La marca de los dedos

–Hola, Jorge
–Qué hacés, Fabián.
–Mal. Me dejó mi mujer.
Así empezó uno de mis días. No supe cómo seguir. Debía esperar siete minutos y medio más a que se calentara el agua para el primer mate de la mañana y encontrar una palabra para decirle al pibe este. Pero no, yo jamás he tenido la palabra justa y en esos casos es mejor callarse. Qué le iba a decir: así es la vida. O: son rachas. O: va a volver, vas a ver. O: cada historia que se acaba es una historia que comienza. No, eso no. No me atrevería. A veces soy tan cobarde que me doy un asco infinito, pero eso es lo que pienso. Cada vez que uno cierra la puerta, deja del otro lado alguna cosa, cuantimenos el aire que ha estado respirando, y cada vez que la abre se da con otra cosa. Puede que entre a su propia casa y esté todo revuelto, que en el tiempo que duró la ausencia se haya metido un ladrón por el tragaluz, que lo haya revisado todo hasta dar con el único treintaiuno que tenía para llegar a fin de mes. O que la llave esté puesta del lado de adentro. Que un amigo haya tenido necesidad de tomar el bulo prestado por un rato para echarse el polvo que la suerte le venía negando sólo que uno, en su apuro, el maldito trabajo, el calor que aprieta, la ansiedad por hincarle el diente a un pedazo de pan, ha hecho que no mirase arriba, la luz encendida en pleno día, que es santo y seña de que adentro hay alguien ocupado. O que todo esté en el lugar que uno lo ha dejado en la mañana, la camisa arrugada en el respaldo de la silla, media taza de té frío, la cama deshecha, la radio en el piso. Pero la gente no piensa así. Y digo la gente y estoy queriendo decir nadie. O sea: nadie piensa así. Las pérdidas nos llevan de las solapas a un mundo de tragedia. Nos travestismos en sujetos perdidosos. De aquí en más, todo lo veremos con el prisma de esa derrota. Crispación. Rabia.
O abrigar la esperanza de una reconciliación. O sea: extender la mano. Poner la mejilla. Decir, por ejemplo, sé que estuve mal, pero. Pero en el preciso momento en que estuvo mal actuó con toda convicción, movido por una certidumbre que aniquiló la duda. Entonces volver sobre los propios pasos, mirar los hechos con la distancia que da el desanso la noche en que no pegaste un ojo, el remordimiento, no es simplemente volver sobre los propios pasos. sino de alguna manera suicidarse. Qué cosa rara el arrepentimiento: fui yo, esa ha sido mi mano, pero no es lo que en verdad pienso. Si hubiera pensado, te lo juro, no lo hacía. Pero el hecho está allí. Y desmiente las palabras.
Entonces, ¿qué hay detrás de esa ventana?
–Una como esa necesito.
–¿Como esa?
–Sí, hoy mismo. Mañana no.
–¿Qué pasó?
Terminamos.
–¿Por?
–Nos trenzamos feo. La agarré del cuello.
No va a volver.

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1 comentario en “La marca de los dedos”

  1. eu, como você, nunca sei o que dizer. Daí acabei por chegar a conclusão que as pessoas a quem uma fatalidade acontece não querem que se lhes diga nada. Querem elas mesmas dizer. Ouvir o som da própria voz. Pra ter certeza de que estão vivas, apesar de tudo.
    Isso pode ser verdade. Ou não. Ou simplesmente significar que eu, na minha falta de jeito e covardia, me agarro a primeira explicação.
    PS: sé que me comprenderás poco o nada. Pero yo tambien necesito decir o, mejor diciendo, escribir para que las cosas parezcan reales.

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