ctrl + v

Debo haber apretado ctrl + v porque acaba de aparecer en la pantalla un texto que no me pertenece. Me tienta publicarlo y que la publicación le cause daño a alguien. Ya lo saben. A veces uno se acuesta y de tanto mirar el techo le ocurre pensar que está triste cuando no lo está. Es sólo el mismo frío de siempre que ha regresado después de unas merecidas vacaciones. Hoy que es lunes tiene un poco de modorra, saudade de las pampas que anduvo asolando estos meses, pero mañana se mostrará en la mejor de las formas que tiene para mostrar. Y la tristeza dispara la cabeza a distritos ajenos a la inocencia. Hoy hay que joderle la vida a alguien. Además, el artículo es bueno. Me pregunto si será del todo original. ¿Lo mandaré a España? En una de esas cruza el Atlántico una suculenta remesa de euros que le dé vitalidad a mi anoréxica cuenta bancaria. Pero no, ya nadie le saca un mango al vicio de escribir. Además, qué sentido tendría. Bueno, pensándolo bien, en una de esas podría comprarme zapatos. Ayer anduve paseando, mirando las vidrieras sin querer mirarlas mucho, porque yo soy de esa clase de personas que miran mucho un objeto y de inmediato comienzan a desearlo y a poco de desearlo sobrevienen las locuras. Hubo un tiempo de mi vida en que llegué a usar bermudas cuadrillé con tal de ganarme el favor de una señorita de muy buena presencia. Tambien aquella vez fallé en el intento pero me hubieran visto en mi bermuda. Las calles de Trelew no han conocido una más fea. Pero no, no suelo tomar lo que no me pertenece. Pero esto que viene a mí sin que lo llame, esto que no es el buen amor aunque bien podría serlo, ¿en verdad no me pertenece? No es un llamado de atención del altísimo que me dice: che, tomá, esto es para tu blog, la gente te extraña, yo un poco menos pero también. Es una charla imaginaria, claro, porque yo le espetaría que por qué cuernos no me paga lo que merezco. No te pago lo que merecés, cabrón, porque si lo hiciera quedarías debiendo. Bueno, en un caso así lo entiendo, el argumento es irrefutable. La escritura roza la perfección. Si hasta parece mío en las frases enruladas que le copié a ese tipo del que ya nadie se acuerda. También le copié la forma en que dibujaba las zetas. Uno es un poco así, un collage de varios muchos otros mejores. El resultado es penoso. Supongo que lo es desde el momento en que también tomé algún rechazo de moralina propio de esos autores que uno suele frecuentar en la adolescencia. ¿Se imaginan? Cómo aprenderíamos a fabricar napalm si no es leyendo a Palahniuk. No leyendo a Gelman, obviamente. Y no es que Chuck sea lo bueno que dicen: escribe novelas autoreferenciales, en tono monocorde, efectistas, pero yo le estoy muy agradecido, y no sólo por el napalm, con lo que hubiese bastado para ganarse mi respeto, sino por confirmarnos que la literatura debe hacerse con escoria. Entonces, yo aburrido, yo en un cyber en el medio de la ciudad moribunda, durante una noche de frío en la que esperaba un correo que no ha llegado, yo que voy perdiendo el pelo y las ganas de escribir, yo que mañana madrugo, yo que no soy visitado por las musas desde hace varias semanas, yo me encuentro con este regalo inesperado. ¿Qué hago? Tal vez debería corregirlo. Desemprolijarlo. Mandarle un par de repeticiones innecesarias. Cortar un par de frases del medio y llevar una al principio y otra al final, como remate. O imprimirlo y esperar a leerlo de nuevo mañana, a ver qué se me ocurre. Quizá deba recomendarles a todo el ejercicio: cuando inicien una sesión en un cyber, hagan ctrl + v. Se abrirán puertas inesperadas. O no.

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