Al viejo Marcos le cuesta mear

Todas estas cosas es posible que no hayan sucedido nunca, que mamá las haya inventado para tener algo de lo que hablar en la sobremesa familiar de los domingos. Nadie les daba mayor importancia, excepto papá, que de algún modo reafirmaba cada hecho a pesar de no haber visto nada más que por los ojos de ella, más que en el torrente agitado de las palabras de ella, al punto de pretender que todo tuviese una explicación. La vida sucede, pienso, como un estornudo. Como perros que ven pasar la caravana nos quedamos elucubrando de qué material serán las ruedas que cortan en dos la tierra y nos abandonan, quiénes se van sin darse vuelta a mirarnos, qué hubiera pasado si…

Yo lo conocí y ya era viejo. No me quedó otra. Lo conocí cuando yo era un niño y él un hombre hecho. No tengo una memoria anterior. Quizá él fue joven y hacendoso, no lo sé. Creo que sí. Yo lo conocí en las últimas. Trabajaba en la mina. Manejaba un camión once catorce. Lo traía todas las mañanas, todas las tardes, todas las noches. En la mina se trabaja en turnos rotativos. De seis a dos, de dos a diez, de diez a seis. Le toca el turno de la noche, decía mamá y a mí se me erizaba la piel, porque era un crío y no eran las nueve y media y yo ya estaba en la cama, mirando el techo. Esta semana le toca franco, decía mamá, aunque yo no sabía qué es lo que quería decir franco, pero lo decía en un tono delicado. Se me ocurría que debía ser algo bueno. O al menos mejor que tocarle a uno el turno de la noche. ¿Tendrían todas las luces prendidas?

Pero se jubiló, rápido, tal vez dos años. Cobraba una jubilación miserable, pero cada vez que volvía a su casa con un par de botellas de vino en el bolso de la compra, sus hijos se decían y me decían, casi en secreto, seguro que cobró la jubilación, por fin. No sé si cobro alguna vez eso que sus hijos llamaban jubilación y que en realidad se trataba de un reajuste de padre y señor nuestro, porque tenía como cicncuenta años de aportes generosos y le correspondía mucho más de eso que le venían pagando, pero eran muchos los días en que el viejo Marcos volvía a su casa con un par de botellas de vino en el bolso de la compra.

Crecimos, ellos, queran mellizos, pero no gemelos, repetía cada tanto uno de los dos, y yo, que no tenía un hermano de mi edad más que ellos dos, que en verdad no eran mis hermanos sino hijos de la calle, porque el viejo Marcos decía y repetía que no era su deber educarlos, que para eso estaba la escuela. Eso decía mi padre y yo tenía la sensación que a sus palabras las movía el resentimiento, aunque yo entonces no dimensionaba el ancho filo de esta palabra. Es que tu papá no pudo entrar a la mina, ¿no?, decía alguno de ellos y yo repetía la cantinela que papá me había enseñado. No, querido, cuando yo me vine acá y la traje a tu madre se ganaba mucho mejor afuera y la verdad es que nunca me interesó entrar a la mina, aunque si hubiera entrado ahora las cosas diferentes, seguramente yo tendría un trabajo tranquilo, a todos los tipos de mi edad les dan trabajos tranquilos, y obra social para no tener que ir a hacer cola al hospital y descuentos para mis pastillas.

No, tu papá no entró a la mina, me decía alguno de ellos, por el problema del oído, ¿no?, y yo no sabía bien a lo que se refería, porque yo a mi papá lo conocí levemente sordo pero no me daba por pensar que veinte años atrás escuchase igual de mal que ahora, además era mi padre y yo arropaba un cierto deber de creer todo lo que él me contase, no por nada él había tomado todos los platos de sopa que a mí me faltaban, según decía cada tanto y yo me enojaba, se me subían los colores, tenía ganas de agarrarlo y darle una tunda de golpes, aunque al rato se me pasaba, sobre todo cuando la rabieta aflojaba y me daba cuenta de que si a él se le antojase podría echarme al suelo de una sola piña. Yo todavía era un crío y no consideraba que papá tenía por manos eso que mis compañeros de la secundaria llamaban manojo de vergas por el tamaño, pero cuando ellos se aparecieron con esa ocurrencia todavía no lo habían visto agarrar una pava hirviendo en la palma de la mano, a la par que se dirigía a todos diciendo la clave es no respirar, es no respirar.

