Pasión por Ginebra

Cada vez que llega esta época del año y el común de la gente saca a pasear la impostura que se viste de cortesía y saluda a todo el mundo a la voz de feliz navidad y próspero año nuevo, en el caso de los tradicionalistas, y un escueto buenas fiestas, en el caso de los que que se han ajustado el cinturón la ardua tarea de quedar bien. Otra gente, entre la que me cuento, entre la que podría decirme elemento destacado, padece a todo lo que da esta época y al mismo tiempo la ida y al mismo tiempo la por venir, se la pasa sacando cuenta de los proyectos que este año han quedado en el tintero, a la sazón siempre hay más que a finales del año anterior y a esmero va mudando las tachas en el calendario ido a ese otro que todavía no conoce la luz del sol y se sale de la vaina por acarrearme a mí y a todos una y otras virulencias que ha tenido todo este año el tiempo de cavilar y así los días y las noches y los años y la juventud, sólo que ésta se va para dejar en su remplazo tan cochambroso sustituto que le propone a uno cada semana nuevos achaques y novísimas razones para la jaqueca cuando no para la cefalea.

En fin, quería decir que cada vez que transito estos días viene a mi mente el recuerdo de unos parecidos, aunque aquéllos ocurrieron durante el último par de semanas de noviembre del noventayuno o acaso del noventaydós, no viene demasiado al caso. Lo cierto es que en ese entonces yo era un escolar y para los escolares noviembre es la temporada que corresponde a diciembre cuando llega la edad adulta, es decir los días en que se cuentan los porotos y los felices son más felices y los otros… bueno, lo de siempre.

Un día, el martes o el miércoles, no sé bien, alguien me dijo:

-¿Te venís a ver a la banda?

-¿Qué banda?, dije yo.

-No tiene nombre todavía. Canta Horacio. Están ensayando en su casa.

-Bueno, voy. ¿A qué hora?

A cualquier hora era más o menos lo mismo porque la banda no tenía demasiado repertorio y una tarde hubiera bastado para que toquen diez o quince veces cada una de las canciones. ¿Qué tocaban? Más o menos previsibles, los muchachos tocaban punk. O rock callejero, como le gustaba decir a Chapa, el hermano mayor de Horacio.

La secuencia fue bastante rápida. La idea estaba desde antes, supongo, pero sólo el lunes fue que contactaron a Horacio. Tenían guitarra, bajo y batería pero les faltaba el cantante. No sé a quién le habrá pasado por la cabeza que Horacio pudiera cantar algo, aunque, como suele pasar en este tipo de casos, daba el tipo “cantante de banda de rock callejero”. Tenía el pelo enrulado bastante crecido y vestía unos muy gastados pantalones a la moda. Eso era todo. Debería ser suficiente. Nunca había cantado, más que borracho y a los gritos en el único boliche del pueblo, pero eso era lo de menos. El resto de los músicos tampoco tenía experiencia.

Un sujeto de apelativo Leco conducía el bajo y la guitarra estaba a cargo de uno de apodo temerario: el Droga. No creo que el Droga hubiera probado un porro, al menos hasta entonces, pero tenía los ojos muertos al amparo de unas ojeras insobornables. El único que conocía su instrumento era el Sordo, que en verdad era sordo pero, hijo de batero, tenía batería en su casa y por alguna cuestión de genes que se me escapa no le costó demasiado trabajo aprender el arte de sacudirle a los parches.

O sea que todo debió ser ocurrencia del Droga. Por eso se había quedado con la posición de guitarrista. Amigo como era de Leco, habrán imaginado que eran algo así como Lennon y McCartney y, a juzgar por las letras y por la complejidad que suponía la ejecución de las canciones, no les faltaba razón. Las letras eran pobrísimas y la música de cada canción requería, por toda partitura, lo más parecido a un número de teléfono: dos-dos-tres-cinco-cuatro, donde cada número significaba el lugar del mango de la guitarra donde el guitar hero debía colocar los dedos.

Dije que los músicos no tenían experiencia y la verdad es que exageré un poco. A excepción del Sordo, nadie sabía tocar ni el timbre, tal que los progresos de la banda eran supervisados por una banda con mayor rodaje. No lo recuerdo con precisión pero los Mala leche, que así se llamaban, habían tocado dos o tres veces y sabían tocar. Más o menos. Punk. Nadie piense que se trataba de concertistas de cámara, pero le ponían garra: ya lo ven, se ofrecían como tutores de la novel banda que hasta el miércoles no tuvo nombre. Como todo, fue una ocurrencia del Droga: vamos a llamarnos Ginebra, a lo que nadie formuló objeciones, ni en el resto de los integrantes del grupo, ni en los tutores, ni en los curiosos que poblábamos la casa tomada por los ensayos. Después de todo era un buen nombre. Era guarro, acorde a una banda de punk, fácil, contundente y, de paso, aunque a esto no creo que lo hayan ponderado al tiempo de la concepción, homenajeaba a la más argentina de las bebidas para el curda. Y lejanamente a Luca, que también era punk.

