En mi nombre

Pero no fue ésa la primera vez que me reconocieron sino otra, bastante anterior. Después de todo, mi eventual lector, el de la parrilla, ni siquiera sabía mi nombre. En cambio, aquella ya lejana primera vez, estaba yo haciendo lo mío ante uno de los mingitorios de algunos de los antros del pueblo en los que la juventud se reúne a echar humo y a sudar, pero más que oír un nombre mío, más que la circunstancia de encontrarme yo con los ojos entrecerrados en las alturas, haciendo un breve repaso a los eventos de esa noche, más que eso me llamó la atención que el sujeto que me reconocía me llamaba por un nombre que nadie conoce. Me llamaba por mi nombre de guerra en el mundo de los blogs, lo que me dio un poco de vergüenza, otro tanto de asco, y me llenó de inquietud. No tengo buenas experiencias al respecto, así que se imaginan que no será aquí dónde las cuente. En ese caso, mejor que cuente la buena. La buena es que alguna vez alguien me dijo “voy a decirte fander”.

Si no fuera porque estaba ocupado en tan arduos menesteres, le hubiera tirado un golpe. Afortunadamente estaba ocupado, pensando. Pensando en alguna chica linda. Por aquellos días, y de esto hace mucho ya, no hacía más que pensar en una chica de nombre indefinido, a la que yo siempre designé como la morocha power. Eso, por oposición a otra, la auténtica morocha, que era una flaquita que había tomado por costumbre sentarse a mi lado en el colectivo de cada mañana con rumbo a la capital, gesto que yo agradecí al altísimo en grado sumo, porque el ancho de sus caderas sumado al mío daba una cifra bastante similar al ancho de los dos asientos reunidos y eso era buena cosa porque en verano, si así lo queríamos, no nos rozábamos, y en invierno podíamos enredarnos en la extraña promiscuidad que da el buscar calor, no importa lo ligero que éste sea, la tibieza que puede tocarle a dos que no se conocen, dos que no se hablan, dos que tienen por rutina viajar siempre juntos, bajarse en la misma parada, el uno prender un pucho, el segundo de la mañana, la otra quedarse mirando un punto en el vacío, tal vez la brasa viva de la punta del pucho cuando se hincha, quién lo sabe.

Pero al tiempo de venir juntos apareció la morocha power, que, desde luego, era lo mismo morenita, sólo que en vez de tener el pelo rizado como mi compañera, llevaba el pelo absolutamente liso, recogido, tirante. Se me hace que era invierno, porque siempre llevaba por abrigo una campera muy larga, entallada, que le remarcaba un culo que a mí se me antojaba de ensueño, pero al que nunca había podido ver. Debió ser largo ese invierno, porque yo no tardé en empezar a fastidiarme con mi compañera habitual, que no dejaba de sentarse a mi lado y con el abrigo de la morocha power, el que sólo a veces, cuando yo tenía la chance de mirarla de perfil, me otorgaba una visión grata de la vida, algo así como la esperanza de que un buen día del señor, aunque corra ya el mes de noviembre, venga a nosotros toda la pompa de la primavera.

La primavera llegó. Llegó tarde, claro, o puntual, qué importa, si de todos modos, esa difusa fauna constituida por todos los que iban en ese colectivo se mostraba reticente a los novísimos calores. Nadie dejaba sus abrigos, lo que redundaba en molestias que nadie le decía a nadie. Pasaron los días. Llegó el verano. La morocha de siempre desapareció y yo me quedé sin compañera, librado a la eventualidad de que me tocase viajar con alguna señora entrada en kilos, o con algún sujeto de esos que duerme, ronca, y se desparrama en la butaca como el agua cuando se vuelca.

Unas pocas veces me tocó viajar con la morocha power. Vista de cerca, llamaba la atención la tersura de la piel de su rostro. Eso más que ninguna otra cosa. Era de un color rotundo, usaba el pelo liso recogido, muy tirante, no carecía de gracia al caminar, pero lo que llamaba al asombro era esa perfecta suavidad en un gesto brusco. Nunca vi nada parecido.

Pero yo nunca tuve en mente esas disquisiciones hasta ahora. En realidad, todo este tiempo pensé en su culo, pero no desde un punto de vista morboso, sino más bien como un objeto diverso al deseo, un elemento individual del que me interesaba conocer todo detalle. Vamos: mis trabajos de entomólogo habían conocido peores cosas que analizar.

Así, llené un par de cuadernos tomando notas dispersas. Nunca pude reunirlas. Supongo que esa reunión apenas sería una colección, nada que una esos retazos más que la mano que escribe y el nombre de una piba sin nombre, a la que, a falta de mayores notas distintivas, bauticé la morocha power.

Por ejemplo: hoy fue de blanco. El blanco debería ser un color pohibido a las mujeres. Como era de esperar, el blanco fue un llamado a todas las miradas, pero no ha de confundirse –bajo ningún concepto– mayoría con verdad. Hay que desnudar esta mirada de todas las miradas anteriores. Hay que desmontar todo análisis previo. Hay que estarse a la sola evidencia que promueva el hecho objetivo: la morocha power lleva un pantalón blanco de estreno.

Ese día me sentí defraudado.

Ya me había sentido defraudado varias veces antes. Cuando venía de falda, por ejemplo. Es curioso y sólo por eso apunto el dato. La faldas en la morocha power operaban dos sensaciones en sentido contrario. La reacción química era favorable. Las faldas le ajustan tanto las asentaderas que uno puede, sin dificultad, leer el mensaje que con los dientes escribió su amante al cabo de la noche anterior. Pero eso no es de buen gusto.

Allí es cuando me pongo a pensar que un simple bluejeans tampoco le sienta demasiado bien. Soy culona, se jacta ella, y la muchachada del colectivo se mira de reojo porque tiene por certeza que los culos cuánto más grandes mejor. Pero hay una inocultable ruptura de la armonía.

Lo vengo pensando desde hace varias semanas. No hago otra cosa que pensar en eso. Lo pienso desde que no la veo. Y de esto ya van varias semanas. Quién sabe si no se hayan ido los meses. Me cuesta discernir magnitudes como esas. Pero también me ocurre pensar en la esfera de alcance de mi pensamiento. Tal vez de tanto pensar en ella, en su culo, en el quiebre de la armonía, he creado en torno a mí un radio que la repele. O que al menos la aleja.

Me vi forzado a retornar al mundo de los normales, todo para no ser descortés con ese que tenía ganas de saludarme. Me di la vuelta y cuando lo tuve a tiro de darle un buen sopapo le dije “qué hacés, boludo” y no le di la mano porque tenía fresco el recuerdo de ella. Entonces lo estreché en un abrazo y en vez de esperar a que él hiciera lo suyo, salí al ruedo con la sonrisa de los que saben que muy de vez en cuando la noche recuerda nuestro verdadero nombre.

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