Tarkovskiana

Paso demasiado tiempo en movimiento, pienso mientras estiro las zancadas para ponerme tercero en la cola del bondi, tercero de cuántos, veinticinco, treinta, de manera que aunque no apurase el tranco lo mismo conseguiría sentarme, quizá no contra la ventanilla, que es como me gusta, pero sí sobre el pasillo, a la intemperie de los carterazos de las señoras y del caderazo de los muchachones que pujan por hacerse mejor sitio y sin embargo, por mucho que me moleste el trámite de caminar hasta aquí todas las mañanas de dios y del diablo no soy culo de buscarme un trabajito cerca de casa, algo que me deje espacio para dormitar media hora más a la mañana y ahorrarme el saludo a los choferes y las monedas que le doy a cambio de que me depositen allá donde tengo vendida la mitad de las horas de mi vida. Un ruido metálico. Una mujer golpea la caja metálica vecina a la puerta. Una mujer mastica algo parecido al llanto y se deja caer sobre la caja metálica vecina a la puerta. Todos miramos, el ancho joven de saco cruzado, su amiga y yo. A lo mejor también miran los que dan quedando detrás de mí en la fila para el bondi de las siete menos diez. A lo mejor no miran. A lo mejor no hay nadie detrás de mí. No es que quira averiguarlo o algo así, pero volteo sobre mis pies para comprobar si alguien más está viendo lo que yo, el joven de saco cruzado y su amiga, pero apenas emprendo el giro, apenas y todavía sin saber lo que pasa detrás de mí, veo que el llanto que la mujer masticaba ante la caja metálica amurada a la pared ha trocado en un reclamo, también masticado, en palabras que quiere decir y no le salen, que quiere decirle a un tipo que se encuentra parado exactamente donde mis pies, o sea yo mismo y mi alma, y no sé si es la hora, las siete menos cuarto de cualquier día de esta semana, o mi habitual estado de letargo, o mi falta de contacto con eso a lo que los demás suelen llamar mundo, o simplemente que esa mujer ha dejado de importarme, porque no sé qué hacer, no tengo nada para decirle aunque ella sí tiene algo para decirme a mí y yo no alcanzo a entenderla. Habida en este cuerpo tanta torpeza como pueda concebirse, la mujer ahora separada de la caja metálica, opta por dirigirse a mis vecinos de fila, al ancho joven de saco cruzado y a su amiga, interrumpiendo la charla que mantenían, moviendo a que el joven le pregunte a esa mujer qué es lo que le pasa, qué la aflige, en qué puede ayudarla. Como si la mujer quisiera meterse en la fila, como si yo mismo quisiera apartarme de la escena, doy un paso atrás. Contemplo cada vez más lejano el paisaje de esa mujer que ahora se ha echado en brazos del joven. Que ahora la invita a ir adentro de la estación. Que ahora la acompaña y se sienta a su lado. Que ahora regresa todo sonrisa. Que ahora le dice a su amiga ¿viste que no hay nada que no se arregle con un abrazo?

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2 comentarios en “Tarkovskiana”

  1. Personajes en los reductos de la ciudad. Uh, esos episódicos trayectos. Ves algo, lo registras, lo cuentas. Algo de ti, queda en quien lee tu post. Tu musa es la palabra que delineas, armas, configuras. Yeholé!.

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