lo mismo que el viento

hace demasiado calor para que yo pretenda algo más que un vaso de agua, ¿podrías creerlo? es sencillo, me pasé la tarde debajo de un ventilador oyendo lo que hace el viento con las puertas que no quieren abrirse, lo mismo que vos, lo mismo que yo, que a lo mejor no somos tan perseverantes, que haríamos más que bien si prestásemos un poco de atención a ese modo de actuar una vez más pum y la puerta que no se abre y mi vista bruscamente arrancada del libro que leo como un recreo impertinente, como tronar de la campana de la escuela de mi infancia, que sonaba, puntual, a la hora en que la clase tomaba color, entonces yo, hermano en el viento de la porfía, retrocedo un par de renglones o de fórmulas o de cuadros o de párrafos y me veo leyendo la letra de esa canción que jamás me ha gustado escuchar y sin embargo quiero aprenderme, tonterías propias de un tipo herido en su amor propio, urgido por redimirse, por anotarse un poroto, ya ves, una mala copia del viento que no deja de golpear esa puerta que no se abre, muerto de sed, llamando a tu puerta, no tan enjundioso, apenas muerto de sed, pero abrigando, nunca entenderás, el deseo de que nadie acuda a mi llamado, ni él, estoy a diez minutos acaba de escribirme, ni vos, que andarás quizá buscando alguien que te dé un trabajo, que te devuelva eso que otro te robó la tarde aquella en que te dijo estás vacía, yo nunca te dije, y a lo mejor debería, a perpetuidad, de mil modos diversos, todos estamos vacíos, tenemos un cuarto mal iluminado al final de un pasillo a la espera de un huésped que todavía no ha querido venir, o vino y se ha marchado sin respuesta después de tocar a la puerta con los nudillos no tan vigorosos como hubiésemos querido, si es que alguna vez hemos querido algo, algo con todas las fuerzas, ¿seremos capaces?, apostaría a que alguna vez tuvimos un sueño imposible, una clase hermosa que no querríamos abandonar por ninguna de las cosas de este mundo, pero algo debió pasarnos, algo que bastó para que se terminarán mis hazañas en lo alto y trajese a mis venas el miedo en todas sus formas, yo soy ese tipo que anda por la vida con todas las alarmas prendidas, el que tiene miedo de perder la llave o los documentos, el que mira tres veces antes de cruzar la calle, y a vos, yo no sé nada de vos, apenas que tenés un miedo que brota de la punta de tus dedos, un miedo tal vez consumado en la mirada tuya tan de loca en el muelle de un barco que nunca amarró y una tarde te piden que te pongas un vestido sencillito y los colores te trepan por las mejillas porque vos nunca, ¿nunca un vestido? ¿nunca apenas por debajo de las rodillas? yo no sé qué nos pasó antes, qué para que una palabra, un gesto, nos vuelvan carne de un solo temblor, pero yo llamo a tu puerta y me limito a esperar que nadie atienda, tanteo en mi bolsillo el atado de puchos, pienso, con suerte, uno, hasta que venga él, me hago, siete minutos de vida, en qué cosa mejor podría invertirlos, y de nuevo tengo la vista fija sobre un libro, decisiones de inversión, apenas un puñado de fórmulas y más adelante la teoría del portafolio, que dice que el riesgo no es la suma, o la media, qué importa, de los riesgos inherentes a cada factor, sino una cifra esquiva, y bien podría decir que el miedo todo no es la suma de cada miedo que me ocurre, que me lleve la mano al bolsillo y tantee ahora mismo la billetera, todo en su lugar, es un alivio, no me hace más temeroso de lo que era antes, porque hay un otro miedo que viene aferrado a mí de un modo improbable, un miedo que me imagino asido de algún modo a mi alma, del mismo modo que imagino una piedra esmeril incapaz de limarlo sino a cambio de llevarse a su vez un jirón de mi alma sangrante, entonces, me digo, el miedo, este miedo, preso a perpetuidad en la cárcel de mi cuerpo, soy yo mismo vestido con otras ropas, que no un vestido que te llegue algo más allá de las rodillas y te haga sentir en un segundo el aire que los otros respiran en beso con tu desnudez, decís hola, qué traes ahí, oh, lo de siempre, pienso yo, de nuevo se trata de algo que no te pertenece, ¿debería?, me preguntás, quizá entenderías tantas cosas, te subirías a caballito de las bromas que yo suelo repetir, te reirías con todos los dientes, me mirarías fijo, siempre lo hacés y yo no sé de qué color soy a tus ojos cuando me mirás, pero antes de que levante mi escudo entre nosotros separás los brazos que salen de tu musculosa blanca y decís ¡un abrazo! como si eso  fuera el genio de la lámpara se te hubiera aprecido y se ofreciera a cumplirte los deseos, y yo me doy en abrazo y siento en mi pecho eso que tanto me gusta y nunca te dije, cómo podría, me gusta la temperatura que tenés, me gusta que tomes de improviso mi mano buscando complicidad o disculpa y sentirme envuelto de esa llama tibia que sale de tu piel o, mejor, es un jirón de tu alma ensangrentada, y como otras veces pongo un dique al impulso de a mi vez apretarte un poco más fuerte para que sientas en tu propia temperatura la invasión de la mía, febril y categórica y anárquica y digo para mis adentros no, esto no puede ser, pienso que daría un par de dedos de mi mano derecha para que llegue el momento en que me ofrezcas un vaso de agua y lamento no haber hecho lo suficiente para forjar en vos un idioma común al mío tal que yo empiece, muerto jadeante, a decirte cerca del oído one mississipi, two mississipi, y después agradezco al altísimo no haberme permitido el arrebato porque es justo en este momento en que subo con mi mano por tu costado, poniendo todo mi empeño en no mirar los ojos que adivino entrecerrados ni la boca que acaba de pedir, como lo haría una niña, ¡un abrazo!, esto no puede ser y tan cerca las sienes y la ebullición que me creo ciertas las palabras que sólo escucho para mí, él no va a venir por un buen rato, por qué, por qué, por qué no, si es apenas una travesura y jamás será mucho más que eso, porque yo voy a mirarte fijamente a los ojos, esos ojos claros tan hermosos, me apuntarías, y también qué poca luz hay aquí, siempre se lo digo, no me cansaría nunca de mirar esos ojos claros tan hermosos, ya te hubieras quebrado a reír, a llorar, él tiene para un rato más, y la mano que sube no encuentra en vos ningún dique sino en mí, que de golpe soy una hoja de otoño, tan frágil que el abrazo de los brazos que salen de la musculosa blanca podrían terminar conmigo, es lo que pienso, y si lo pienso más no me importaría dejarme caer al suelo de la intemperie de esta casa que ahora es tuya, sonriente, desgarrado y definitivo

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1 comentario en “lo mismo que el viento”

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