de los nuestros

Anoche se entregó el premio internacional Clarín de novela y por razones que no viene al caso señalar –la cruda verdad es que no acusamos recibo de invitación alguna– ningún integrante de esta redacción esquizoide estuvo allí. Lo ganó un amigo, Gustavo Nielsen, por eso rescatamos esta nota de parrilla.

Los escritores somos grey, me enseñó, hace varios años, una de las mejores amigas que me ha procurado la vida. Venía yo de Buenos Aires, de mi primer encuentro con la gente del mundillo de las letras y estaba maravillado de varios modos concomitantes, cada uno relacionado con alguna de las personas con las que había tenido trato. Me sentí raro, incluso incómodo, ante la gentileza demostrada por casi todos. Fue una emoción espontánea, y por tanto un disparo en el blanco a mi corazón flaco, una punzada, como si una claque -y no cualquiera, LA claque- estuviera esperando por mí y lo que yo tenía para dar.
Uno de esos tipos era Gustavo Nielsen.
Nielsen ganó cierta notoriedad por razones extraliterarias (el juicio ganado a Piglia por el tongo en un concurso) pero había publicado cuatro o cinco libros y de la noche a la mañana los mercaderes de la república letrada lo dejaron en banda. Si hasta circulaba una solicitada en la que buena cantidad de las plumas más mentadas de la patria denunciaban una cierta persecución a ese peleador de mil batallas que se llamó Ricardo Enrique Piglia Renzi. En eso aparecieron los blogs y Nielsen encontró un espacio donde decir lo suyo, a su velocidad, sin filtros ni línea editorial, a contracorriente de eso que nuestras plumas bienpensantes sugerían.
Me hace acordar al caso Bosman, le dije a alguien, ese jugador que consiguió que los futbolistas nacidos en la Unión Europea puedan jugar sin limitaciones en cualquier país de la Unión. El tipo ganó el juicio pero ¿alguien sabe en qué puesto jugaba Bosman? ¿alguien sabe de los méritos literarios de Gustavo Nielsen? El caso judicial se comió al jugador, ¿qué pasará con él? Pero es un loco lindo, me dijo ese alguien, tenés que conocerlo.
Y lo conocí. La primera vez fue al teléfono. Yo estaba de visita en su departamento de Palermo y acababa de dar cuenta de la escasa bodega. En ese momento mi cantidad de alcohol en sangre era más que significativa, ¿Holá? ¿Nielsen?, le dije, te habla Jorge Mayer y jamás leí nada tuyo. ¿Mayer? ¡Yo te leo!, me respondió él, como si hiciera falta. Y: mañana voy al Rojas y llevo algo para regalarte, ¿qué te interesa? ¿cuento? ¿novela? Dije novela. O tal vez: da lo mismo, lo que tengas.
En el Rojas se hacían unas mesas redondas sobre blogs y él, quizá por novato, quizá porque no le interesaba, no estuvo entre los expositores sino como público, sentado en la primera fila, munido de una libreta y una lapicera, y al cabo de la experiencia despachó una preciosa crónica, la mejor de todas las que se escribieron sobre ese encuentro. Pero antes, en la planta baja, entre abrazos y besos, repartió entre varios de nosotros cuentos y novelas. A mí me tocó –si será turro– Auschwitz, posiblemente lo mejor que haya escrito, un libro con la potencia de una patada en los huevos, que versa sobre un tema incómodo como un grano en el culo, pero de tan bella ejecución que, apenas terminado, uno se plantea: ¿no merece una segunda parte? Pero precisamente por tratarse de una obra incómoda, sobre un tema de lo más escabroso, mereció, de los suplementos literarios, el más cerrado de los silencios –¿o la censura?
Encima es tan modesto que, cuando uno le calienta la oreja y le dice, che, no sabés cuánto me gustó Auschwitz –que no es mentira–, se la presté a cinco o seis amigos, y todos quedaron patitiesos con semejante libro –lo que tampoco falta a la verdad–, él tipo dirá, y casi lo estoy escuchando: “sí, es fácil de leer”. Puras macanas. Si en vez de libro fuese película, se parecería a alguna de esas del Cronenberg más enfermo, que uno las ve porque se trata de una película y no queda otra, pero se tapa los ojos con tres dedos de la mano y pizpea por el hueco a la espera de que de una buena vez pase lo peor. Y si uno le dice, por ejemplo, que es uno de los mejores primeros capítulos de novela que ha leído en su vida, él dice “es que yo soy cuentista”.
Además es arquitecto. Y artista plástico (ha ilustrado varias portadas de sus libros –¿o todas?–). Y cineasta.
Entonces, me piden nombres para una mesa redonda sobre blogs y la experiencia por él recogida me parece tan valiosa como la reputación que se ha ganado, y digo Gustavo Nielsen. Es una garantía. El tipo dice sí y no le importa ir gratis. Y ya en el terreno procura que “nuestro número” sea cualquier cosa menos solemne. Entonces en vez de hablar desde el escenario nos mezclamos con el público; en vez de leer ponencias las decimos llanamente, como si a un amigo le contáramos qué nos pasó en este tiempo que llevamos sin vernos. Es que él piensa y vive la literatura como un paseo, como una vacación, una vocación antes que un trabajo y yo no puedo menos que sentirme un hermano en esa fe.
Por eso que a nadie le extrañe que tiempo después lo visite en su departamento de Barracas con la excusa de un asado. Lo encuentro, cómo no, trabajando, y me pide que le dé una mano. Pinto una reja. Después me ofrece thinner para limpiarme las manos. Yo no sé de lo que me habla porque en la perra vida pinté nada (pero como estoy dentro de las reglas de la grey no mido consecuencias) y al rato se nos une otro amigo escritor y me enseña (justo a mí, que odio las achuras) a trenzar chinchulines (pero como estoy, etc.). Era pleno invierno y hacían 30 grados (la vida te da otros premios).
Un escritor, leo, como el artesano, ama el material y su tiempo y sabe también que su pieza está destinada a alguien y con esas variables intenta, sin vanidades ni estridencias, lograr una pieza única. Y, por lo general, a fuerza de trabajo y buena fe da con un producto auténtico
O sea, hoy me entero en la oficina de su condición de finalista del premio. Por eso, lo que nunca: vuelvo a casa a las corridas, pongo la radio del monopolio y espero con interés cada flash informativo. Es que si hay justicia, ganó el clarín de novela un amigo -y antes de saberlo camino a zancadas, como si apurando el paso estuviese a tiempo de llegar donde la gala- y por muchas cosas que no podría contar sin pudor estoy tan feliz como si lo hubiera ganado yo mismo. Es que, como alertaba mi amiga, somos grey.
¡Ave, Nielsen, los que van a morir te saludan!

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2 comentarios en “Uno de los nuestros”

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