Otro lado del río

No es mía, pero sé disimular. Me la contó Max.
Cuando escucho a Max contar, siento que todo lo que yo escribo es basura metafísicoide. Me hace bien escucharlo a Max. Escucharlo y verlo. Porque Max no sólo cuenta. Max actúa. Y con ancho teflón.
Pero lo mejor es que la dejemos pasar. Sólo por esta vez. Sea.
Sea mía.
Rosario. Gran ciudad. Posiblemente la mejor de las ciudades que uno pudiera concebir. Le faltaría el bosque, creo yo. Un bosquecito de los nuestros. Sencillo. Cipreses. Un poco menos de cemento. Mataría que estuviese del otro lado del Paraná, así no recibe el castigo de la mugre del río. Y que Belgrano se hubiera brotado en otro lado. Menos cemento. Eso es lo que venía diciendo.
Que lo que son las minas mejor no lo voy a decir. Ya es sabido. Y de sobra. Las mejores del mundo. Sí, es cierto. No tengo mucho mundo. Pero igual, hay que ganarles. Dicen las santafesinas. Concedo. Pero es casi lo mismo. Están ahí. Dos ciudades grandes, pegadas al río. Dos metrópolis en medio de la pampa gringa. Qué esperabas. Es así. La economía es mejor que la meteorología. A veces da resultado.
Yo trabajaba en el tren. En el ferrocarril, eso quiero decir. De esto debe hacer mucho tiempo. Yo trabajaba. Ferrocarril quería decir algo. Por ejemplo, trabajo. Lindo. Grossa cuadrilla. Con ancho teflón.
Vino mi hermano. Mi hermano con otro chabón. Yo les hablaba de Rosario. Rosario esto, Rosario aquello. Las minas de Rosario. Las minas. Rosario. Pero yo me la pasaba trabajando. Capaz que ya no era en el ferrocarril. Es probable que fuese haciendo boludeces. Topografía. Vas a un lugar, cuanto más lejos mejor. Tomás medidas. Las anotás en una planilla. O hacía encuestas. Eso puede ser. Bares de mala muerte. Las putas más reventadas que puedas imaginarte. Putas con tres dientes. Putas borrachas a las cinco de la tarde. Putas borrachas, con las polleras arremangadas. Putas que no enseñaban nada porque todo lo tenían a la vista. Putas de tres dientes, parroquianos. Olor a tabaco y a vino malo. Mugre.
Los muchachos querían conocer esa Rosario de la que yo hablaba. Y no me quedó otra. Enderezamos la nave y marchamos sobre la Chicago argenta. Todo era nuevo para mí. Para ellos también, pero en ese momento no me importaba. Era sábado. O domingo, mejor domingo. Dimos un millón de vueltas. Hacía calor. Alguien dijo playa y todos creímos en la magia. Decís playa y el fresco se te viene encima. El río es sucio de este lado, ya se sabe. Había que cruzar. Buscamos por dónde. Y cruzamos.
Era una lancha. Una lanchita de esas por las que no das dos mangos. Cuando llegamos, el tipo salía. La lancha hasta las tetas. Esperamos. El nos dijo que esperásemos. A la media hora, apareció. Y salió gente de todos lados. Todos arriba. Cruzamos.
Era una isla, no muy grande. Eso creo. No la caminamos de punta a punta, pero más o menos. Llegó la tarde y estábamos fusilados. Nos pintó volver. Buscamos la playita hasta dónde llegaba la lancha. Llegamos. El tipo se iba. Otra vez nos dejaba a pata. Otra vez esperar. En media hora estoy de vuelta, dijo el tipo. Media hora que se hizo una hora, hora y media, noche que empieza a caer. Los muchachos me miraban desconcertados. Yo era el que sabía. Claro. A mí no se me hubiera ocurrido venir a una isla en la que no hay nada. Nada que no sea una playita a la que suele venir una lancha. Deben pescar. Yo qué sé.
Nadie. Ni un alma. Todo ese rato esperando escuchar el bendito ruido que no llegaba. Y no iba a llegar tampoco. El viento se hizo áspero. El río levantaba unas olas que metían miedo. Mejor que buscásemos algo, qué sé yo. Porque, para más, refrescaba. Y yo con mi bermuda.
Vimos pasar unos tipos. Ya era de noche, nos imaginamos que eran isleños. Lo eran. Les contamos nuestra desgracia. Del auto al otro lado del río. La tempestad se la sabían de memoria. Eran cuatro. Sólo el líder nos habló. Se vio obligado a invitarnos a su casa. Casa, porque de lagún modo había que llamarle a ese enorme nido de alimañas. Las tripas nos crujían. Comimos eso que había. Bien poco, dijo el líder, mientras cortaba unas papas en rodajas. Sí, era poco incluso para ellos. Yo forzaba la charla. Mis compañeros estaban abatidos. Sólo el líder hablaba. Si no fuera por la ropa, hubiera jurado que eran de una tribu rara. Unos esquimales del río Paraná. Gente rara, de esa de las que uno no sospecha las costumbres. Y por eso mismo tiene miedo. Quise ser, no sé, galante tal vez sea la palabra. Después de todo te alojan. Te libran de la tempestad.
Al rato, hablaron los otros dos. Poco, pero hablaron. Al más misterioso, el mudo, para mis adentros, lo bauticé Viernes. Nada original, ya sé. Viernes hablaba, pero sólo cuando se lo pedían. Era una especie de esclavo. Antes de dormir sobre el colchón de cucarachas, uno de nosotros preguntó si tardaría mucho en irse la tempestad. Los tres miraron a Viernes. Viernes salió a otear el horizonte y dijo que pasaría, pero a la tarde. No era una gran respuesta. El lunes había que trabajar. Yo tenía que volver a la capital. Los pibes también. Ni pensarlo.
Claro que había un solo colchón de cucarachas. Claro que me tocó ir al medio. Claro que los otros dos roncaban como si fueran perros moquillados. Claro que antes de taparme con la manta de cucarachas creí que lo mejor sería no despertar. Pero desperté. No era de día, pero venía clareando. Salí casi corriendo a buscar la mañana. El río seguía con pataleta.
Los muchachos tampoco habían pegado un ojo. Eso decían. Pero nos consolamos pensando en que los pescadores tenían lancha. La libertad estaba no demasiado lejos. Lástima que cuando se levantaron, y ante nuestro pedido de rajar, el líder consultó a Viernes y Viernes miró a los dos lados en busca del horizonte. Y dijo que no. Que lo mejor era esperar a la tarde. Yo apuré al líder. Era vida o muerte.
Salimos.
La lancha era más chica que la del chabón que nos dejó a pata. A mitad del río nos vimos en medio de un remolino y yo creí que no zafábamos. No deberíamos habernos largado, pero ya era tarde. Un poco antes de la mitad del río, ya era tarde.

Al fin, llegamos. Les llenamos un bidón con nafta en recompensa por los servicios prestados y marchamos sin más trámite.
Volamos por autopista. En la capital estuvimos tres veces al filo de chocar. Pero llegamos. Tres y media o cuatro aparecí por mi trabajo. Todo iba bien hasta que me crucé a mi jefa. Harta de mis llegadas tardes, esta vez exigía una explicación. Una explicación convincente.
¡No sabés lo que me pasó! Resulta que estuve de náufrago en una isla…

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