Pura y dura

Tenía cosas buenas, no puedo decir lo contrario, pero se le notaba cancha para despedirse. De todos se iba. A ninguno le duraba. A todos le sacaba el jugo puntillosamente. No sé bien qué es lo que quería. Si me apuran, ahora, y sólo por ahora, arriesgaría que estaba embarcada en un proyecto de investigación. Algo antropológico. O quizá escribía una novela. Y la verdad es que a las buenas novelas siempre las escriben otros. Es mejor acostumbrarse a esa idea que andar por ahí penando, mostrando la hilacha, jurando que se echa todo, cuando el resultado es más bien lastimoso. Entonces ella reclutaba escritores. ¿Muchos? La verdad es que no lo sé. Apenas me dio para advertir que yo era un capítulo, el tres. O el tercero que escribía, vaya a saber en qué orden habré quedado en la versión definitiva. Quiero decir: a lo mejor se me ve algo resentido. No los culpo de lo que ven, pero yo diría triste. Yo diría atascado en las arenas movedizas de una melancolía de domingo. Pero qué importa. Fue bueno mientras duró. Y no podía durar. Me gustaba contarle mis cosas. Decirle, por ejemplo, quise leer mil veces a Saer y nunca pasé de la segunda página. Ella diría que Saer fue la última poética, al menos de este lado del mundo. Pero aburre, pensaba yo, pensaba y le decía ¿no notaste que yo soy un vil ladrón de Cortázar? Y ella: la verdad que no, Cortázar me da asco, hace mucho que dejé de leerlo, si le robás no me doy cuenta. Y me convenció. O me convencí por mis propios medios y al poco tiempo archivé para siempre a Cortázar. Leí Rayuela por tercera vez y regalé todos los libros suyos que tenía. Y Spinosa. Creo que ella me gustaba por el bueno de Baruch, porque ella se lo sabía de punta a punta y yo tenía ganas de saber. A eso es a lo que yo le llamo la paja literaria. No puedo perder el escaso tiempo de mi vida en minas que no están en condición de enseñarme alguna cosa. De una previa -y mala- lectura de Spinosa -o de algún otro- yo tomé la malparida idea de que el amor es -en letra del diccionario que me apresto a escribir- acción y efecto de extraer de un otro cualquiera sus potencias. Todas. Creo que esa idea me consolaba. Alguna vez le quité la novia a mi mejor amigo para dejarla en manos de un tercero, un militante radical, una rata. Mucho tiempo me arropé con esa culpa. Sólo después supe que yo fui quien la empujó a ser. Y eso en lo que se convirtió ya me daba asco, pero cómo olvidar lo de antes, esa latencia, y a la vez no estar satisfecho de un trabajo terminado, aunque después mi patrón no me retribuyera en consecuencia. Pero lo mejor era el sexo. Dejábamos a Spinosa que se arrumbe en los libros y nos dábamos el uno en bocado al otro. Y frases memorables: hagamos un cambio, yo te ofrezco el mejor sexo oral del continente, decía ella sin modestia, vos comprame un lavarropas. De a ratos somos tan prosaicos que dan ganas de enamorarse de esa gente que es como uno. Y a la vuelta de la esquina, en el último rincón de una obra abandonada o en la cornisa, volvíamos a lo nuestro, la investigación antropólogica, la novela, lo que carajo fuese que ella, montada en el trabajo de otros, escribía. Yo era el tres, de modo que en acto podía hablarme del uno y el dos. El uno era un puto de los que hacen proselitismo. El dos, si hubiese sido mujer, sería eso que llaman femme fatal, eso que en los hombres luce tan patético. Pero habían sido buenas experiencias. Ella podía trazar un arco entre el sexo de ellos, los traumas irresueltos de su infancia, y aquello que escribían. Era divertido porque yo sabía que apenas empezara con el cuatro, a la semana pongamos, ya estaría hablando de mí en tiempo pasado. El uno era prestigioso, el dos no. Pero tenía todas las ansias. Y no traía un serrucho para el piso de los otros, los canónicos, sino una motosierra. En cambio yo no abrigaba ningún deseo de anotarme en un registro académico. Prefiero las chicas, cualquiera que tenga con qué sentarse, con qué ponerse de pie, antes que la gloria efímera de un premio, de una marquesina, de un recorte del diario de ayer. Pero seguramente aparentaba otra cosa. Por eso ella vino a mí. Y como vino se fue. Su olor más íntimo era de lo más vigoroso que conocí en mi vida. Como corresponde a una mujer débil. No toques ahí que todavía duele, me dijo un par de veces. Y a la tercera se fue. Probablemente yo me haya comportado como un tonto pero no conozco otros modos. Además tengo un vicio dañino: siempre tengo en la mira el momento en que lo bueno se acaba. Y cuando lo bueno, esto, se acabase, yo me convertiría en un engranaje de una empresa mayor, un capítulo, el más absurdo, el volado. En literatura pura y dura.

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3 comentarios en “Pura y dura”

    1. No será para tanto, Rain. Recién pensaba en la imagen mental de este texto. Era bellísima. Ahora leo de nuevo el texto y pienso que crucé al otro lado y he regresado con las cejas chamuscadas del fuego central y apenas unas migajas en las manos. Así, como casi siempre.

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