Intemperie/9

No estés triste por cosas tontas, me dice ella. Tonta, pienso, pero no se lo digo, cada uno sabe qué cosas tiene por tontas. A veces se arrepiente, a veces es más tonto de lo que debería, pero cada quien merece para sí la soberanía de separar las cosas tontas de las no. En cambio sobre la tristeza no hay decisión posible. Llega, no ha pedido permiso y ya está desempacando. Trae maletas grandes, pero guay que no las traiga vacías, o rellenas con papel de diario. Pero yo no estoy triste por cosas tontas, simplemente me vengo triste porque soy un tonto. Me vengo, me cierro. Como un animal amenazado se me erizan los pelos de la nuca . Y no hay muchas manos como las de ella, suaves de nunca haber lavado un plato, me dice pero yo no le creo, sabias, pienso pero no se lo digo, de haber andado a tientas mil caminos, sabias por el arte que demuestran puestas a deshacer el nudo. El animal amenazado es ahora una pieza líquida. Puede tomar la forma que ella quiera. La forma, incluso, y esto es grave, la forma que quiera él. Es tan simple que da miedo. Porque él quisiera ser una piola que le ciña el talle contra sí, una piola de nudo duradero, pero no. Es triste: ella tiene la magia que dehace todos los nudos.

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