Apostilla sobre el destejido social

Me canso.
Pero me canso por partes. Ahora mismo, por ejemplo, mi muñeca derecha se muere de ganas de tirar la toalla.
Fue feriado. Aproveché a lavar la ropa de guerra. Un toallón Palette, que, mojado, ha de pesar unos cinco kilos.
O sea, es mala hora para tirar la toalla.
Antes me cansaba a la altura del cuello. Eso que suena, me dijo alguien, son los tendones. ¿Será bueno o será malo? Estoy un poco cansado de hacerme preguntas tontas. Esa fue una de ellas.
Alguna vez se rieron de mí cuando comenté que me había despertado de la siesta de la tarde con un tironcito en la pantorrillas. La gente que me rodea suele reírse de cualquier cosa. No entienden que a uno le dé por soñar con tripas y todo. Habré soñado que era el rústico marcador de punta que alguna vez fui. O tratándose de un sueño puede que me haya buscado un puesto que esté lejos de mi alcance: carrilero izquierdo, a lo Witsge. Un tipo desenfado, de gambeta tan fácil como inútil, de esos que agarran la pelota y se ponen a matear como nosotros cuando éramos y pibes y jugábamos en la calle.
Ya nadie quiere a tipos así. Ahora esos tipos a lo sumo habitan las charlas de los borrachos de mi bar.
Y lo bien que hacen.
Si salieran ahí, si por alguna cosa de la vida les viniera la chance de salir de esa jaula de cristal, vendrían a la nuestra, que es bastante peor. Deberían meterse a hablar de valijas y carteras, y maletas y señoras de culo gordo.
Eso, al segundo día.
Dos días y me canso.

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