Intemperie/2

Dada mi proverbial timidez, preparé un pequeño escrito para leer en La Rioja.
Finalmente, de común acuerdo con mis contertulios, preferimos hacer algo descontracturado: bajamos de la tarima preparada al efecto y nos sentamos casi entre la gente, lo que facilitó una cálida conversación con el público. Lo que sigue es el texto escrito -a los apurones y en tinta de vino beaujoulais- y finalmente -¡y felizmente!- no leído en aquélla ocasión
.

De día y vestido de civil me llamo Jorge Mayer y le vendo una buena parte de mi tiempo a una repartición estatal.

A ella, como a casi todas las cosas, le llegaron vientos de cambio y así, de buenas a primeras, fue que el museo de la burocracia recibió una nueva vieja pieza, un armatoste pesado, frío, radicalmente feo: el reloj de control asistencial y con él también las tarjetas de cartón amarillo en las que cada número de legajo significaba una reputación, a cada día del mes correspondía un renglón y el premio a la puntualidad –tanto como a su falta– era un certero chicotazo, que en algo remedaba a la música de las viejas máquinas de escribir. Atrás quedaron esos tiempos. Ya no es día de fiesta el día que le sigue a una noche de corte de luz. Sólo en esos días la puntualidad y la asistencia eran perfectas.

Pero a rey muerto, rey puesto. Seamos todos bienvenidos a la era de la electrónica. El flamante aparato, en vez de las viejas tarjetas de cartón amarillo, se tutea con otras tarjetas. Estas son magnéticas, personales, intransferibles. Sin embargo, por mucho que se digan personales e intransferibles, nunca falta el empleado despistado y la tarjeta rebelde que escoge quedarse en el bolsillo del saco que hoy no trajimos. Entonces es que volvemos a la edad de piedra. El empleado despistado se asoma a la oficina de personal y fingiendo algún rubor dice: Monica, me olvidé la tarjeta, y problema solucionado. Eso, por no hablar de esos otros agentes poco amigos del orden que se dan el lujo de vivir en esta vida más de una vida y bajo ese pretexto o alguno incluso peor le fichan a medio mundo. Aunque dicho por mí tal vez suene a envidia.

Poco duró la era de las tarjetas magnéticas.

La solución definitiva me trajo alguna zozobra.

Un día cualquiera un buen señor muy prolijamente vestido me arrancó de los asuntos que me ocupaban. ¿Señor? ¿Su nombre? Mayer, dije. ¿Sería tan amable de acompañarme? No sé si soy tan amable pero lo acompañé. El miedo tiene esos alardes de grandeza y por mi parte le hago el juego. Ante la mera sospecha de su presencia, como un reflejo, se me aflauta la voz y comienzo a temblar.

No era lo que yo pensaba, pero tampoco me quedé tranquilo. El señor me convocaba para el sencillo trámite de que la nueva máquina tome conocimiento de mis huellas dactilares. No será el famoso pianito de las comisarías, pero les miento si no digo que por un segundo me sentí desilusionado. Quería saber en carne propia qué se siente cuando le dicen a uno que tiene derecho a permanecer en silencio, pedir un abogado y realizar una llamada.

Sin embargo, allí comenzaron los problemas. Al otro día, pese a seguir a pie juntillas las instrucciones que había recibido: la falange íntegra, bien en el centro del escáner y con presión suave pero firme, el aparato no me reconocía. Y en esto la máquina guarda cierta lógica: si tomamos el reconocimiento de la huella dactilar, que es la cosa más usual del mundo, como si fuera una especie de autorización, de elogio, su medida debe ser austera. Ese pitido es leve. En cambio si el escáner no reconoce el dedo que le ofrecen, su reacción roza la violencia. El pitido logra incordiar. A mí, que paso a sentirme una bestia y al quedo borde de comportarme como tal y a la manada que hace fila detrás de mí y está que se sale de la vaina por fichar.

