Corset

Has faltado a tu promesa, muchacho, y de nuevo te despertás alarmado por el día en ciernes y las novedades que siguen esperando a ocurrir. No es un llamado lo que te despierta, no, aunque pensás que lo es y que son las cinco de la mañana, o las cuatro, o las dos, y es muy temprano o muy tarde para andar llamando a la gente, incluso cuando se le debe aunque sea una disculpa. No vas a atender. Vas a dejar que la melodía se estire hasta su fin. Pensarás largos cinco minutos que acaso debería ser ella quien llame y tu negativa a atender, una penitencia, pero no se trata más que de una postergación. Un día, te lo aseguro, vas a dejar de pensar en esa chica. No sé, no puedo adivinarlo, pero algo habrá que ocupe su lugar. Deberías, se me ocurre, juntar las partes rotas de la novela a medio escribir, esa que pensaste sobre la base de la lectura que te tiene ahora mismo ocupado. O deberías dejar ese libro, si es que tanto te remite a ella. Es sencillo: salís, raudo, del colectivo, buscás la puerta, dejás caer el libro. No atendés a tu vecina de asiento que murmura, que grita, ey, te estás dejando algo, o esto es tuyo, seguro que se lo dejará encargadoo al chofer que mañana mismo, el viernes, va a darte el vuelto y el libro que te dejaste ayer, pero por un día, uno solo, el libro dejará de ser una compañía concreta, un peso en el bolso, una caricia al tacto, la materia que se ofrece, tersa, presta para llenar el hueco de un día más que se escurre en ausencia de ella. Voy a responderte, pero, dijo ayer, y alguna cosa más, cuando ella sabe tanto como vos, siempre lo supo, nunca con tanta certidumbre como ayer al mediodía, que es poco, casi nada, lo que hay que decir cuando las cosas llegan a cierto punto. ya está. Te sacaste la leche. Le dijiste lo que pensabas. A qué esperás, a que ella apele a otra de sus tretas para echarte a la mar de las dudas. Si esperás lo suficiente, ella va a salirse con la suya y va a tenerte de nuevo con la soga anudada al cuello, sonriente, sabedora de que es responsable de un cierto mito fundacional en tu vida. Pero carajo. qué vale tu vida más que el temblor que ella bien supo describir la vez que dijo yo sentí tu boca temblar en mi escote, fue en el instante preciso en que dejabas de temblar y se te ocurría cuento que eso que pasó, y juro que en verdad pasó, era una especie de consuelo soltado medio a regañadientes. Yo que vos lo pensaría, yo no beso hombres feos, no en público, una vergüenza debería darte, tu boca tiritando en mi escote, repetías para adentro sentado en el banco de una plaza de un barrio desconocido. Nunca te sentiste más solo, sos capaz de decirlo, pero yo no soy capaz de creer una sola de las palabas que pronuncies en esa dirección. La soledad se siente como un frío en la espalda, vos sabés, y en ese momento, hablo del banco, de la plaza, del barrio desconocido, de las palabras que murmurabas, que te decías a los gritos para adentro, tu espalda sudaba debajo del sueter a rayas que nunca volviste a ponerte. Lo que son las cosas: el sueter lleno de polvo te mira debajo de toda esa ropa que se ha juntado para que laves. Hoy vas a considerar seriamente echarlo a la basura. Vas a prometerlo, no a mí, que no importo, sino a vos mismo. ¿No me regalarías un sueter?, te atreviste a decirle un día y enhorabuena ella no te llevó el apunte sino ahora mismo verías en vez de un sueter a rayas que pide prórrogas otro, más bonito, hijo del amor y no del deseo. El deseo nunca se apaga. Eso dijiste. Está anotado. Y también: sólo cambia de ropajes, entonces siempre voy a estar persiguiéndote. Ahora te pregunto yo: ¿a quién se lo decías? ¿A ella? ¿Cómo se te ocurre? Ella ya te olvidó. Ella te remplazo por cualquiera, lo primero que tuvo a mano. Aquello fue un espejismo. Una tarde aburrida. Viste esos días en que no tenés nada que hacer, viste lo que te dijeron alguna vez: esos son los momentos para mandarse las cagadas de las que uno acaba por arrepentirse. Nunca te quiso. Ni un poco. Fue todo algo enfermizo. ¿Te acordás de La dolce vita? Ella es Marcello. Todas las puertas, la que quiera, se le abren a un chasquido de dedos, sin embargo, el infeliz, en vez de pensar en vez de obrar en la forma que los modestos, él, se prenda de Sylvia, esa encarnación del esplendor de Marilyn. Puede dormir con la mina que se le antoje, de hecho eso es lo que hará, pero su vida se detiene en el momento en que sus labios quedan a dos centímetros de los de Sylvia. ¿Podés imaginar el aliento de esa figura fantasmal, celeste, ajena a la prosa de este mundo? Ella es Marcello en ese punto: puede ver la poesía de la vida como en un panóptico. Un día fuiste vos, mañana, hoy a la tarde, es cualquier otro. Vos sos Maddalena. Elegís para pedir matrimonio la catacumba de un palacio. Pueden oírte pero no hacerte daño, no darte la bofetada que te merecés por la impertinencia de colarte en una fiesta y pretenderla tuya, la fiesta del día en que el amor de tu vida te dice sí. ¿Y la discusión del final? Se dirán, ella y vos, las cosas más horribles. A lo mejor un rapto de civilidad los pone, a ella y a vos, a resguardo de un escándalo, pero pensarán el uno del otro cosas horribles. ¿Te das cuenta? Sos una puta. Nunca debiste conocer a alguien de ese encanto. No lo merecés. Ahora es la pena. Mañana el regateo. Pasado la humillación. Todavía estás en posición de elegir. Esfumate. No te prestes a sus juegos, no hay necesidad. Emborrachate a la salud del fuego hecho cenizas, llorá el llanto de los que murieron con las botas puestas, pateá los tachos de basura de ese vecindario que no sentís tuyo. Olvidate. Ella, Marcello, va a pensar en vos.

Anuncios

1 comentario en “Corset”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s