Quietud

Anoche vi Lo que queda del día. Me enamoré de un par de escenas. En una, Emma Thompson, el ama de llaves, forcejea como Anthony Hopkins, por un libro que éste lleva entre las manos. Lo está leyendo. Ella lo interrumpe. Quiere saber de qué trata. El se niega a dar una respuesta. Un libro, dice, como si ella no lo supiera, y no da más detalles. ¿Algo picante?, inquiere ella, y él, ofendido, sugiere que su amo nunca tendría un libro picante en su biblioteca. Y que, por lo demás, ella está invadiendo su tiempo privado. Sí, lo invado, dice ella y se lanza al forcejeo. Al fin se hace con el libro. Nunca sabremos cuál es. Ella lo examina e informa: es una ñoña historia de amor. Eso es lo que le avergonzaba leer al mayordomo, un tipo por completo negado al amor en aras de un fin superior, cual era desempeñarse como servidor fiel de un señor por el que profesa una ilimitada admiración. Sí, lo invado, dice ella y desembarca en yerma Normandía. El se repliega, contraaataca, hace añicos la posibilidad de que su tiempo privado sea también el de ella.
Alguna vez yo mismo he sido el mayordomo fiel. Alguien me ha preguntado qué es lo que leía y llegado el caso me ha arrancado el libro de las manos sólo para examinar sus tapas. La curiosidad desbocada invadió el ámbito de mi intimidad y leyó, digamos, El mundo según Garp, El amor de Platón, La vida breve, Mientras escribo, y yo me sentí un poco avergonzado de que ese retazo de intimidad que me fuera cercenado de poco – de nada- sirviera para forjar una intimidad que a los dos cobijara: a mí, el invadido, a ella, la agresora, y preferí el silencio por no preguntar ¿tanto te gusta mirar las tapas de los libros?
En la otra escena, ya desanudado casi por entero el nudo de la película, los dos, en el umbral de la vejez, sentados en un banco, conversan. La gente aplaude. Ella dice la gente siempre aplaude cuando encienden las luces. Y uno no entiende. O sí: piensa que la gente tal vez crear encontrarse en un tablado en el preciso momento en que el telón se descorre. El teatro de la vida. El tampoco entiende, pero ella se lo explica: ¿qué es lo que espera la gente? ¿qué es lo que usted espera cada día, Mr. Stevens? Lo que queda del día, la noche.
La noche, pienso, la quietud, el otoño de los días. ¿Eso es lo que esperamos? El reposo, la satisfacción de saber que por un día más hemos dado cumplimiento a nuestros deberes. Repito: ¿eso es lo que esperamos?
Tal vez ese ser pequeñito que hoy te toca arropar un día cruce el umbral, ese que tenés al alcance de los ojos. Llevará una maleta, o dos, una lágrima en la mejilla y otras tantas sujetadas entre los dientes apretados, todo con tal de que lo necesario no resulte más triste. Te dará un abrazo y recorrerá el camino hasta el umbral. Desde allí te hará un chau con la mano, se dará la media vuelta y aflojará los dientes y las lágrimas. Ahora le tocará su propia intemperie. Yo juntaré mi sien a la tuya, yo voy a ser el pañuelo para las lágrimas cuando aflojes los dientes. El círculo será perfecto. y vos y yo esa ceremonia privada que aplaude la gente cuando encienden las luces.

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