Rehacer la vida

The Sopranos opera una extraña fascinación en mí. No sé por qué debería gustarme la historia de un mafioso si es que jamás me han vuelto loco las historias sobre la mafia, pero veo un capítulo cualquiera, me maravillo y debo reprimir mis deseos de ver el siguiente.

El primero de los nudos se forja en un equívoco bastante extendido por estas pampas: un tipo se siente enfermo y los médicos no le encuentran nada. Es allí cuando empieza a visitar a un terapeuta. Si el tipo es un capo de la mafia y debe echarse en el diván de un profesional a contarle cosas de la infancia, a uno le cabe todo el derecho de sentirse timado. Pero de eso va la ficción, ¿no? Después de todo, quién puede tomar en serio a alguien que necesita auxilio psicológico.

Cada vez que sé de casos así, me pregunto ¿es que esa gente no tiene familia? ¿no tiene amigos? ¿cómo es que se ve forzado a contarle a un extraño eso que no puede contarle a otro?

Tony Soprano (James Gandolfini) tiene familia y no puede contar con ella, demasiada influencia de las tradiciones, un matrimonio gastado, una relación distante con sus dos hijos. Tampoco puede confiar en sus amigos. En general todos están involucrados con el negocio y el jefe, se sabe, no puede mostrar el menor indicio de debilidad. Entonces va a terapia. Le recomiendan tres nombres, dos judíos, uno italiano. Por aquello de confiar en la propia sangre, elige a la doctora Melfi (Lorraine Bracco). Y es en este punto donde yo muerdo el anzuelo.

La doctora Melfi tiene unos cincuenta años (no se cuece en el primer hervor) pero conserva un raro atractivo. Uno supone que ella tiene lindas piernas, que hace un discreto alarde de su ciencia, que se contonea en una voz de ronca sensualidad, y eso debería bastar. Sí, basta. A mí me basta.

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Lorraine Bracco encarnó a la esposa de Henry Hill (el mafioso botón de Goodfellas) y sólo supimos que su identidad se extravió merced a las bondades del servicio de protección de testigos. La perdimos.

El cine tiene esas cosas. Uno se encariña con un personaje y salvo en el casos de las insufribles sagas (tipo Dirty Harry) no sabe más de él. Muere para siempre cuando caen los créditos.

Algo parecido me pasó viendo Choke, la salvajada que perpetró Clark Gregg sobre la novela homónima de Chuck Palahniuk. La entrañable doctora Paige Marshall no era otra que Kelly Macdonald, la minita que uno de los forajidos de Trainspotting se levanta a la salida de un boliche. Bueno, vale decir que, en principio, ella se lo llevó a él del boliche y que casi lo mata de un infarto al aparecer ataviada con el uniforme de su escuela. La mañana, esa secuela de la noche que casi siempre nos defrauda. En fin, en Trainspotting es poco lo que sabemos de ella. Vemos a la gavilla hacerse de un botín menor y dinamitar los lazos amistosos de antaño, pero ¿y la nena?

La nena enloquece, yo la vi en Choke. De grande está internada en un neuropsiquiátrico y con tal de ganarse el favor de un maníaco sexual es capaz de convencerlo de que tiene el adn de Jesucristo. La nena se hace pasar por doctora. La nena sabe mucho de locura: la ha visto de cerca, la ejerce en estricta primera persona.

La señora Hill rehace su vida. Ahora vive en New Jersey y tiene un paciente que muere por ella. Y ella no entiende nada de amor, pero sobre mafia tiene poco nuevo para escuchar.

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