Te llevo para que me lleves

No creo en nada salvo en la cinta scotch, dice Miles Straume en el capítulo final de Lost y en medio del trago amargo de la despedida hacemos en nuestra cara el espacio en que cabe una media sonrisa. Se acabó y pensé en Te llevo para que me lleves, una gran canción de Gustavo Cerati, mi hermano mayor en estado comatoso. Fresco en mi HD estaba el show que dio en la remota Mexicali el nueve de marzo de 2003. Allí, gracias a una corista con mejor dicción que la bella Cecilia Amenabar, entendí, por fin, qué es lo que decía la letra del ese track fatigado por la rotación en la radio: si te llevo es para que me lleves de una vida a otra vida.

No creo en nada y me odio cuando lo pienso, cuando lo escribo, cuando lo siento de ese modo, pero. Sé muchas cosas sobre el amor de mi vida y sin embargo. Alguno de mis amigos, ante una desafortunada circunstancia sentimental, debatiéndose entre abrir de nuevo la puerta o dar el portazo definitivo, me decía: ¿y si fuera el amor de mi vida? Yo soy un tipo cruel y de a ratos me encanta serlo. Si fuera el amor de tu vida, le dije, perdé cuidado: serías vos el que persigue y no al revés.

Noviaba con un patova de gimnasio. Demasiado gordo para el amor. La cabeza y los huevos exprimidos de anabólicos. Nos encontrábamos furtivamente en un monoambiente prestado. Cuando poníamos en riesgo el equilibrio de las sillas, tirábamos el colchón al piso. Mi lengua decía y la suya lamía y viceversa. De un momento a otro, o de un mundo a otro, de una vida a otra vida, Desmond bien pudo haberme dicho: yo te vi en Coto empujando el carrito de la compra, ella te besaba sin temor a que la vieran; eras feliz. Te lo prometo.

Nos reunían las mismas cosas que nos abismaban. A ella se le da el budismo y la adivinación astral; a mí la razón por sobre todas las cosas, o la sin razón, que es casi lo mismo, pero apenas yo negaba las bondades de la luna en la casa ocho, la de la prosperidad, ella arremetía con dedos maliciosos por debajo de la camisa lila y de golpe me sentaba al otro lado del más vasto escritorio de la unidad ejecutora.

¿Vas a necesitar a alguien? Tomá a alguien. Elegí vos, tenés toda mi confianza, decía la no licenciada en amor. Y Walter: tengo a alguien. Traela. Decile que venga mañana. Es menudita. Pongo mi mejor cara de señor director. La saludo con un beso y la invito a sentarse. No tiene tetas. ¿Qué trabajos hiciste antes? Poco y nada en realidad, conocimientos en facturación. Caramba, eso no es de mucha utilidad aquí, pero.

Le digo las palabras mágicas que todo postulante desea oír: ¿querés empezar el lunes? Y ella, tímida y sonriente, veintidós años, ninguna experiencia, pocas tetas, ¿empiezo a trabajar? ¿quedé? Nunca le contaré la verdad. Quienes tenemos la desgraciada suerte de encabezar equipos de trabajo y el don de decidir vos sí, vos no, nos regodeamos del ojo clínico para saber, vos sí, la lucecita. Nosotros, los desangelados, queremos que al menos uno haya entre los que nos responden que sea portador de la lucecita. La capacidad de trabajo, en veremos, el compromiso, la responsabilidad, la sinergia, son boludeces. ¿Sabés qué queremos?

El día que decido que mi tiempo detrás del más vasto escritorio está agotado, se lo cuento primero a mi secretaria, que me devuelve un pucherito, después a la no licenciada en amor, que es mi jefa, y se fastidia, como si no supiera que un día todos nos llenamos las pelotas de ella y los que son como ella y ese día, nosotros, los que tenemos algún ahorro, una reserva de dignidad, amor propio, lo que vos quieras, decimos chau y por último, con urgencia, antes de que se enteren en los pasillos, reúno a todo el grupo y les doy mi versión de los hechos. Omito decir que me cavo la fosa, que nunca volveré a tener un sueldo como este, que estoy deprimido y tengo ganas de matarme. Les agradezco los buenos oficios, la tolerancia, les deseo suerte.

¿Y por qué no te matás?, me preguntó una vez una lectora del blog. Me apuro a decir que no fue un exabrupto. Los tipos que están en la lona destilan tristeza como quien suda y yo era de esos. ¿O soy? Me apuro porque la muy turra me mandó un correo fundamentado, diez líneas apuntando a la yugular. Por supuesto que no melló lo que ya venía roto. A la distancia, le agradezco. No le respondí aquélla vez porque no me sobraba nada para decir pero me hizo reflexionar. ¿Por qué no me mato?

