La última vez

Sensación rara, la de entrar al bulín de la calle Acevedo y verlo tan acogedor como siempre incluso a pesar de un frío de los mil demonios. Alguien durmió aquí anoche y esta noche dormiré yo. Dormiré. Llegado el caso, intentaré conciliar el sueño. Me da un poco de miedo tomar aviones. Me da miedo llegar y que la niebla sea tan espesa. Tan espesa como la nube de ceniza ayer mismo no dejaba ver las sierras de mi pueblo desde la ruta. Un segundo y zas, ya no hay más pueblo. Y después la noche, una película de las malas. Siempre así. La vida en los colectivos siempre es así. Ves a las azafatas, que esta vez, y sólo por esta vez, son dos, y te das cuenta. La nueva, la pupila, lleva unos tacos tan delicados que da la sensación de que en cualquier momento se viene al piso y un pasajero, dos, incluso yo, dejaremos nuestra mullida butaca para socorrerla. La otra no. Avanza con paso seguro, aunque de vez en cuando se le caigan las mantas, las almohadas. Sus tacones son lo bastante gruesos como para sostener sus pasos en firme y su nariz tan fina, tan larga, que todo se echa a perder. Creo que ya no volveré a tomar este colectivo. Demasiados viajes y ninguna azafata que merezca la pena el esfuerzo de comportarse como el que no soy. Incluso aquella, la del delantalito con bolsillo, que daba la sensación de ser un canguro, que en vez de cría llevaba una botella de Blenders y lo bien que le sentaba al pasaje. Anoche no había ninguna así. Desprecié el escocés. Lo mío es el bourbon. El escocés tiene olor a pis. Las azafatas lucen mal. Entrada la noche el viaje es penoso. La noche ocurre a las seis de la tarde. En los televisores una comedia destila los mismos viejos chistes que a mí padre nunca han hecho reír. Hay una pareja con un bebé. Hay una pareja de ancianos. Pero lo que más me llama la atención es la paz del bebé. Sobre todo si la considero en relación al comportamiento del ejemplar macho de la pareja de ancianos. Es una cagada llegar a viejo. Es una cagada haber sido hombre y volverse viejo. Porque volverse viejo es ser de nuevo un chico, sólo que ya no hay chances de redención. El tipo se queja por todo. No le han dejado subir el equipaje de mano. Por lo visto le ha hecho una escena a los choferes. De eso me enteraré después, cuando una de las azafatas diga que no hay necesidad de insultar a nadie. Que no es bueno poner nerviosos a los choferes. Que a nadie se le ocurriría hacer eso ni siquiera dentro de una familia. Porque todos queremos llegar. Y todos tenemos familia. Estoy cansado de oír esa frase. Todos tendremos familia, pero a lo mejor tenemos deseos de llegar porque hay mejores obligaciones que atender. Además, suena mafioso. Antes le oí al tipo algunas murmuraciones. En otras empresas permiten llevar más equipaje de mano. Tengo ganas de preguntarle por qué no viaja en alguna otra empresa. Como si me hubiese oído, dice: porque hay muchas empresas que hacen el recorrido. Además, ¿por qué no dan factura?. Si me sale el contable que llevo dentro, lo acomodo. Pero él es un chico y me hago a la idea de que no va a crecer por largas veinte horas que dure el viaje. La culpa es de su esposa. Ella lo apaña. Si por lo menos informarán en la factura que no permiten mucho equipaje de mano. Van a tener que hacerlo, dice él. Y a continuación dan paso a otra deliberación. Los posibles bolsos de mano que podrían haber venido y se han quedado en caso. Evalúan volúmenes y maniobrabilidades. No salgo de mi asombro. Debo ser un tipo muy corto. Yo no puedo hablar más que medio minuto sobre mi equipaje. Eso es lo que tardo en localizar mi valija en la bodega. Siempre es igual. Podría mejorar mi marca, creo. Debería hacerlo. Pero no me sobra el dinero para comprarme una valija que sea más fácilmente identificable. Se me ocurre que un color naranja daría bien. Los maleteros que me conocen sabrían que con la naranja no se jode. No lleva nada de valor. Es más: la mitad o más de la mitad de las cosas que debió levantar el loco de la valija naranja no las ha levantado. Se va a dar cuenta dentro de un par de días. Siempre es así. Busco el Parque Centenario y me extravío prolijamente. Hay cosas que nunca cambiarán. Lo que pude hacer en media hora me insume casi hora y cuarto. Una chica de ojos azules me da las llaves y me cuenta las peripecias por las que anduvo esa llave que ahora tengo en el bolsillo de mi gabán. Nos damos tres besos. Me sonrío. Siempre nos saludamos en exceso. Maldigo las calles vecinas al parque. Así no hay modo de orientarse, hasta que doy con Camargo y me alegro. Es una calle solitaria. Tal vez sea buen lugar para vivir. No me recibe el encargado. El viejo Luis últimamente andaba medio achacoso. Me preguntaría por mi amigo, el que hace rato que no anda por acá. Yo le hubiese dicho que hay buenas noticias, pero que mejor las diga él. Quién sabe si las buenas noticias de unos no son las malas de otro. El mensajero nunca gana para sustos. Pero él no estaba ahí, en su silla, tan parecido a tantos viejos de pueblo, de esos que salen en camiseta con un par de sillas a la vereda para tomarse un mate con la fresca. Casi lo escucho. Cuánto hace que no viene a visitarnos, amigo. Sí, hubiese dicho yo, pero me guardaría de decirle que esta es la última vez. Es que el frío de los mil demonios del bulín de la calle Acevedo tiene por causa una ventana abierta en pleno invierno. Al nuevo inquilino no le gustaría que haya el menor rastro del anterior.

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5 comentarios en “La última vez”

  1. Esos trayectos de valijas, maletones, seres extraños y ordinarios, destellos, bebés profundamente dormidos, se tornan partes medulares de la vida, así sin más y entonces llega el deseo de evocarlas. Como lo has escrito, sin monotonía, pero mostrando lo monótono, lo especial, los instantes.

    Salute.

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