Fragmento de un diapéutico

Hace un rato se acercó un tipo que nos veía fumar. Quería pedirnos un pucho. Le convidé. Es que no puedo salir a comprar, me dijo, y sé que es verso pero me resulta convincente. Yo mismo, ayer a la tarde, tenía ese problema. Dos etapas: sacar plata del cajero, conseguir un kiosco. Lo segundo es mucho más sencillo que lo primero. Kioscos hay por todas partes. No es Buenos Aires pero kioscos hay. Cajeros hay dos o tres. Y están a todas horas hasta el culo. La mejor hora es la madrugada, me aconsejó Germán. A esas horas no suele preocuparme tener poco dinero en el bolsillo de mis pantalones. Será porque me los quito para dormir y abandonada que fuera la cárcel de la ropa, y con ella la opresión de los accesorios que uno carga para mejor vivir, las preocupaciones se esfuman. Puede ser. Prometo pensarlo. Hay un hombre, un cuerpo quiero decir, se lo leí a Aira, que nos excede físicamente: el cuerpo humano social, que no puede prescindir de billetera y teléfono celular, acaso cigarrillos, caramelos de menta, monedas para el colectivo, tal vez una agenda, un pen drive, todas prótesis para ser esos que informa nuestro documento.
El tipo era pelado, de lentes, con una remera que lo denunciaba marplatense y coreuta, pero quién sabe. Remeras se consiguen en todas partes. ¿Te acordás de mí?, le preguntó a Germán. Estuve en el invierno, me agarré flor de curda, toqué el violín, casi me caigo al arroyo, qué manera de chupar. Germán dijo sí, pero se lo dice a todo el mundo. Y después charlamos de los precios, le prestamos un poco de atención al acompañante del coreuta, que por lo demás tenía pinta de puto no salido del armario. El acompañante se hacía llamar Pepín y era gallego. Se ve que tocaba algún instrumento. Hacía bromas típicas de musiquero. Había otro acompañante, pero este sólo aportaba risas esporádicas y a desgano. Sí, me acuerdo, decía Germán, con ese gesto vago de quien finge acordarse, pero no lo juzgo. Se me ocurre que todo el tiempo todo el mundo no hace más que fingir que se acuerda de algo cuando en realidad… Y los precios, muy caros, decía el pelado. Lo crucé de inmediato: son los mismos del año pasado, que es bastante decir. Las cosas aumentan de un año a otro, se intrigó Pepín. Sí, hermano, acá es así, veinte, treinta por ciento, todo el tiempo, todos los años. Y volvieron a su charla ellos y nosotros a la nuestra, que en realidad era el desvarío de dos tipos que toman su trago a rayo del sol. Se esconde el sol, dijo el otro acompañante, y la temperatura baja diez grados. Pero mierda que pica el sol, dijo el pelado. Días, se me ocurre, para no ponerse de acuerdo con nada. Por eso yo tomaba cerveza y Germán un daikiri de frambuesa. Exquisito, sí, pero la pucha que se parece a un aluvión menstrual encerrado en los límites de un chopp que se asa al sol.
Salió otro tipo. Se apuró a decir buen provecho a los que comíamos ravioles con honguitos y salud a los que sólo bebían. Siempre vengo acá, dijo, y Germán, que así como es opera en tanto relacionista público, movió la cabeza asintiendo. Tengo quince nietos, traje seis, como si nos importara. Y después: nunca estuvimos peor, frase que puede decir cualquier argentino de a pie, con toda justicia, en cualquier tiempo, pero que guarda un tufillo desagradable. La cleptocracia, se sabe, goza de buena salud, pero tampoco es para hacer rankings de garcas. Creo. Me limité a encogerme de hombros. O no: moví las manos en señal de “qué sé yo”, pero mejor hubiera sido que me encogiera de hombros. Tiene sentido, es decir tu charla no es mi charla. Algo dijo el pelado y el viejo reaccionó preguntando cuánto le pagaba Kirchner y la cantinela por todos conocida. Y el pelado: cómo se puede llegar a esa edad y ser una persona tan boluda. Y el viejo, a nosotros: ¿cómo me dijo? ¿be o ele u de a? Sí, señor, de nuevo el pelado, ya fuera de sí, cómo se puede ser así de viejo y tan boludo, las cosas que hay que escuchar, si lo dice un pendejo, vaya y pase, pero un viejo, y yo sin saber si encogerme de hombros, hacer señas con la mano, confundido, pensando que era parte de un acting, que eran actores de algún contingente de teatreros, que acá abundan, o que todos estábamos muy borrachos, o insolados, pero que eso que me parecía pasaba a mi izquierda y a mi derecha, es decir la charla, bah, el intercambio de groserías entre el pelado y el viejo, no estaba pasando más que en un reflejo mental. Sueño, sé que estoy soñando, tanto como que estoy a punto de despertarme, cuando quiera voy a hacerlo, sólo sigo con esto porque es mi voluntad y así.
O sea: el viejo, muy viejo, apenas caminaba, pero tenía ganas de romper las pelotas. Hay muchos viejos así, casi diría que existen a razón de uno por casa. El pelado puto estaba con un copetín encima y se fue de mambo: decirle a un boludo de esa edad que es un boludo, meterse en su juego, morder el anzuelo, es no menos boludo. A lo mejor quería quedar bien ante Pepín. Pero por qué no se va, señor, a su edad. Y el viejo se metió de nuevo al local y después salió con los nietos. Germán y yo nos mirábamos, el pelado pidió disculpas por su actuación pero siguió mandándose la parte: si estos son los peores qué queda para Estalin, viejo. Y después: ojo, yo soy de los que dicen que a Pepe Estalin se le olvidó matar a cinco millones de chechenos. Es un chiste, viejo, pero hay cosas con las que no se joden. Ustedes son chicos, pero saben cómo era esto treinta años atrás: a treinta mil mataron.
A todo esto, para reafirmar sus palabras, el pelado se había puesto de pie. Creo que eso fue lo que descolocó al viejo. Ahora que lo pienso, por más que el pelado dijo que toleraba esas boludeces en un pendejo, estoy seguro de que al viejo lo salvaron los achaques. El pelado lo calzaba ante nuestros propios vasos: de cerveza, yo; de daikiri, Germán.
Y no quiero pensar más porque estoy cerca de convencerme de que el pelado se paró para pegarle a su yo viejo, el que será en no menos de veinte años. Se vio y evitó la autoindulgencia. Por eso la crispación.
Los antiguos dilemas siguen de pie. Ellos o nosotros. Ellos, que por más que levanten el tono y amenacen pasar a los golpes, son la misma cosa, la mano cerrada en puño que quiere golpear la cara que al mismo cuerpo corresponde; nosotros, testigos incómodos, cerveza o daikiri, a rayo del sol, esperando despertarnos pronto.

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1 comentario en “Fragmento de un diapéutico”

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