La brega interminable

Me hubiera gustado ser comediante de stand up. De hecho es algo que tengo incorporado a la primera ronda de mate de la mañana. Puntualmente, de lunes a viernes, entre las ocho y las ocho y media, doy rienda suelta a una capacidad de disparate nacida, creo, de los vahos de laburar en los bajos fondos de un castillo derruido, del semisueño que me habita ni bien despliega sus alas la mañana, de la simpática compañía de estos, que quizá nunca sean mis amigos pero a los que bien quiero como lo que son: compañeros de cautiverio.
La rutina es sencilla. Siempre hay un par de temas dando vueltas. Sea meramente del trabajo, sea de esa realidad que uno oye a los locutores desvelados que leen la tapa de los diarios, siempre hay algo. Y si no hay, se inventa. Así de simple. Planteado que sea el tema, lo siguiente es buscar un atajo, mirar torcido, pensar mal, echar mano a lo más rastrero del vocabulario o, incluso mejor, a términos que se reputan elevados, dotados de autoridad académica, muestra de erudición saltimbanqui, refugio de todo buen cronista deportivo cuando no policíaco.
Hace poco, a cuento de todo y nada, me pregunté, en voz alta, por qué los perros ladran a las ruedas de los autos. Es decir: por qué lo hacen algunos y con qué énfasis, cuando otros, no necesariamente más inteligentes, no manifiestan esta conducta. Uno de los pibes me dijo: ya sé con qué vas a salir, esperá que me acuerde bien, ¿no eras vos el que decía que los perros imitan a otros perros? No, en efecto, no era yo, aunque hubiera sido maravilloso que esa ocurrencia me perteneciera. Y digo maravilloso porque eso significaría que yo creo que los perros, no todos, sino una parte, y por cierto no poco numerosa, se transmiten de generación en generación un gesto que podría designarse como cultural. Después de todo, la cultura, la mía, la tuya, por mucho que se pretenda noble o rastrera, este modo que tenemos de hacer las cosas que nos viene de largo y al que no oponemos demasiada resistencia, está plagada de rituales por completo inútiles.
Lo digo mientras pongo a descargar el primer capítulo de la última temporada de Lost. Lo masticaba mientras tomaba unos mates con mis compañeros de cautiverio. Qué otra cosa hacemos sino ladrarle a la rueda de los autos. Por vocación, por capricho o llanamente por costumbre. Qué otra cosa.

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3 comentarios en “La brega interminable”

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