Cuestiones de estilo

Será que le temo a las inspecciones y que en los pasillos cuentan que el martes, a más tardar el miércoles, habrá inspección. Lo que es igual a decir que un monigote va a reprenderme por el largo de mi pelo. O será que ya estoy cansado del mucho peinar.
Y de gastar fortunas en ungüentos milagrosos para el cada vez menos pelo. Ma sí, me lo corto, pienso.
Cuando llegué a la peluquería, Braulio atendía a un paciente. Por lo visto -lo escuchado, en realidad- la charla era de lo más parca.
-Así que te casás…
-Sí, me caso.
-Menos mal que sos el novio, ¿no?. Tendrías horas luchando con el pelo, si no.
-Claro, sencillito nomás.
-¿Podés creer? -ahora me habla a mí. -Se casa. Sale un rato antes de trabajar, y se casa. Así nomás.
-¿Sabrá lo que hace? -meto púa.
En fin, el tipo se va. No pregunta cuánto es. Sólo le da la guita, después la mano, y hace un ademán para saludarme a mí.
-Chau, loco -le digo yo y paso a que Braulio me lave la cabeza. El agua está helada. Superamos rápido el trámite y me invita a pasar a la silla eléctrica.
No tiene el lujo de antaño, se vino abajo junto con el pago, pero me encariñé. Es un local dividido en dos por un panel más bien escaso. De un lado los tipos, del otro lado las minas. A Braulio le gusta mucho conversar, como a la mayoría de los peluqueros. Yo, precavido, llevo siempre un speech. A él le gusta la pesca, así que siempre le pregunto. Y él siempre me contesta lo mismo, como si no le importara. O sea, como si a mí me importara la pesca. Fuera de eso, no hay mucho temario.
-Hacía mucho que no venías, loco.
-Sí, che, mucho tiempo sin volver al pago.
-Y si no volvés, no te cortás.
-Es que, vos sabés, cambiar de peluquero, lo mismo que cambiar de contador, es un quilombo, es preferible divorciarse.
-No será para tanto, che.
-Sí, sí. Primero hay que elegir un peluquero. ¿Qué hago? ¿Pido recomendaciones? ¿O elijo de acuerdo al aspecto del local? Más lindo, más caro, ¡y todavía no sé cómo corta! Y eso es el comienzo nomás. Yo vengo acá, ponele, me siento y vos le das para adelante. Pero a un extraño, ¿qué le digo?. “Corto”, no, es muy escueto. “No tan corto”, menos, induce a confusión. Y así, a mí mejor me ahorrás el trámite. Conclusión: sigo viniendo.
-Me alegro, amigazo. A todo esto, ¿cómo es que andan las cosas por Trelew? ¿En Trelew estás vos?
-Sí, sí, en Trelew.
Si hay algo de lo que estoy cansado, es de que me pregunte dónde estoy. Supongo que me enoja Trelew y más que Trelew el hecho de no poder irme de acá. O sea de Trelew. Pero qué importa Trelew. Hay gente que nace para estar incómoda en todas partes. Yo soy de esos. Pero me cuido de decírselo. Peor es vivir en el pago. Pasar las buenas, las malas, las regulares. Peor es haber echado raíces en un lugar tan de mierda.
-Lindo nomás. Todo en orden.
-¿Y las mujeres? ¿Qué tal?
-Un poco abrigadas.
El tipo tiene ganas de hablar de eso. No hay caso. Y a mí, como tema, no me simpatiza. Y menos con él. Me explico: allá, en el pago, todo el mundo sabe quién soy. Todo el mundo sabe de mi padre, de mi madre, de mis hermanos. Sin embargo les da por no excluirme de aquello. Me tratan como si nunca me hubiera ido. Como si hubiera estado en cama los últimos seis meses. Entonces hago como que. Se las simplifico, voy a menos.
-¿Pero no te juntaste, nada?
Hace poco me crucé en la calle con una piba que iba conmigo a la facultad. Ante la misma pregunta respondí: el órgano volitivo sigue siendo unipersonal. Y nos reímos. Creo, más que por esa zoncera, por mi explicación: mi vida es más bien simple. Me he preocupado por no experimentar más complicaciones que las habidas, que no son pocas.
-No, ¿para qué? ¡Y no me arrepiento! ¡Como afuera! Es de las pocas decisiones sensatas que tomé en mi vida.
-¿…?
-En mi trabajo, todos los meses, me toca liquidar los embargos por alimentos. ¡Cada vez son más! Yo le llamo el impuesto a la yegua. ¡A veces es del cuarenta por ciento!
-Una locura.
-¡Qué te parece!
Y de vez en cuando sale alguien y me dice que es injusto. Yo no sé, pero supongo que cada quien debería hacerse cargo de los estragos que va causando. Una mala decisión, una mala mina, cuarenta por ciento menos de sueldo a fin de mes. Que se jodan, che. Nadie te obliga a aparearte. Lo hubieras pensado antes. Cuando hacés el casting, tenés todas las facilidades.
-Nadie se convierte en hijo de puta de un día para el otro.
O sí, no sé, no está a mi alcance saberlo.
-Todos los tipos de mi edad, los que están en pareja, mis amigos, son infelices. A todos les aprieta el zapato. Se les acaba el combustible y la vida se les convierte en una tortura. Y siguen juntos porque tienen pibes, o porque alquilan y hoy es dificil siquiera pensar en conseguir algo bueno, bonito, barato. No sé para qué se casan, nadie me lo explica. El cristiano ¿es boludo o se hace?
-¿Sí, no?
-No sé, debe ser que se resignan. Y quieras que no, cuando te descuidás, te aburrís, cogés una vez al mes, te enloquecen los detalles. De vez en cuando la querés matar. O te querés matar vos. En una palabra, el amor es una mierda.
-Eh, qué mal arriado saliste, che. Entorno un poquito la puerta, che, porque mi mujer se pone la pollera bataraza cuando quiere guerra, che, y no quiero que me fajen.
Ahí es donde yo podría explayarme y no lo hago. Qué voy a decirte. Que tengo una feroz mancha de humedad en el alma, que en una de esas lo único que me vendría bien es encarajinarme con alguna. No digo mucho, un huesito nomás. Y pensar en vacaciones, en un aumento de sueldo. O en una mudanza. O en un nuevo trabajo. Me muerdo, qué me voy a poner a explicar.
-Un poco, sí, no voy a negarte. Y más cortito en la nuca ¿puede ser?
El tipo aprovecha que me está terminando a navaja la patilla y me susurra cerca del oído:
-Creo que la cagamos, la que está del otro lado es la pendejita que mañana se casa con el quía.
Me paro y le pregunto cuánto le debo. Eso, para mí, es un placer. Qué le duela lo que me cobra. Por mucho, por poco, no sé, pero al tipo le enoja decirlo. Manoteo la billetera y le doy lo suyo. Le extiendo la mano. Y me despido.
-Un gusto verte, Braulio. Que haya suerte.
-Eso mismo.

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