Intemperie/15

Es inútil. Donde dice poesía pudo decir cualquier otra cosa y lo mismo era un dislate, pero precisamente la palabra poesía está lo bastante trajinada como para que uno piense en, por decir alguna cosa, las oscuras golondrinas de Gustavo Adolfo, un pornosoneto de Mairal, la estudiada saturación de las más de las médulas, las noches unánimes, Mastronardi, Fabián, Mara, buena parte del evangelio de Juan, el cantar de los cantares, las composiciones bravuconas que me salía cuando apenas tenía dieciséis y siempre cayeron en saco roto, y no, yo quería decir otra cosa, no digo una cosa importante, ni siquiera una cosa trivial que a pesar de sí pueda resultar definitiva; sólo pretendía graficar un estado de ánimo, que posiblemente se erija sobre los fortachones pilotes de uno y más prejuicios.
Anoche me acordaba de Fogwill.
El viejo me cae bastante poco en gracia pero de vez en cuando pega cosas atinadas. Yo lo admiro por esas cosas. Contaba alguna vez -creo que era Fogwill pero ahora me asalta la duda- que en la vida real se da una práctica que a él lo saca de las casillas, lo mismo que a cualquiera, mucho me temo. O sea: donde digo dice Fogwill podría decir que me cito de memoria y mal.
En cualquier reunión, bajo cualquier pretexto, poco importa el grado de cercanía que tenga con uno, siempre hay un sujeto que se desprende del resto y, ya lo imaginan, cara de batir la justa, escuchás esta y te caés de culo, le faltaría nada más llevarse el revés de una mano al costado de la boca, como quien quiere poner a resguardo un tesoro verbal: tengo una historia genial para vos. Y por mucho que se esmere, a lo mejor por haber entrado a una tierra a la que nadie lo convocó, el tipo derrapa hasta el tedio. Nunca hay buenas historias en esos arrebatos. En el mejor de los casos el escriba encuentra una gema, algo sobre lo que trabajar en algún futuro, cuando le encuentre (fabrique) un hábitat propicio.
Me apresuro a decir, siempre con Fogwill: la clave es la forma, la forma lo es todo.
Sigo citando mal y esta vez a Bataille. Tal vez fue él quien dijo que uno debería escuchar cada historia como si fuese la primera vez que la hiciera pero, y sobre todas las cosas, contar cada historia como la hubiese contado siempre, pulida, dosificada en los nudos y lubricada en los nexos. Oír las historias como si uno fuese un niño; contar las historias como si uno fuera un viejo.
¿Y entonces?
Hace poco, a propósito de mi viaje, visité la biblioteca de una amiga, que es casi decir esa recámara que todos preferimos conservar en la intimidad hasta que se da la ocasión de compartir esa intimidad. Pues bien: es maravilloso darse la nariz contra decenas de libros vírgenes de uno mismo, codearse con un puñado de autores con los que no se tiene trato cotidiano. Allí estaba El lago, la novelita de Paola Kaufmann que premió Planeta en 2005. La abrí con reservas, como quien curiosea por el tragaluz del baño de una vecina con la secreta esperanza de… Y sí: unos expedicionarios buscan un monstruo en un lago patagónico. Y no: no me gustan los monstruos, estoy un poco cansado de la patagonia, pero conozco bastante bien la geografía en la que estaba situada la novela, de manera que eso que tuvo mis manos aferradas al libro debió ser un encantamiento.
Al día siguiente charlábamos con mi amiga sobre libros y escritores, sobre modos, obras, compromisos, en fin, sobre gustos. En determinado momento me irritó la mención de determinado autor, a mi juicio sobrevalorado, y no resistí la tentación de tomar el libro de Paola y leer en voz alta un párrafo al azar. ¿Sentís el racatam, racatam?, le pregunté, eso está todo el tiempo, es una historia trivial contada con divina majestad.
Anoche, después de pensar en Fogwill, volví al librito que me tiene ocupado, La república de los sabios, de Arno Schmidt, otro atajo para llegar a idéntico abismo.
No voy a contar el argumento, eso roza lo imposible. Apenas quería compartir el desconcierto que sentí cuando abrí. De movida nomás uno se encuentra con una advertencia:

Traducción al alemán del texto norteamericano de Charles Henry Winer —según Licencia Interworld número 46—, de acuerdo con la Ley Interworld número 187, del 4 de abril de 1996 “sobre escritos peligrosos”, cuyo párrafo 11 A considera la posibilidad de conciliar la razón de estado con las presuntas exigencias de la literatura, al permitir la publicación de libelos políticos o de otra naturaleza subversiva, con la condición de que hayan sido traducidos a una lengua muerta.

¿Año 96? No tenía noticia de la existencia de esa legislación. Por supuesto, estaba siendo objeto de un hermoso timo.
Más adelante hay un prefacio del traductor, fechado en Chubut, el 24/12/2008, por Chr. M. Stadion.
¡PLOP!
La forma lo es todo. Ya no me importaba de qué tratase la historia. El daño ya estaba consumado. Lo digo así y eso autoriza a pensar que no estoy en mis cabales. Les doy la derecha. Piensen lo que mejor prefieran. A lo mejor un día pueda decir en medio de alguna de mis historias: “no podíamos besarnos, pero al menos podíamos besar el aire que estaba entre nosotros”.
Pasando en limpio: donde dije poesía tal vez quise decir prosodia.

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3 comentarios en “Intemperie/15”

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