Catedral hecha polvo

Llega un punto en que nadie conoce a nadie por azar. Será cosa de la edad. Del medio con el que nos acostumbramos a vivir. Será que hay que darle bola a esa chica que grita por si alguien quiere oírla: yo no quiero amigos, ya tengo todos los que quiero. Yo no estoy en condiciones de afirmar algo semejante. Ni siquiera creo que pueda gritarlo en plena calle. En el fondo soy tan tímido que no podría gritar nada sin ruborizarme. Prefiero el silencio, la gente que habla poco. Pero el punto es que uno termina haciéndose amigo de los amigos de sua amigos, y ese modo, me parece, peca de artificial. O de artificioso. Quiero decir: antes de ser un cuerpo real, vestido con sus mejores atavíos, perfumado para la ocasión, en pose que avive nuestra escasa virtud, la simpatía, el gusto por el buen vino, la pasión para discutirlo todo y sobre cualquier cosa, antes de eso, somos nada más que un nombre. Por caso, mi nombre de guerra es Jorgito. Así me dicen en casa, como si todavía habitara el cuarto del fondo y me pasara los días tumbado en la cama, leyendo. Será que mi estatura es breve. O que Jorge es un nombre de los ásperos, de los que jamás es plácido decir.

Por lo que fuera: una noche la encontré en una de esas reuniones multitudinarias en las que nadie habla con nadie y todos quieren ponerse al día. O sea: debió entrar por esa puerta y saludar, leve, hola, y yo, vacío, lejano, habré dicho cómo te va, a lo que ella, sin dudas, dijo todo bien. En verdad no me gusta la gente que dice todo bien. Si cuando uno, preguntado por cómo van las cosas, responde bien, va de suyo que no quiere dar explicaciones, quiere dar por terminado el saludo en ese preciso momento, entonces decir todo bien equivale a una sonora bofetada, a y a vos qué te importa. Y es verdad, a mí no me interesaba cómo podría irle a ella, que por lo demás podía verla con mis propios ojos. Espléndía, como en los viejos tiempos, como cuando cortaba en dos los pasillos de la facultad, a paso firme, sonriendo, multiplicando los comentarios de los buenos para nada que nos juntábamos a fumar en la escalera.
Sólo después de un buen rato fue que alguien me llamó por mi nombre de guerra y ella se sintió llamada a intervenir en una conversación que aparentaba no interesarle. ¿Así que vos sos el famoso Jorgito? Yo me encogí de hombros, supongo que sí, soy, pero de carezco de toda fama, pensé, me debe estar con confundiendo con alguien. ¿O fundiendo con alguien? Soy dueño de ese apelativo pero esa fama la debo haber tomado prestada de otro señor. Me había olvidado que antes de tomar cuerpo real fui sólo un montón de palabras.

Caramba, pobrecita la gente que te habló de mí, dije yo. ¿Por qué?, se molestó ella, todo el mundo habla bien de vos. ¿Todo el mundo?, esta chica es amiga de exagerar pero no tiene la culpa de eso: natura también ha pecado de exagerada con ella. Es que me quieren mucho. Eso, pensé, los buenos modos de la amistad, la mala costumbre de comentar la vida de los otros. De pronto me vi a mí mismo hace algunos años. La pantalla mostraba el momento aquel en que dejé de ser el chico de la película. Debió ser un momento dramático para los espectadores. Me los imagino moqueando, pidiendo explicaciones, tocando al vecino de butaca con el codo para musitarle “pero cómo es que esto pudo pasar alguna vez, el director no entiende nada”. Yo creo que es un problema del guión, diría el interpelado. Lo que sea, a esto no me lo creo. Pero repunté, eso me gusta pensar. El guionista creyó que el viraje lacrimógeno era un golpe por debajo del cinturón. Dejemos los golpes bajos para la vida real, habrá pensando, al público le gusta otra cosa.

Pero si mi cuerpo real, mi primera aparición a los ojos de ella, no generó nada más que un hola, todo bien, fue la suma de los comentarios supinos de mis amigos lo que a ella le despertó algún interés. Después de todo, ¿quién sería ese tipo que se despachaba floridamente en anécdotas de toda laya? ¿qué tendría en común con las elucubraciones de esos muchachones que no hacían más que preguntarse por qué la desgracia, por qué a él, por qué ese modo casi autodestructivo de aferrarse a la maderos de un navío que se hunde? No sé, los oigo hablar en mi imaginación y les devuelvo la pena que ellos sintieron por mí. Y con intereses.

Es feo sentir lástima por alguien. Más feo es saber que han sentido lástima por uno, pero ¿qué hacer al respecto? Nada, dejarlos que hagan. Que hablen. Que les llenen el balero con pelotudeces a quien quiera escucharlos. O a quien los escuche sin que ellos lo sepan. Pero bueno, llegado el caso, toda esa palabrería quedo desmentida aquélla noche. Pasaba por uno de mis brotes hipomaníacos, de manera que todo lo que pudieran haber dicho acerca de mí caería por su propio peso. Ella pondría una mano en mi rodilla, me pediría un caigarrillo. Me preguntaría, tal vez, que fue de mí en aquellos años.

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1 comentario en “Catedral hecha polvo”

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