En fin, me resigno. Franqueo la puerta. Debería dirigirme a la oficina de personal. Ruborizarme. Decirles que algo hay que hacer con ese cachivache. Pero voy a mi escritorio. Para las estadísticas y para el departamento Sueldos hoy no vine. Para un tipo que no tiene muchas más virtudes que la puntualidad, esto es una afrenta. Mi reputación hecha pedazos. Si todos pueden pasar sin mayor dificultad el problema debe ser mío. O más que mío, de mi dedo. Entonces empiezo a comprender.

No me moví de mi escritorio. Esperé a que vinieran a pedirme explicaciones. El problema es mi dedo, le digo al técnico. A ver, permitime, dice y me toma la mano como si quisiera adivinarme el futuro. Tenés unos dedos hermosos, dice, y yo estoy algo fastidiado como para pensar en esos detalles. Como piropo es extravagante. Pero como para salir del pantano vuelve a preguntarme ¿hacés o hiciste algún trabajo manual?

Yo soy contable. Por alguna razón la mayoría de la gente piensa que lo que nosotros hacemos no es trabajo y mucho menos es trabajo manual, pero allá ellos. Escribo, le dije y el tipo frunció el ceño. Fue casi el mismo gesto que me hizo el oculista cuando trataba de explicarle las razones por las que mi vista flaquea.

Escribo, sí, desde hace muchos años. Al principio en el lado marrón de las cajas de leche, a falta de mejor papel. Después en los cuadernos de la escuela, lo que horrorizaba a mis maestras. Y sigo haciéndolo, a mano, en computadora, a veces solamente en el pensamiento. Pero creo que todos esos años de tomar con demasiado ímpetu la lapicera me han acarreado un creciente callo en el dedo pulgar. Y estoy orgulloso de él, a pesar de que haga pasar estos papelones ante el reloj de control de personal.

Aquella vez la charla se fue de madre, pero si el técnico hubiera ahondado un poco más se habría enterado de tres o cuatro cosas que yo pienso sobre la escritura, los blogs y la literatura, que es lo nos convoca a este encuentro.

Escribo, sí, pero no tengo ningún libro publicado. Es que de noche y vestido malamente no tengo nombre, pero sí la necesidad de escribir. Tengo para con la escritura una relación de amo y esclavo. La única paga que recibo es la esperanza de algún día dejar de hacerlo.

Si alguna vez abrí un blog fue porque me resultó extremadamente sencillo. Incluso hace 5 años, como es mi caso, abrir un blog era más fácil que abrir una cuenta de correo electrónico. No conocía a nadie que lo tuviera, pero fue ver alguno y tentarme. Quise uno para mí. Con el blog pude quitarme de encima a los amigos que me incordiaban preguntándome cuándo iban a poder leer eso que yo escribía.

Hoy no sé por qué lo tengo. Supongo que hay mucho de vanidad en ese comportamiento. Pero mentiría si no dijera que el blog me ha ayudado a escribir un poco mejor. Si mis papeles adolescentes se han tornado ilegibles por los avatares de mi caligrafía, puedo decir que mi niñez en el blog también es ilegible porque aprendí a convivir con la presencia eventual de alguien que lee. El respeto por la mera posibilidad de que haya alguien del otro lado no tiene precio.

Hace unos años, a propósito de una mesa redonda en el centro cultural Ricardo Rojas, empecé a escribir una ponencia sobre este asunto. Pero suelo faltar a mis compromisos, de manera que nunca la terminé. Iba a llamarse Poluciones diurnas. Yo estaba encantadísimo con ese título.

Quizá yo mismo haya oído a dos viejas conversar una mañana sobre el hijo que amaneció mojado: Qué me cuenta, doña Carmen. Y… los chicos crecen. La pregunta que se hacía el niño que oía esta charla es: y si crecen, ¿por qué es que mojan la cama?

Algo así pasa con los blogs de gente como yo, que no tiene otro contacto con su público. La escritura, que es algo privado, casi masturbatorio, se revela a los ojos de otros a plena luz del día. Y en efecto: uno empieza a codearse con sus propias limitaciones.

Al mismo tiempo aprendí a formar parte de la comunidad. Ese detalle me parece relevante. Los blogs tienden a moverse en manada. Más temprano que tarde surgen afinidades y con ellas la conversación. No digo que suceda necesariamente pero gran parte del atractivo del blog radica en el espacio que se le otorga a la conversación. Muchas de las más jugosas discusiones de los últimos tiempos (sobre letras en general, pero también sobre política, sobre cultura, incluso sobre deportes, cine, o lo que a uno se le ocurra) han germinado en los blogs.

