Al viejo Matías

Me gustan esos dientes. Siempre me han llamado la atención, sabés. No es nada raro. A la mayoría de la gente le pasa que busca en otra gente aquello que le hace falta. Yo no tengo buenos dientes. De chico la pasé mal por eso. Recuerdo que una de las últimas veces que pisé el consultorio de una dentista fue para pedir un certificado. Era para presentar en la escuela. Yo estaba por empezar el secundario. Tenía todos los nervios. Me estaba separando de mis compañeros de la escuela primaria. No es que el resto tuviera eso que llaman otro proyecto. En general nadie sabía lo que quería, a lo sumo pasarla bien, dentro de lo que se pueda. Esos fueron los años de la inflación salvaje. Uno no hacía más que sentirse un poco más pobre que el día anterior. Una tarde le pregunté a mi padre por qué era que no le pagaban el sueldo todas las semanas. Actualizado, por supuesto. Lo mismo no hubiera tenido sentido mi idea. Si un sueldo mensual tardaba menos de una semana en esfumarse, un sueldo semanal, mucho me temo, no alcanzaría para más que una tarde de compras. Lo bueno es que quedaba todo el resto de tiempo para buscar los mejores precios. Buscador de precios fue mi primer trabajo, nunca me olvido. No me resulta del todo grato recordarlo. A nadie le gusta trabajar y éste era posiblemente el peor de los trabajos que podían sucederle a un pibe de catorce o quince años. Vos me dirás: peor es ir a hombrear bolsas al puerto. En efecto, hay trabajos más rudos, pero para los trabajos rudos uno no tiene que pensar mucho. Yo estaba acostumbrado a ver a mi padre levantar reses de ciento veinte kilos. A mí me gustaba verlo porque era un pequeño milagro. Yo nunca he podido levantar siquiera la mitad de mi peso. Algo de fuerza tendría. Podías notarlo en esos brazos mucho más fornidos que los del resto de los hombres. Pero lo verdaderamente importante era mucho más sutil. Si yo hubiese estudiado física y vos pudieras entenderme te diría que la clave es encontrar un cierto centro de gravedad que se encarga de encarrilar las cosas. Más en cristiano se diría que todo pasa por saber colocar la columna. De todos modos, yo me veía muy lejos de mi padre. Quiero decir: él, como cualquier padre con un oficio, podría haber pretendido convertirme en su inexorable heredero, pero no. Yo no daba la talla. Nunca tendría bastante fuerza. Nunca aprendería a colocar la columna vertebral. Nunca podría hacer mía esa tan suya capacidad de dar el corte justo al mismo tiempo que practicaba el arte de la seducción, que de eso trata todo. Recién pensaba en eso, no vas a creerlo, pero di con la clave del prestador de servicios. Un amigo que en los años duros tuvo que ganarse el pan trabajando de taxista me cuenta de una curandera en un arrabal de mi ciudad. La vieja, casi todos los benditos días, hacía el mismo pedido: siete uvasales, dos tiras de pan. Algunas veces pedía el diario, no siempre el mismo. A veces Chubut, a veces Jornada. Yo, algo alarmado, le preguntaba lo que cualquiera: ¿siete uvasales? ¿Vos no te lo preguntás? Andá a saber, a mí se me ocurre que siete sería su media de clientes diarios. Es que te hablo de un barrio muy populoso y el uvasal, para ellos, es un producto sofisticado. ¿O acaso vos irías a ver una curandera? Te duele la panza, ponele. Comiste la mollejita, repetiste y así hasta que no te entró más. Te querés acordar y estás al borde de explotar. Ahí vas a la curandera. Imaginate su casa queda cerca de la tuya, que sos del barrio. Golpeás las manos medio de lejos y nadie sale a atenderte. Sabés que está, la cortina corrida la manda presa, pero vos no sos tan baqueano como para abrir el cerrojo y mandarte sin más entre los perros, gallinas. No sabés cómo pueda reaccionar el caballo. Tenés miedo de pisar la mierda que tapiza el patio. ¿No creés que la mierda debería ser toda igual? Bueno, cuando conviven muchos animales diferentes, la mierda se vuelve algo irreconocible. O sea: sospechás que todo es mierda, pero no puede ser cierto. No debería. Alguien sale, pregunta qué querés, te hace pasar. No tenés ojos para todo lo que hay en un cuarto tan pequeño. Se sientan, la vieja y vos, a los lados de la mesa. En el medio hay un vaso con agua, ella manduca una oración de la cual no entendés ni pío, agita un sobre y flash: el vaso con agua es toda una efervescencia pugnando por salir. Tomate esto, dice ella, y vos, perdido por perdido, lo tomás. Perfecto, dice ella, diez pesos, pero vas a tu casa, un tecito, una aspirina y a la cama. Insolado, eso es lo que estás, y por ahí es mayo y hace tres semanas o cuatro que el sol es puro cuento. Así es el embauque. Vos pensarás que así puede ganarse el peso una curandera de arrabal, pero no, así la hacen los bancos. Así la hacen los seguros. Ya vas a crecer, Matías, y vas a tener tu auto y a contratarle un seguro. Nunca vas a saber el precio exacto que te están cobrando ni qué es lo que cubren. El día que los necesites te vas a dar cuenta que eso que acaba de pasarte encuadra en el acápite 67 de las cláusulas particulares y ellos no van a encargarse de nada. Lo mismo que los dientes. Esa vez la dentista firmó en el certificado que mi salud buco-dental era