Soy joven. Lo era cuando comencé a escribir esto. Estuve en dos o tres velorios, un palmarés, digamos, modesto. Pero no quiero volver jamás a ver una madre que llore la muerte de su hijo. No hay espectáculo más lacerante. Creo que es una buena razón. ¿Y el día que ella no esté?

Se portó como una reina, pobrecita, alzó la voz para preguntar si no había nada que se pudiera hacer para que yo revirtiera mi decisión. Debería haberle pedido una semana seguida de petes, pero no. Me porté como un caballero. Las renuncias son indeclinables o no son. Qué es esa mariconada de hacerse el muerto a ver quién te llora. Era mi velorio pero yo estaba ahí, mis últimos estertores, y ella, la chiquitita sin tetas, la última incorporación a mi dream team, las únicas lágrimas que alguien derramó por mí.

No volví a verla hasta que la casualidad nos juntó en el colectivo. Estás hecha una pendeja. Ay, gracias. Por no decir ¿sabés todo el amor que me estorba en el depósito? No es que me haya enamorado de vos pero quiero ser consecuente. No aprendí nada de la vida, pero te prometo que todo se andaría si a cada uno le tocase lo que se ganó. Y vos…

Viví un par de años en la mendicidad. Me di al alcohol y no me faltaron las noches tipo El sueño de los héroes. Pero en absoluto estoy orgulloso del costado miserable que alguna vez me conocí. Sólo me sonrío, triste, en la despedida, en el breve espacio que las despedidas le dan a una sonrisa, cuando la bailarina de tango me dice Qué gran texto, che, qué potente voz narrativa, si no te conociera, che, diría que sos vos, suerte que te conozco. Señor, ten piedad.

Los veo en facebook, tan felices, mostrando que han pasado buena parte de los últimos quince años multiplicándose como conejos, me los figuro traca traca, los ojos cerrados y la boca abierta, el colchón exactamente ubicado donde corresponde, y ninguno es lo bastante culo para agregarme como amigo. ¿Me verán? ¿O es que soy transparente? ¿Cómo es que a nadie se le da por someter mi nombre al escrutinio de google? ¿O son ellos los que no existen? ¿Han sido imaginarios los amigos de mi infancia, los allegados, los compañeros de escuela, de juerga, de trabajo? ¿Es este un largo sueño? ¿Sonará el despertador alguna vez?

Empecé a escribir con regularidad. Leí. Me armé un personaje. ¿Y si, como dice el poeta, corazón no es otra cosa que el aumentativo de coraza? Mil veces me enredé en lo que quería decir. Me pasó en los exámenes para los que fui mejor preparado. No hay espacio en mi maleta para tantas ideas. Soy de espíritu nómade y de cuerpo sedentario, La osamenta da temprana cuenta de los ríos que se me han escapado entre los dedos. No estoy triste, sólo resignado, y por eso mismo rabioso, impotente, y por eso mismo he perdido la mitad del pelo y la cintura y la mitad de mi vista y la vida.

¿Y por qué no? Nota mental: no citar de nuevo a Fogwill por un buen tiempo. En uno de los mobisodios puede verse el momento cero de Lost: Christian despierta a Jack, que duerme el sueño de un furioso palo aeronáutico y apenas tiene un rasguño, y le dice: hay trabajo que hacer. Por eso, porque hay trabajo que hacer.

Vine a Comala, dice él, Yo no vine, che, yo siempre estuve acá. Yo los vi morir a todos, dice Alpert y el aumentativo de coraza bruscamente se nos encoge. Yo vi Hiroshima. Vos no viste nada, mon amour. Como un estribillo: he sido testigo. Hablo de cosas que he visto, que sé de buena fuente, que he soñado en sueños de esos que lo dejan a uno con el aumentativo de coraza en la mano y tiritando, y las he alucinado en noches de tinto sin rosas y eructado como espinas al día siguiente. Debo contar eso. Nadie lo hará por mí. Ellos, los felices multicogientes de facebook, han existido juntos en un pueblo y yo los vi morir a todos. Tal vez por eso me niegan el saludo. No escribo por temor a que me escriban. Ninguno de ellos lo hará. Son felices. No tienen la punta de los dedos quemadas por Chernobyl. Yo sí, por eso no me mato, turrita, por eso.

Consiguió una beca, pidió licencia sin goce de haberes, se fue a España. Es uno de los dos orgullos que me ha dado la Administración, Las dos pibas a las que les di laburo hicieron mucha más carrera que yo. Ninguna es brillante. Son aplicadas pero sobre todo buena gente. Y las armé a mi medida. Les enseñé cuánto he querido que diera la suma de dos y dos. Lo aprendieron, lo ejecutaron, quizá lo enseñaron a otros. Metódicamente.