Con lo que ellos llevaban esos pantalones de marca famosa que a mí me hubiera gustado tener y yo no, y su madre, la vieja Marcos, chusma y cizañera, siempre escondida detrás de la cortina pizpeando todo lo que en la calle se moviese, estaba tentada de decirle a todo el barrio, que yo no era un chico apropiado para que me den la bandera de la escuela, qué puede representar un chico así, que anda remendado, o me van a decir que no hay chicos un poco más arregladitos, a lo que mamá decía que lo que la vieja tenía era envidia y que todo vuelve en la vida, que no tenía ningún derecho a soltar esas habladurías porque después de todo detrás de esto están las criaturas y las criaturas no tienen ninguna culpa de que a su padre nadie quiera darle trabajo, que anden diciendo por ahí que ya está viejo, que es cardíaco, que a la primera de cambio le da un patatús y queda seco en cualquier esquina.

Y empezamos inexorablemente a pelearnos, porque mamá no quería que yo me juntase con mis hermanos de la calle, ni la vieja Marcos quería que sus hijos se junten con ese pobre diablo, pero lo mismo, puntualmente a la hora de la siesta, un chiflido cortaba el silencio de la tarde y esa era la señal de que yo tenía que salir volando a la canchita de los bomberos. Era la hora de patear, y no faltaba el paisano que nos veía mareando sin ton ni son y al toque nos ofrecía partido y cada partido se jugaba con los dientes apretados como si fuera la final del mundo y yo volvía a mi casa con un poco de cargo de conciencia, porque mamá no quería que yo me junte con esos sabandijas, y la espalda bañada de el sudor reseco que es hijo del sol de la siesta y ningún deseo de bañarme sino más bien de mirar en la tele a los duques de hazard o las aventuras del comisario lobo.

Pero crecíamos y de un día para otro ya no había más chiflidos ni partidos, ya no íbamos a la misma escuela, porque ellos habían resuelto que no querían ir más a la escuela, y el viejo Marcos era un jubilado que no sabía qué hacer con su tiempo libre. Ya no tenía el once catorce en la puerta y seguramente ya se habría hecho del botín que durante años había perseguido, pero lo mismo se seguía levantando mucho antes que el sol para ir a buscar el diario y a las siete y media, justo cuando yo salía a la escuela, en pleno invierno, apenas abrigado, él estaba del otro lado del vidrio, leyendo el Río Negro, seguro que a esa hora a la altura de los clasificados, aunque el diario fuera del valle y poco y nada dijera de las noticias que pasaban en estas soledades.

Ya papá y el viejo Marcos eran enemigos, aunque el viejo Marcos me cruzaba en la calle y me saludaba con la amabilidad de siempre, aunque no me preguntaba jamás por la salud de mi padre ni cosa que se le parezca. Siempre creí que si mi padre se cruzaba a los mellizos en la calle era capaz de no dirigirle la palabra o de soltarles ese hola, querido, tan usual en él, como manera de poner distancia, de hacerles saber que no le causaba ninguna gracia que pibes de su edad fumen y salgan de noche, porque ellos ya salían de noche y quién sabe si no pizpeaban desde la calle la ventana, a ver si el viejo Marcos estaba levantado, leyendo el Río Negro a la altura de las policiales, y se fondeaban por ahí a esperar que el viejo fuera a lo de Gonzalito a jugar a la quiniela, a hacer algún mandado, todo para que no les sienta el olor a la mala vida, esa que abundaba en las noches de mi pueblo.

