El lector

Cada vez que subo a ese colectivo hay algo que no dejo de reprocharme: la pereza. Si sólo tuviera la voluntad de hacer andando las dos cuadras hasta la plaza no me pasaría eso de mirar a un lado y al otro para constatar que no hay más sitio que ese, al lado del pibe que viene leyendo, y dos más, uno al lado de una señora gorda, y otro, junto a un señor que lleva desprendidos tres botones de la camisa y toda la estampa de ser el que le pone el olor característico a este viaje. Se trata de un olor que repele a cualquiera, un olor a rutina, a desgracia, a sudor seco y renovado. De manera que no tengo asunto: voy a sentarme de nuevo junto al chico que lee, que lleva un bolso sobre la falda. El, tal vez por cortesía, tal vez por la incomodidad que le provoca que yo me siente a su lado, hará a un costado el bolsito, no mucho, apenas lo suficiente como para que yo note su gesto. Es una galantería. No hace falta que la formule, que sea ostentosa. Para jaquearme, simplemente, le basta con existir, con estar allí, para reclamar algo a cambio, como una mota de polvo sobre algo, por fuerza, inmaculado.

Y yo que me duermo, yo que hoy me levanté a las cuatro de la mañana para repasar los apuntes para mi examen de hoy y lo mismo estoy a punto de desaprobar. Y perder del año. Qué estúpido es todo, tres meses de levantarme a las cuatro de la mañana y todo puede irse al cuerno, basta que hoy a la tarde, y sólo faltan un par de horas, yo no pueda concentrarme, que quizá pensando en el chico que deja a un costado el bolso para que yo esté más cómoda, para que me nuble ante la hoja en blanco. Pero no ha de ser por él que esta tarde no me vaya bien, no pero de algún modo me consuela la idea de que no sea mi culpa. O que sí, sea mi culpa, pero que no venga precisamente del poco apego que he tenido toda la vida por esta materia, lo poco que me gusta, la presión que papá es capaz de meterme para que rinda y aprueba, esa presión que está hecha de silencios. No le hace falta decirme nada. Basta con que esté allí, con que suene mi despertador a las cuatro de la mañana y él se dé media vuelta en la cama pensando un día más, un día menos.

En cambio me conforta pensar que estoy inquieta porque no sé retirbuirle al chico que lee su gesto, el de hacer un poco más de lugar en el asiento, cuando bien podría desentenderse, forzar el roce de mi brazo con el suyo, para revelarme, como si de un secreto se tratase, que debajo de la camisa a cuadros que se ha puesto hoy, debajo de los cuadros azules y blancos, hay una piel quemante. ¿O es mía la piel que quema? ¿O soy yo la que quiere llamar su atención y por eso mismo le estoy pegando también mi pierna a la suya? ¿O son las curvas de una ruta con demasiadas curvas, las que hacen que yo me precipite encima suyo y que él no diga nada, la vista absorta en eso que lee? Si es que lee, si es que acaso no está usando el libro como tapadera y en realidad ve por encima de las páginas la línea de mis piernas. Si es que lee, si es que no he logrado arrancarlo de su mundo con un golpecito de mi codo. Si es que no acabo por dormirme tan cerca de él que, se me ocurre, bastaría el más leve de los cimbronazos que esta cosa pueda dar para que yo termine recostada sobre su hombro.

A veces pienso que él lo sabe todo y, sabedor de todo lo terrible que guardo dentro de mí, se aprovecha. Si en verano no evito el roce de la piel quemante, si en invierno me recuesto sobre él como si fuera mi único cobijo, él debe saber todo de mí, por ejemplo que estoy más triste que nunca, que me asusta lo que pueda pasarme dentro de un par de horas y que no tengo ganas de otra cosa que no sea dormir la siesta. Que haría bien a mis nervios que él pose ahora mismo su mano sobre mi rodilla, que me diga que ya pasó todo. Y después calle.

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