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Ayer cumplió años mi madre. Sesenta, para más datos. No sé si se habrá acordado de celebrar. Yo lo hice en secreto. Hace cuatro años, mucho más inspirado que ahora, publiqué en kaputt un texto que es de mis favoritos, pese a que denota una fuerte influencia de Lobo Antunes, uno de esos autores que asfixian cuando abrazan. A continuación ese texto.
*
fue, seguirá siéndolo de otra forma, la hija favorita de Eloy, un hombre que nunca levantó la voz y siempre creyó que un tal Juárez, el mandamás con mano de hierro de Santiago, era lo mejor que le podía pasar a su pueblo

él se suicidó una bochornosa tarde de enero pero ella sólo supo del fallecimiento, y bastante tiempo después, pero nada acerca de las circunstancias, y lo bien que hemos hecho en ocultárselo estos veinte años, y ella en no preguntar, la ausencia es siempre ausencia y lo demás, añadidura

después, uno de sus hermanos, el Marito, se convirtió, vaya a saber uno por qué arrebatos, en un ominoso delincuente

y el Étor, Héctor del Valle según sus documentos, el más hermano entre sus hermanos, porque el Eloy los anotó juntos y en el apuro Gabriela del Valle fue asentada como Gabriela de Jesús y el Étor

dicen, yo al día de hoy no me lo creo, mató a su mujer y se mandó a mudar, al par de años, como manda la ley, lo dieron por muerto, pero qué más da

para César, antes el tonto de la familia, hasta el fin de los tiempos el loco del pueblo, la Gabriela del Valle, que es Gabriela de Jesús en los documentos, se llama Cucú

él, su pacífica locura de loco de pueblo que va a bailar donde la música de una calesita lo llama, no aprendió jamás, no pudo, no habrá querido, decir otra palabra

a la hermana Reyna, la más bonita, esos alzamientos sediciosos que toman por asalto los tejidos le comieron primero un pecho y después todos los huesos, nunca la belleza

a Santiago, el chagas

la Haydeé lo cuidó esos días en que los médicos no le encontraban nada, a la viejita Mercedes, la cabeza pelada cubierta con un gorro, hasta el último suspiro, y a los hijos del Mario y a los del Étor y a los de la Reyna

la Gabi, pobrecita, se fue a vivir lejos, muy lejos

una vez fue Mar del Plata y un novio que trabajaba en el casino, qué felices, y después otro que la convidó a casarse y quería mandarse a mudar al sur, a Río Gallegos y se entregaron como hojas al viento

bajar en un pueblo con sierras y casarse un catorce de abril, los dositos solos, como dice la Gabi, y después encontrar un trabajo donde se use casco amarillo, llevar a la Reyna, que también se había casado, un tipo sencillo, se llama Polo pero al bebé en vez de Polo le sale culo y todos se ríen, todos menos Polo

qué caso serio

un poncho colorado que le queda mal y el perro Vincho, él le dice perro Vincho como si fueran nombre y apellido, va a ser un gran hombre

con tal de hacerse notar, pedía calcio a los gritos y le comió los pocos dientes, que le quedaban a la Gabi, los pobres se conocen por la dentadura, y ahora tiene unos postizos que da gusto verla reír a carcajadas y ver cómo se le caen un poco los de arriba, un día de estos, ella es tan feliz

el nene le pide ir a buscar a papá y salen los dositos a caminar al costado de la ruta, ella lleva los lentes de sol sobre la frente, son azules, si sigue así los va a perder, y el nene le pide a papá que le ponga el casco, así todas las tardes, es amarillo

la doctora, cuando nació, le dijo Gabi tuviste un cieguito, nunca supimos por qué, capaz que no lo lavaron bien, le quedaron los ojos un poquito cerrados pero qué bonitos eran, en verde, la cabeza y la cara toda con una pelusa rubia, piel de durazno le decían, la gente le sacaba fotos

y después la Laurita, él se puso tan celoso, iba a la casa de al lado, porque ya se habían comprado una casita, cantaba, muy triste, Zamba para olvidar, y la Paolita, sietemesina, fue todo tan rápido que la tuvo en el piso, dos semanas con tubos de oxígeno, un kilo seiscientos, qué mal la pasaron

no tenía dos meses la beba y el marido, eran años duros, le había querido quitar unas malas costumbres que la Gabi, pero era tan brusco, ella lloraba, esa vez estaba blanco, se echó sobre la pared, no podía hablar, lo cargó la Gabi y un médico le dijo que tenía una fisura en el corazón, que ya no se podía hacer nada, de nuevo a cargarlo como si fuese una bolsa de papas hasta al hospital, la úlcera y tres hijos pequeñitos, y ahora qué vamos a hacer

ella lo sacó a flote, yo todavía no me lo creo, a él nadie le daba trabajo, mucho tiempo sin reír a carcajadas, los dientes de arriba en su lugar, no esperaba menos de ella

los dedos regordetes pelando papas como nadie, la escoba en la mano y una frase, yo no sé cómo hay mujeres que la casa se aburren, esa habilidad para hacer de cualquier catre la mejor de las camas, las uñas quebradas de fregar tanto baño ajeno, las primeras arrugas

un mercado en la esquina, la Catita vende aspirinas, decile a tu mamá que no tome, los muchos sueños con enormes cajas de libros que nunca nadie traía de regalo, el padre Aldo que le consigue una casa a la Gabi que ya no aguanta más a su marido, te olvidaste ya que tenías sólo una cobijita, él trataba de abrazarla, algo me estarás por pedir

y Nico, la cesárea para ligar las trompas, era cuatro de julio al mediodía, al rato la Gabi todavía dolorida y Nico al lado, en una cuna de hospital, alcanzámelo, parecía de cristal, la carita pegada contra el cuello y ella enseñando la sonrisa de los dientes postizos, un pan abajo el brazo, tan felices

en setiembre otro embarazo, qué dolor, qué rabia, cuánta frustración, ya sos un hombre, hay que cuidarla, no dejarla que esté mucho tiempo sola, perdió el embarazo, sabés, hay que aprender

mejor que fuera a la escuela, dale, mamá, y se hizo buena alumna, los demás se copiaban de ella en las pruebas, qué orgullo, lástima que abandonase, que nunca vaya a leer las cosas que escribe el hijo más grande, que viene de vez en cuando de visita y salen, los dositos, a pasear de la mano, como dos novios

él más que nadie quisiera para días como éste algo más que una llamada telefónica o poner en el correo una postal que diga feliz cumpleaños, siempre lo mismo, sino algo de veras grande, tener, como quien dice, tres o cuatro años por la mañana, un poncho colorado que le quede un poco largo y un perro que se llame Vincho y a mano a todos los tíos, jóvenes, sanos, viviendo en el conventillo, para llamarlos a la puerta antes de que salga el sol, levantate tiiíta, arriba tío Culo, y a la tarde ser igual de grande que ahora y salir a pasear de la mano con la Gabi como dos novios, tal vez para caminar ruta arriba hasta la obra, a las cinco sale papá, y como antes arrebatarle el casco, pedirle un cuaderno nuevo o que nos acompañe a las sierras a buscar los anteojos que se le perdieron a la Gabi, que todos sepan que el brilla con brillos que toma prestados y que el amor es amor y lo demás, añadidura

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