Cuatro inviernos

En el setenta y ocho no teníamos tele. Recién sería durante el setenta y nueve que papá comprase eso que mamá llamaba cajón de muerto, el mismo que descansa, ya jubilado, en mi habitación, como si en agradecimiento a los servicios prestados no pudiéramos asumir la idea de un buen día del señor echarlo a la basura. Papá pensó que no ganábamos y no quiso ver la final. En Esquel, me contaron, no televisaban el partido en directo. El que tuvo ganas de verlo hizo 600 kilómetros de ripio hasta Trelew. Ersn los años de gloria de Los Altares, un paraje a mitad de camino en el que hacían noche los viajeros.
Del ochenta y dos no me acuerdo nada. Es curioso: recuerdo a los tanques que pasaban por la ruta y los apagones nocturnos pero absolutamente nada del mundial. En el ochenta y seis miré todos los partidos, salvo el primer tiempo entre Brasil y Francia porque ese año hice el catecismo y me tocaba estar en la iglesia. Después de la final salí a la calle a mirar los festejos. Nunca había visto nada igual.
En el noventa miré por primera vez un partido en la escuela. Fue el dos a cero contra la Unión Soviética. Gritamos muchísimo el gol de Troglio. Nunca voy a olvidarme del partido contra Brasil en octavos. Se olfateaba una goleada y sin embargo a diez minutos del final Maradona sacó de la galera un pase brillante a Caniggia y Claudio Paul arrastró varios metros al arquero antes de cruzarla contra el arco vacío. Sufrí los penales contra Yugoslavia y grité hasta que me enrojeció la garganta el gol de Caniggia contra Italia. No me recuerdo muy alegre por la tanda de penales. De algún modo el objetivo estaba cumplido. Con ese equipo no podíamos aspirar a más y sin embargo sólo un discutible fallo arbitral nos privó de repetir el título de México.
Desde el noventa y cuatro hasta acá son mis años sin tele. Peregriné cada vez de casa en casa y acumulé un puñado de sinsabores. Posiblemente la última derrota contra Alemania haya sido el peor de los golpes. Fueron tan superiores que no me dieron un resquicio para la rabia. Es la tristeza pura y simple que se mofa de Trelew lleno de banderas, de mi vecino, que se levantó temprano para pintar de celeste y blanco los vidrios de su auto y no duerme la siesta porque tiene que quitar de los vidrios la inmundicia de el celeste y blanco, que cae en lagrimones sobre la vereda.
Lo de los alemanes es notable. De a ratos me enorgullece sentirme heredero de esa estirpe. Pienso en la república de los alemanes del Volga y en esos tipos arriados con rumbo al matadero. Pienso en los que son como mi padre y sólo aprendieron el idioma para poder ir a la escuela. Pienso en los que se desloman para producir los alimentos que podrían dar dfe comer a 300 millones de habitantes. -y también en los usureros, que son los que más chances tienen de llegar a presidentes- y los veo en sus aldeas de sólo una calle. Alguien toca el acordeón.
Nostalgia. De un acordeón no puede salir música alegre. A papá le gusta el chamamé y a mí me parece la música más fea del mundo. Las polcas, los valsecitos criollos, me dejan indiferente. Sin embargo hace un par de semanas vi Amélie y en mi cabeza todavía suenan los ecos de su banda sonora. Amélie es una película francesa y por ende un poco ñoña, pero hay que verla. Quiebra vidas, aunque pensar que una película se muestre idónea para quebrar vidas también sea cosa de ñoños. Y Yann Tiersen es grande.
Hay un pueblo de una sola calle. Suena un acordeón.

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2 comentarios en “Cuatro inviernos”

  1. Oh, el fútbol y los ritmos. Cinemas y reminiscencias, Jorge.
    Recuerdo a mi padre, mirando sin decir nada al fútbol. Mi padre se ensimismaba y al final decía: Qué suceso. Los gritos venían de otra parte. O de todas partes. Uh.

    Una vez vimos a unos viejecillos ciegos tocando con tambores hechos con ollas y con un acordeón entero, trajinado, resonando en el jirón. Cantaban “Alma, corazón y vida”, un vals peruano. El acordeón era el instrumento que armonizaba con ellos. Se me estrujó el corazón.

    Vi “Amelie” y lo que recuerdo vívidamente, son esos horribles enanos de los jardines y al piso lustroso de los subways. La antena vieja y trastocada de la televisión, como la tuya, como esas antenas de los televisores en blanco y negro. Un símbolo vintage.
    [Creo que me extendí, como me sucede cuando algo me provoca, el decir…]
    “La vida soñada de los ángeles” trae otras sónicas de Yann Tiersen. Y no hay nada que puedas recordar como ñoño o cursi. Días de Darcy, gracias.
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