La cultura musical de ellos, que es la de todos nosotros en ese tiempo, era más bien pobre. Bandas punk conocíamos dos nacionales y dos extranjeras: Ataque 77 y Los violadores, válgame dios, y Ramones y Sex Pistols, respectivamente. Era muy reciente la edición de Invasión ´88, aunque ya lo habíamos escuchado. De esas bandas, que a esta altura son una especie de mito, sólo recuerdo, y por lo pintoresco de los nombres, que no por su música, a Defensa y Justicia y a Flema y, un poco fantasmalmente, otra, Rigidez cadavérica, aunque bien podría tratarse de una invención de mi mente.

Sin embargo, primero Mala leche, y después Corrosivo, sacudieron la modorra del pueblo de las sierras, anquilosado que vivía, repartiendo por igual loas y vituperios a Alerta rock, que ostentó durante buenos años el monopolio del rock local. Haría un año, tal vez dos, que había aparecido BJ y la vieja Paz y un solo show la había catapultado a la estatura de eternos héroes de nuestra juventud. El tiempo ha hecho estragos de mis recuerdos y apenas recuerdo un pedacito de una canción que decía: yo, nena, no tomo si no hay razones claras para celebrar, que el cantante decía del modo más rasposo que podía, emulando a Luca, que emulaba a Ian Curtis, pero ninguno de nosotros tenía la menor idea de lo que era Joy Division. De eso estoy seguro: el que supiera de Joy sin dudas hubiera chapeado con eso. Tener gusto selecto, conocer bandas raras, rozaba lo imposible en antes de internet, de las FM, de los mp3, y basta que parezco más viejo que mi viejo.

El miércoles, por ser levemente más diestro, Leco remplazó al Droga en la guitarra. El jueves fue un ensayo tortuoso. Vino una piba a la que sólo por pudor llamaré Machi, que hizo las veces de groupie de la banda y se llevó a la pieza del fondo, de a un por vez, a cada uno de los muchachos. El viernes fue desesperante. Los vecinos llamaron a la policía para denunciar nuestros ruidos molestos. Y digo nuestros, en efecto, porque yo era uno de los que gritaba, hasta enrojecer la garganta, el estribillo de la canción que sabíamos pondría a Ginebra en la historia grande del rock callejero de un olvidado pueblito patagónico: carne de alquiler, puta.

El sábado por la noche fue el show. Tocaron las tres bandas de la movida punk del noventaypoco: Ginebra, Corrosivo y Mala leche. Todo fue en perfecta armonía y ante una buena concurrencia que no dudó en desembolsar los cincuenta centavos que costaba la entrada. La presentación de Ginebra, hay que decirlo, fue algo caótica. El cantante se vistió con un blue jean Mango que, como se recordará, solía gastarse en la entrepierna. Los muchachos del pogo estuvieron muy ocupados golpeándose, de otro modo alguno, y con toda justicia, pudo haber preguntado por quién doblan las campanas. La emoción del bajista impidió que tocase de costado, que era lo acordado. Cómo no mirar de frente a aquél bravo público, querrán saber. Podríamos preguntarle al batero, que se quedó sin el monitor visual y jamás se enteró que es lo que el resto de la banda tocaba. El guitarrista terminó de rodillas, tratando en vano de arrancarle algún sonido a la guitarra que lo catapultara sino a la altura de un Hendrix, por lo menos a la de un Cobain, mientras el público lo arengaba.

Sí, la historia no pasará a la historia. La banda se disolvió tan pronto como pudo. Los curiosos perdimos el tiempo que deberíamos haber invertido en estudiar para los exámenes en la contemplación del fenómeno sin precedentes. La lluvia de aplazos causó más heridos que el desembarco de Normandía. Pero a todos nos quedó una anécdota para contar.

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3 comentarios en “Pasión por Ginebra”

  1. “Invasión 88”. Lo tuve, y lo mejor del disco era su tapa. Y mientras sonaba Ginebra yo habré estado investigando las casas abandondas que rodeaban al Barrio Codepro. Unos años más y hubiera bailado yo también con Machi. Cosas de la cronología.

  2. Esto está ambientado en un barrio de mi pueblo, Sierra Grande, al que mi madre llamaba Deyco (el nombre de la empresa que lo levantó), mi padre “las 500” y las registros oficiales, 25 de mayo.

    Creo recordar el apellido Caruana de Sierra Grande. Valga la ocasión para preguntarte si tenés algo que ver.

  3. La verdad es que no hubiese podido plasmar los sentimientos de esa grandiosa época con mas exactitud y sensibilidad lírica. Tal imágenes descriptas por Jorge vuelven una y otra vez en mis recuerdos asdolescentes y siempre me esbozan una sonrisa picaresca.
    Los dias de ensayo en la muni,las previa al reci, la búsqueda imparable de platos, cuerdas y menesteres mangueados para la ocación. Jamás voy a olvidar asquellos momentos y como mencionaba Erreca cuando me pasó el link del blog……al finalizar su lectura se me cayó un lagrimón.
    Gracias por el recuerdo.

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