Escuché la frase en Venezuela, me gustó, la usé, dijo Cerati, sin saber lo que la isla tenía preparado para él. Claro, como un puñal rasgando las tinieblas, vuelve a cantar y en el video de MTV nos vamos detrás del ombligo de Cecilia. ¿Y si mi puñal es un lápiz? ¿Y si estoy hecho de tinieblas? ¿Y si mi trabajo, el que tengo por hacer, es arrancarme jirones de tiniebla? ¿Y si al cabo de él nada queda de mí?

Te conocí, me dijo ella una vez, en un intervalo entre polvo y polvo, con el aplomo de la chiquitita en la entrevista. Fue hace quinientos años, una cosa así. Vos ya escribías. Supe desde siempre que eras vos. La casa ocho, la prosperidad. Las dos, mi orgullo. Las cosas que hice fueron mejores que yo. Las obras del hombre se burlan del hombre, La pija no se me para y dejo el agua, su voz, el hilo que lía sus palabras, seguir, go on, rumbo a la revelación. La epifanía no sucede durante el polvo sino en el tiempo que necesita mi sangre para volver a convocarse en asamblea.

Le dieron seis meses de licencia y expirado el término no volvió a su plaza de tesorera de la unidad que ejecuta. Un burocráta aprieta la tecla enter, el ícono imprimir, y ella pierde el trabajo que yo le di una vez. Vuelve a vivir con su madre. Vende el auto. Consigue otro empleo. Progresa. Deja la casa de su madre. Se compra otro auto. Va rápido. La Administración no recompensa a la lucecita. Prefieren las ratas. Los que hacen carrera, los que tienen mundo, los que estudian, los que ven lo que ocurre fuera de la caverna, son prolijamente eyectados. Los otros, las ratas, se perfeccionan en el arte de apretar la tecla enter, el ícono imprimir. Dos copias.

Eras feliz, me dice Desmond. Caigo en la cuenta de que todo esto es una trampa. Que no hay justicia ni destino, sólo trabajo para hacer. Que vos, del otro lado de la pantalla, sos un extra de una película que David Lynch escribe mientras filma.

Se mató Daniela. No. En un accidente de coches. No. Iba sin el cinturón. La carucha contra el pavimento. No. Debe haber terminado su trabajo y del otro lado un burócrata dio enter sin contemplar la posibilidad de que ella salga por el parabrisas a otra vida. He sido un extra en su película. Nadie importante. Un baboso que la hubiera preferido con tetas. Uno que cultivaba su orgullo en secreto. Chiquitita. Mi bonsai.

Te conozco de otra vida, sí, hoy saltás por la ventana. Y si sé tanto sobre el amor de mi vida, ¿por qué es que me empeño en la soledad? ¿Acaso tengo miedo de que mi convicción me deje a gamba? Saber, lo que se dice saber, no sé. Se trata de una verdad que se hace carne por otra vía. No me pidan que explique. Cuando estoy triste soy un gato feo, dice Virginia. En esta vida el dado marcó ella con el patova y yo salsipuedes. Si rompo ese orden de cosas, si no respeto las leyes, si travisto en canalla, si salgo a matar, las cosas van a ponerse peores. Soy Ben, me quedo del lado de afuera. Es un rato nomás. Me puse mi mejor pilcha. Quizá me entreviste con alguien que sólo quiera verme las tetas.

Todo es una trampa. Natura es cartón pintado. Vos leés esto y no sabés que se trata de un bolo. El lunes pasá por actores que van a pagártelo. Quizá el martes empiece una película donde seas la estrella. No está escrito el guión, te lo prometo, pero vas a ir para adelante. Que no te importe el porqué: es mucho más grande de lo que puedas comprender. Tus obras serán más grandes que vos; hasta podés darte el lujo de postergarlas. No voy a ocultarte que el lujo de las postergaciones se paga cash y muy caro: muchas despedidas de apuro. No te las deseo. Te dan ganas de llorar y se te niegan las fuerzas y las lágrimas y acabás por escribir porquerías como esta. Te pegás el alma con cinta scotch y seguís, conejito Duracell.

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3 comentarios en “Te llevo para que me lleves”

  1. Me imagino que los conejitos Duracell a veces también tendrán ganas de sacarsela la pila y tirarla lejos. Cerca de alguna Daniela, o lejos de ella. Si cae cerca sería para que ella la agarre y corriendo la enchufe de nuevo para ver si la cosa reactiva; de lo contrario es cerca del carajo para que la desconexión sea total.

    Está lleno de iconitos de impresoras y ENTERs. Es una cagada eso pero tampoco somos como el Quijote que andamos luchando contra molinos de viento. Existen, se sabe que están y a veces dónde, tenemos la lanza como el Quijote pero a veces no la fuerza para metersela hasta la garganta.

    ¡Qué cosa este tema de las pocas tetas, che! ¿No te parece que siempre deseas que vengan dotadas y ligás las lisas?, ¿destino?… mejor tirarse del balcón.

    Saludos.

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