Intemperie/13

Cuando el fresco llegó al cerro y al cabo de un desafío truquero que acabó en una dignísima derrota de quien suscribe, bajamos al pueblo. Teníamos un compromiso con la radio, una nota que de tan cálida se hizo breve. Antes de nosotros habló un escritor que el pudor me impide nombrar. Yo creo que era la viva imagen de Roberto Gómez Bolaños, pero el quía no estuvo de acuerdo con la compareta. El caso es que el tipo, a propósito de la comisión de novelas policiales, denostó la calidad de los delincuentes argentinos.

Uno, inocente escucha del magno despropósito, con la impunidad que dan la distancia y el anonimato, procede a preguntarse si el país no es digno de mejores delincuentes. De políticos, evidentemente no; ¿pero por qué no delincuentes de calidad Premium?

Podrían agremiarse y realizar aportes a la previsión social, cumplir un horario. Basta ya de trabajo nocturno.

Podrían vestir un uniforme que los identifique. A nadie le gusta que, por caso, un empleado público lo maltrate. Entonces, ¿por qué un empleado público puede decir “disculpe, señorita, estoy trabajando” y seguir en los suyo y un chorro no? Si uno pudiera identificarlos a simple vista, no opondría resistencia y cuánta malasangre nos ahorraríamos.

Podrían pagar sus impuestos como manda dios y la afip; sólo el altísimo sabe cuánto se pierde de recaudar la bajísima cuando deja de gravar a la economía en negro. Basta ya de deuda pública tomada a precio vil.

Podrían fundar academias y apelar a la virtud de eminencias extranjeras. No hay peor cosa que un chorro choto, que se abatata y gatilla. No hay peor cosa que un caco sin códigos: ¿qué es eso de robarle a los pobres y a los viejos? ¿qué es eso afanar la ropa colgada en el tendedero? Un delincuente de ley no mata, no viola, no roba los bienes del estado.

Podrían organizarse de modo tal que ningún barrio carezca de los ladrones que a otro le sobran. La policía pierde tiempo y energías liberando zonas, haciendo la vista gorda, y todo a cambio de un canon. El estado todo debe meterse en la cabeza -aunque sea a golpes de martillo- la siguiente regla: nullum tributum sine lege. ¿OK?

Podría crearse un fondo de ayuda a la familia del chorro en cana y otro que proteja a los deudos de los caídos en cumplimiento del deber. Si todos somos iguales ante la ley, el hijo de un chorro debe tener los mismos deberes y derechos que cualquier otro. Todo hijo tiene el derecho y el deber moral de superar a sus padres. Cuánto menos se gastaría en psicólogos si todos estuviésemos advertidos de esa realidad. Pero en no pocas ocasiones la falta del jefe de familia altera los roles y quebranta las expectativas. ¿Cuánto falta para que un diputado diga: yo me hice desde abajo, a mí no me la cuentan. Papá era chorro, él me dio un nombre, una carrera. Nunca voy a olvidar de donde vengo.

Podrían existir hospitales de jurisdicción exclusiva, especializados en patologías vinculadas al quehacer del chorro, del caco, del punga. Los hospitales gastan cada vez más en seguridad y todo porque la gente tiene miedo de atenderse en los mismos lugares que los muchachos amigos de lo ajeno. Si cada uno tuviera su espacio todos tendríamos un poco menos de miedo cada vez que el dentista nos dijera: a ver, abra la boca. Si le duele, levante la mano.

La comunidad debería tomar conciencia: el delincuente es un trabajador como cualquier otro.

Escuchamos con atención lo que el tipo decía, aunque no era muy interesante. Ya fuera del aire, en el intermedio musical, no pude conmigo y le dije: maestro (¿por qué a los escritores mediocres se les infla el pecho cuando uno les dice “maestro” y a los taxistas no?), ¿sabía Ud. eso que cuentan de la Garza Sosa? Y paso a contarle: alguna vez, cuando se lo llevaban detenido, este muchacho aprovechó los micrófonos que la prensa le ofrecía y dijo: “nosotros pagamos el precio de no haber estudiado, si no ahora estaríamos robando en el gobierno”. Chespirito se sonrío. No me consta, dijo, pero tampoco me asombro: ese tipo es un intelectual.

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