Para papá yo era un ejemplo, aunque en secreto mi padre le dijera a mi madre que nunca en su vida había sabido de un tipo tan perezoso como yo, que algo había que hacer antes de que sea demasiado tarde, a lo que mamá no respondía, porque de todos modos era preferible que el chico fuera un poco vago pero que estudiara y no fuera como los atorrantes de enfrente y ahí nomás le despachaba a mi padre alguna de las últimas andanzas de los forajidos, porque a esa altura ya se comentaba que tomaban drogas y que habitualmente peleaban, o al menos a mi madre le encantaba adivinar las razones por las que uno de ellos cada vez aparecía como sólo aparecen los gatos callejeros cuando pelean, con un ojo a mitad de la espalda, la pelambre hecha un caos, la cola entre las patas.

Pero yo no era ningún ejemplo, no el que le hubiera gustado a mi padre que sea, porque a mi también siempre me dio gusto juntarme con lo peor de la especie, que según creía en ese momento era el mejor modo de crecer en aventuras. Es que por esos años yo pensé que uno debía vivir la vida en el afán de tener cosas para contar, no me importaba demasiado tomar para mi vida el riesgo de volver yo mismo alguna vez a mi casa marcado por las huellas de una noche violenta, porque a esas alturas la mala vida de las noches en el pueblo ya tomaba la coloratura que la cara de las madres cuando oyen hablar de drogas y de armas y de las malas compañías.

Afortundamente yo ya no sabía nada de ellos y ellos no sabían nada de mí, aunque a mis oídos llegaba, muy cada tanto, algún rumor, algún comentario lánguido, de esos que esperan reafirmarse en uno, cobrar una cierta entidad, circular. Que se embarcaron, que ahora levantan la guita con pala, que cada vez que vuelven al pueblo son días y noches de furioso derroche, que mejor es no mirarlos a la cara porque no se sabe bien cómo pueda reaccionar la gente así, tan distinta a mí, que me arrumbaba en una biblioteca, que saltaba de pensión en pensión y de trabajo en trabajo, siempre mal pago, mal vestido, arrastrando los pies y la maleta cada vez que me tocaba volver al pueblo, sin ganas de mirar a la cara a nadie, con tal de que no me pregunten cómo me va la vida, si es que me va o me deja de ir.

Siempre me voy. Es domingo. Apuramos empanadas. Mamá me convida cerveza. Cuenta que a la madrugada la despertaron los tiros. Que apenas se asomó a la ventana por detrás de la cortina, para que del otro lado no bicharan que ella miraba a un tipo viejo, de carnes caídas, en camiseta, en calzoncillos, haciendo lo posible por correr, por escaparse, poniendo un pie delante del otro en una dirección, pero mirando hacia atrás, y detrás de él un muchacho gigantón, con un semejante caño entre las manos, apuntándole a las carnes caídas del viejo, imprecándole quién sabe qué historias que mamá no alcanzó a entender y que la próxima vez tiraba, así que mejor que no vuelva, y que si vuelve mejor empiece a fijarse en lo que hace, y papá trata de explicar que él no oyó nada, porque anoche me acosté tarde y me dolía todo el cuerpo, tanto que me quedé en la cama hasta tarde, viste que ni a misa fui, a ver si a la tarde me hago una corrida.

Y no vuelvo. Mamá me llama por teléfono. Siempre tiene algo malo que contarme. Lo espero como quien espera la puñalada letal, no sabiendo cuándo tendrá lugar pero sabiendo que su acaecimiento es inexorable. Falleció el viejo Marcos. Tenía cáncer de próstata, vos sabés. Nunca se había hecho tratar y ya estaba grande, pero lo peor de todo es que lo habían perdido. Nadie sabía dónde estaba. Con lo locos que están los hijos no es raro que se haya mandado a mudar, me decía tu padre, a mí me daba no sé qué, a lo mejor ya pisaba los ochenta, qué tendría, setentaylargos, pero el viejo Marcos, así como estaba, se fue a Viedma, fue a un hospital como la gente a que lo revisen, porque vos sabés, qué mierda va a ir al hospital del pueblo, que ni gasas tiene, alcanzó a llegar y al otro día se murió. Así nomás. Ya lo tenía muy avanzado. Le había tomado los intestinos. Tu padre está muy asustado.

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