Mi primera pupila

Llevaba años sin que una chica me pidiera que le enseñe a escribir. No tengo en claro qué es lo que les hace pensar que a escribir puede aprenderse, pero pongamos que sí, que puede aprenderse, en ese caso la pregunta sería ¿por qué yo? La respuesta no es interesante. Se trata de chicas y ya. Es un buen modo de erigir puentes, aunque, toda la verdad sea dicha, jamás ninguna que me haya conchabado como mentor obtuviese el más pequeño de los éxitos en la brega. Es que, en principio, yo creo que nadie puede enseñarle a nadie a escribir, que la consigna es baladí. Es como tomar un curso que se llame “Cómo ser espontáneo”. Debe haber algún curso así. No quiero preguntarle a google, pero este mundo sería menos soportable si no existiera el tipo en plan de dictarlo.

Pero el plural es estúpido. No se trata de chicas y ya. Es una chica y ya, y no precisamente de cualquier chica sino una de esas que me mueven a pensar, que no ha decir, qué se han creído, por un retazo de tu vida, cualquiera sea, yo sería capaz de cruzar a nado el canal de la mancha, y no es cualquier cosa, te juro, porque, para empezar, yo no sé nadar, tampoco me gusta el agua, pero sí, y en esto no fallo, soy el soldado que siempre está listo para las causas imposibles. Por caso, enseñarte a escribir.

Vamos, que no puede ser tan complicado, sabés. Yo tomé como maestro a un tipo que se llamó Felisberto Hernández. Lo encontré de casualidad. Había leído a varios otros, todos, cada uno, interesante a su manera, pero Felisberto opera por encantamiento. Di con un cuento que él llamó Mi primer concierto, como yo podría hablar de vos en algún futuro y componer algo que se llame Mi primera pupila, aunque no seas ni de lejos el primero de mis fracasos, ni yo piense que seas en verdad mi pupila, porque no me pasa por la cabeza hacerte cautiva de nada, no tengo mucho con qué, pero, a que pupila es una bonita palabra. Bueno, de eso hablamos, de la belleza en las palabras. El cuento del que te hablo se llamará, para mí, para siempre, Cajita de música. Ahí va, dice alguien, cajita de música.

Al poco tiempo de conocerlo, alguien, una poeta, hermosa y amiga, me dijo: no es bueno Felisberto, vos, sin ir más lejos, escribís mejor que él. Yo me sonrojé y francamente jamás le creí. Hay cierta habilidad que uno puede tomar a la hora de escribir, pero escribir es otra cosa. Esa habilidad, esa destreza, es saber en qué punto situarse para ver mejor pero contar qué es lo que se ve, esa aptitud de hacerlo bien y conmover, eso no es para cualquiera. En eso gana Felisberto y yo me quito el sombrero. Pero esa destreza se educa. En eso puedo colaborar con tus deseos.

A ver, veamos un caso. En adelante no podremos prescindir de ellos. Hace mucho yo tenía una novia. Ella en vez de preguntarme cómo te va, que es lo usual, lo que hace cualquiera, me atoraba, me decía: contame cosotas, no cosas: cosotas, y yo nunca tuve demasiado para contarle. El yeite era tratar de mirar mi vida vulgar, tanto o más vulgar que ahora mismo, y contársela, siempre igual, siempre diferente, para que ella se convenciera de que yo la quería. A ella la retenía, a lo mejor la palabra es detenía pero, por esta vez, dejémosla pasar, esa capacidad mía de hacer fuego con dos piedras. Soy muy malo para los campamentos, sabés, mis amigos me llevan y me perdonan que yo no haga nada, y cuando digo nada es nada. No armo la carpa, no busco leña, no sé cocinar. Les cuento cosas, ese es mi modo de pagarles. Igual que ella, sólo que tuvo la precaución de no llevarme nunca de campamento. Entonces veía con lupa lo que me pasaba cada día, que es lo que sigo haciendo hasta el día de la fecha, aunque ya nadie me lo pida.

Mis días se imitan los unos a los otros. Siempre voy, siempre vengo, en un colectivo que está en las últimas. Una vez al mes nos deja de a pie a mitad de la nada. Siempre viene la misma gente. Las mujeres se sientan con las piernas apretadas, los tipos las abren tanto como pueden. Yo tomo un lugar contra la ventanilla, siempre del lado derecho. Casi todos los días se sienta conmigo una chica fea, pero por el bien de lo que te cuento vamos a poner que es linda. Lleva un bolso enorme que no deja de hacer ruido. Es bastante torpe al vestirse, nunca combina los colores, las más de las veces anda en jeans y una camperita azul francia, tan a la moda. En ese colectivo casi todo el mundo duerme durante el viaje. Los hay que inclinan la cabeza hacia adelante y los que prefieren recostarse sobre la butaca. Ella no es así, creo que me interesa por eso. No llamaría la atención sino fuera por el modo en que duerme. Todo su cuerpo permanece más o menos recto, las pìernas apretadas, claro, y el cuello se inclina a los costados. La primera vez pensé que el cuello iba a cortarse y la cabeza a rodar por el piso. Primero inclina su cabeza hacia mí. Se acerca cada vez más a mí hombro. Lo roza. La levedad del contacto la mueve a recuperar la posición recta. Ahora empieza a inclinarse sobre su izquierda. Los pasajeros empiezan a bajar. Una frenada brusca del colectivo, otro roce, de nuevo la verticalidad. Otra vez va a recostarse sobre mí.

Imaginate una rutina de viajes así, o por el estilo. El boleto cuesta un peso 50. Todos pagan con dos, menos ella que paga con diez. El chofer le da cuatro billetes de dos y ella viene a sentarse a mi lado. Deja los billetes sobre una pierna, apenas por encima de la rodilla. Se distrae enviando mensajes de texto. Si querés, imaginá que lleva falda en vez de pantalones. La ruta es sinuosa y ella no luce preocupada por el destino de los billetes. Yo los miro de reojo y también a sus rodillas. Pienso y me aterra la idea de que en algún punto del trayecto uno de los billetes caiga al piso. ¿Qué haré cuando eso ocurra? ¿Seré todo lo caballero que me han enseñado? ¿Me echaré sobre su falda apenas el billete tome un poco de vuelo? ¿O seré indiferente y la miraré de costado cuando deba agacharse y perder toda la forma que hace a su condición de mujer?

Quiero escribir sobre eso. Eso es lo que vi y ahora quiero contarlo, pero no puedo. Las palabras me han abandonado. Quiero poner en negro sobre blanco el terror que me invade. Hacer de mi terror el afluente de un río infinito. Algo está por ocurrir, y aunque lejos estuviera de tener lugar, aunque nunca sucediese más que en mi imaginación, eso me perturba, me pone los pelos de punta. Ahora pensá que vos sos la chica. A lo mejor querés provocarme. Querés cambiar las reglas del juego que hemos jugado por años hasta aquí. Pero no querés que nada suceda, nada que no sea verme temblar ante la inminencia de un imposible. Hagamos de cuenta que ya miraste eso que nadie mira, y que esa contemplación de lo banal te ha sacudido. Querés contarlo. A ver cómo te sale.

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