No toda es vigilia la de los ojos abiertos

Hoy debería ser un día especial. Es feriado. No se trabaja. ¿Entonces qué cuernos hago a esta hora en la oficina? ¿Por qué hice doce cuadras en plena oscuridad, gambeteando borrachos, con temor a que alguien me dé un golpe por sorpresa y me robe los cinco pesos que traigo en la billetera? ¿Por qué apuré el tranco y temblé y volví a apretar en el bolsillo derecho de mi gabán las llaves, los cigarrillos, el encendedor? Seguramente porque me desperté y me quedé de una pieza al ver que sólo eran las dos y media de la mañana y lo primero que me vino a la mente fue preguntarme ¿ya estará el capítulo? Seguro que está, siempre suele estar alrededor de la medianoche. ¿Y los subtítulos? Eso es otra cosa. Ahí le prendemos una vela a Gowesoft. Esperemos que la finale no le haya destrozado los nervios y tenga la voluntad de sentarse a tipear esas frases repetidas que a esta altura nos ponen los pelos de punta. Y después a sincronizar. Porque el ripeo de 720p no funciona con los subtítulos comunes. Empieza bien y se va descajetando. Dicen que es la norma, que PAL, que NTSC, algunos hablan de los cuadros por segundo, otros los desmienten. La verdad, hay que estar un poco loco como para ponerse a trabajar en semejante estupidez, pero por suerte hay alguien que lo hace por uno. Alguien en algún lugar del mundo está pensando en mí, que en inglés entiendo algo así como un tercio de lo que dicen. Me imagino lo que será ser húngaro y tener que esperar a que alguien haga los subtítulos. Los que hablamos en castilla somos más. No mejores, pero sí muchos más.

Entonces me vengo a la oficina. Hecho una bola de nervios pongo la llave en la puerta y no entra. Lo sé: nunca entra de primera intención. Un día de estos va a pasar un cana y me va a interrogar. Es mi oficina, voy a decir, sólo que la llave no entra en su agujero, acaso a usted nunca le pasó. Qué se cree. Pero entra, al final siempre entra. Cuando me enteré lo que era el trastorno obsesivo compulsivo me dije “cagamos”. Yo también soy de esos. Doce cuadras apretando la llave por temor a perderla, a que me la roben, a que se caiga y doce segundos de inquietud con la llave que no entra en el agujero que le corresponde. Menos mal que no me pasa lo mismo con los botones de la camisa. ¿Se imaginan? Todas las mañanas al borde del colapso.

Se acabó Lost. Anoche. En Estados Unidos. Acá todavía no. Acá estamos a 2.91 gigas de agenciarnos el capítulo. Demasiado. Pienso alternativas. No se me ocurre ninguna. Yo tenía una coartada. Pensaba irme a El Bolsón y de paso alejarme de los fastos del bicentenario, que para mí debería celebrarse en el 16, pero ya se sabe cómo es esta gente. Allí nadie me preguntaría por Lost. Estaría absolutamente desenchufado a los pies del cerro que fuma. Pero siempre pasa algo. Pongamos que hay que hacer un ajuste a ese par de balances en los que trabajás. Que son urgentes. Y la semana que viene es semana corta, con lo cual bla bla. Acá estamos, sobrios entre tanto borracho, fingiendo trabajar y rogando que megaupload no le dé la baja a los links de la versión que estamos descargando, ya que los demás servidores andan a velocidad modem.

Maldigo la noche en que un amigo me dijo “Ahora tenés que ver Lost”. Era enero. Hacía calor. Yo venía de ver Twin Peaks y estaba, como ahora, como siempre, enamorado de David Lynch y sus engendros desquiciados. En menos de dos meses me puse al día. Recuerdo con cariño un viernes insomne en el que me vi ocho capítulos de un saque. Los años dorados, la tercera temporada. Después vino la cuarta y empezó el desbarranque pero un pensaba en todo lo que había quedado atrás y entonces daba amplio crédito a lo por venir. Tuvimos The Constant, un capítulo centrado en Desmond, que probablemente sea el mejor capítulo de serie de todos los tiempos. Sí, con ese lloré. No con la mariconada del reencuentro con Penny sino al darme cuenta que Desmond era igual a mí: tanto tiempo te estuviste escapando que no sabés adonde vas. Eso mismo.

La quinta fue un descalabro. Y con la sexta la terminaron de cagar.

Pero por suerte se acaba. Bah, se acabó, anoche, en Estados Unidos. Nosotros estamos a 2,8 gigas de agenciarnos el capítulo y cruzando los dedos.

Nos cansamos de Jack. Locke nunca nos cayó del todo bien. Tenemos medio perdido de vista a Ben y tristemente Michael Emerson es el único gran actor que ha tenido la serie. Nos hartamos de la panza de Claire. Nos aburrimos con la bella cara de nada de Kate. Nunca creímos en Jacob. No tenemos nostalgia de la Iniciativa Dharma. Nunca nos interesaron los poderes de Walt ni de Vincent ni echamos de menos a Rose ni a Bernard. El mejor personaje fue Desmond. Siempre. Y como nos gustan las chicas lindas nombramos a Charlotte.

Demasiadas preguntas, sí, pero una historia. Con altos y con bajos. Y una pequeña revolución. Lost inventó esta tontería de estar pendiente de la descarga de un capítulo, foros de debate, blogs especializados, ¡una enciclopedia on line! No es el caso de Los Soprano, por ejemplo.

Y nombro a Los Soprano porque para mí es la mejor serie de la historia. Más allá de su final, que no satisfizo a casi nadie. Bah, a mí ese final cada vez me gusta más, allá el resto. Creo que Lost y Los Soprano son versiones modernas de esa obsesión yanqui que es la Gran Novela Americana. Sí, para mí es Absalón, Absalón. No sé qué más quieren.

Lost quiso ser la historia total, la que abarque la fe, el libre albedrío, el destino, las relaciones filiales, la redención, los fenómenos paranormales, la invención tecnológica, el romance. Y fracasó. Lo digo antes de ver el último capítulo. Estuvo bien pero ese listón era demasiado elevado. Los Soprano quiso sacarle el jugo a una piedra. Una historia pequeña, familiar, la crisis del hombre de la mediana edad. Y lo hizo. Con creces.

Pero vamos, tampoco estuvo tan mal. Y seguirle el tranco a la par tuvo buenos momentos. Un día el mundo diferente con que el futuro nos amenaza será realidad. Ese día podré decir yo miraba Lost.

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1 comentario en “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”

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