regular. Imaginate cómo estaba yo: al borde de perder a mis amigos de toda la vida, en cualquier momento iba a conseguirme una noviecita y no podía decirle, con qué jeta, decime vos, te besaré, amada mía, con los labios de esta boca, aunque su salud sea regular. Lo de regular hay que tomarlo como un eufemismo. Si vos le preguntás a alguien cómo anda y te responde regular, es que en realidad está pésimamente. O sea: mi dentadura era pésima. El resto de la boca no está tan mal. Tengo el paladar un poco lastimado, lo admito, pero mi lengua es hermosa y mis labios no son ni muy finos ni muy gruesos. Cuando supe que entre los papeles que tenía que presentar para inscribirme estaba el bendito certificado supe que las cosas no andarían bien. Unos pocos años antes, esta misma dentista, con el pretexto de una muela cariada, me había extraído dos: la cariada, claro, y otra, su vecina, por equivocación. Tendrías que haber visto su gesto: oia, vas a tener que disculparme, me dijo. Y me lo dijo como quien pisa accidentalmente a otro. Como si pudiera volver a crecer una muela en el lugar de la muela sana faltante. Ella misma fue quien lo hizo, pero se habría olvidado. Cuando se lo conté a mi padre, él me dijo que la gente anda con muchas cosas en la cabeza. No sé, podrá ser que sea, pero ciertamente yo no tenía muchas cosas en la cabeza pero sí un par de dientes menos en mi boca. En ese momento no me importo demasiado. Al principio la encía es muy delicada, parece a punto de romperse. Después se curte y chau, a otra cosa, le das a la milanga como cualquiera de los mortales. Bah, como cualquiera no. Es de risa, yo me junto a comer con mis amigos, un asado ponele, o salimos por ahí, y siempre soy el último en terminar de comer. Como despacio, muchachos, me canso de repetirles y ellos dale que te dale: ¡apaguénle la luz! ¡Como a los pollos! Es una barbaridad. Te digo que hay cierto placer en tomarse las cosas con otra velocidad. Por lo que fuese, yo disfruto de cada bocado, lo paladeo. La vida misma uno debería tomársela así, creo, pero quedo fuera de lugar. Ellos se ríen de mí. Si estamos en un sitio público, no falta el que se da a vuelta a mirar. Y eso desde hace años. Es increíble, te decía que la encía se curte, la piel también, pero el rubor sigue estando. Sigo siendo un muchacho de rubor fácil, lo que me pone muchas veces ante un precipicio. Conozco a una chica, me acerca la boca para el beso y yo tengo que pensármelo dos veces. Es como ser corto de vista: ves la pileta, te imaginás que hay agua, pero querés asegurarte, tomás otros recaudos. Necesitás un cúmulo de información adicional. Queda la timidez como excusa. Soy corto de carácter. Los que me conocen me quieren; el resto me desprecia. Me temo que no haya remedio para eso. No me quieren porque sólo pueden ver el escudo. Un escudo nunca es simpático. Ni los que sirven para atajar espadazos ni los que identifican a las reparticiones públicas. Minga gorro frigio. Los dientes son nuestro escudo, la nave insignia. ¿Vos te das cuenta, Mati? Dentro de quinientos años, ponele, no habrá vida humana en la tierra. El peronismo, la bomba atómica, la falta de agua, lo que sea. Los pocos que quedaron se fueron a vivir a otra parte. En quinientos años, seguro que el hombre habrá encontrado otra casa. En ese momento sólo quedaron los dientes de esto que somos ahora. Mirá los míos, son pocos, se ven amarillentos por los años de tabaco, desparejos porque fui un pibe rebelde que se la pasó con la mano en la boca, débiles porque me cansé de comer porquerías. Mis dientes no van a llegar a ese momento. Mi extinción es tan cierta como los pocos dientes que me quedan. Una piba me lo dijo alguna vez: arreglate esos dientes de una vez, sólo los pobres tienen dientes feos. No le hice caso, aunque cada tanto la recuerdo. No le hice caso porque no tengo ganas de perdurar. Quiero que cuando todo acabe, acabe para siempre. No quiero revanchas, no quiero recuerdos. Mejor que eso es desaparecer por completo. Si no hemos sido capaces de escribir nuestro poema, mejor no haber existido. Por eso envidio tus dientes, che. En quinientos años van a mirar a la tierra desde la luna. Los ricachones comprarán balcones con buena vista. A la gente siempre le han gustado las ruinas, los restos de la destrucción. ¿No te parece de mal gusto? Es como llegar tarde a la fiesta y ver los ceniceros llenos, las copas rotas, los cadáveres y tomar del pico el culo caliente de lo que quedó en las botellas de vino, como si de eso uno pudiera hacerse una idea de lo que esos otros han sentido. No, no es posible. Pero tus dientes van a quedar como una sonrisa sin cuerpo. Por los años de los años.

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1 comentario en “Al viejo Matías”

  1. yo renuncie a mis dientes siete años atras y por ello mejor o pepr no me siento pues cuando naci sin dientes encontraba me es cuestion de estilo falta solo para dar un bezo pero para aspirar una femina ni les cuento locas ellas se vuelven nada lastima su untimidad
    a pues como tata nos izo aceptarlo debemos y si las güainas lo prefieren a CAGAR los DENTISTAS

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