De todos modos tengo que decirles que siento que blogs y literatura son fenómenos distantes. Nadie se alarme: los blogs no son la salvación ni la perdición de la literatura. Lo máximo que puede existir entre ellos es un roce, un flirteo. Y esto no lo digo por pensar que, así como un blog está al alcance de cualquiera, la literatura es una palabra enorme, de esas que reclaman para sí ser escritas con mayúsculas como dios, estado, cultura; para mí no hay palabras grandes ni pequeñas, pero sí creo que la literatura es algo que sólo ocurre en los dominios del lector y por lo tanto me es ajena en tanto autor. Lo que sé, lo sé en mi condición de lector.

Podría nombrar a Bolaño, por ejemplo y confesarles la comisión de un delito. Alguien subió a internet Los detectives salvajes, lo que no debería hacerse si tuviéramos el respeto que la ley exige por los derechos de autor. Yo la bajé y la leí. Soy partícipe necesario de ese delito. Fueron cinco tardes ante un monitor en que el blanco se parece al verde y en su transcurso no pude ser más feliz. Y cuando terminé esa novela que merece no terminar nunca me sentí al borde de la locura. Con ganas de llorar y los ojos secos, rojos de irritación. En ese momento pensé en los herederos de Bolaño: en Carolina López, Alexandra y Lautaro y me di cuenta que el diez por ciento del precio de tapa que yo hubiese pagado por el libro, que no sé si son siete, ocho o doce pesos, era bien poca paga para una sensación semejante. Debí llamar a la puerta de ellos para ofrecerles la mitad de lo poco que tengo. La literatura es esa combustión, es una reacción en cadena capaz de sacudir las entrañas, con rabia, con tristeza, con perplejidad, con deseo sexual, con todo eso junto al mismo tiempo. No Bolaño en sí ni los libros póstumos que Herralde tenga planeado publicar.

Pero en vez de Bolaño también podría mencionar a un tipejo sin nombre, si es que me permiten la anécdota.

En un blog que ya he olvidado por completo, alguna vez leí que su autor gastaba un par de párrafos debatiendo consigo mismo entre los pro y los contra de publicar un texto que había encontrado en una computadora de locutorio. Una carta. ¿Acaso no está penada por la ley la violación de correspondencia? ¿Es privado el documento que la negligencia de su dueño deja al alcance de cualquiera? Por supuesto, la carta fue publicada y con justa causa. Un muchacho provinciano le contaba a otro su experiencia en Buenos Aires. Era la cadena de peripecias de un buscavidas. Había abandonado un trabajo como ayudante de cocina en un restaurante porque no soportaba la explotación a la que lo sometían. Sin embargo, en la carta lucía exultante. Trabajaba en una pizzería de moda. Le habían prometido el oro y el moro, aunque por ahora sólo cobraba lo que ganaba en propinas. Me conmovió. La verdad contenida en esas palabras era un dique roto que barría con todo: los adornos retóricos, las licenciadas gramaticales, la ortografía. Nada de eso, ya ven. Ni el nombre de su autor.

Esa conmoción es para mí la literatura.

Entonces si me preguntan por la relación entre blogs y literatura, yo diré que sé que hay blogs de escritores, blogs sobre literatura y aledaños, pero la literatura desnuda escasea. Esto lo digo no porque adhiera a los que piensan que la herramienta, la facilidad con que se pone en modesto estado público lo que cualquiera escribe, se presta a lo efímero, a lo banal. Después de todo, si hablásemos de libros, si se pudiera hablar de libros, si ese plural significara algo, ¿estaríamos inoculados contra lo efímero, contra lo banal? Yo no creo que no, del mismo modo en que creo que la puerta que abre el blog en cuanto herramienta es una oportunidad para que la literatura desnuda siga ocurriendo. Y eso merece celebrarse.

Muchas gracias.

Anuncios

3 comentarios en “Intemperie/2”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s