Los que aman a David Lynch

¿Me dejás que te cuente de ella?
Te dejo.
Me dejó.
Bah, qué me va a dejar. Nadie deja a nadie en realidad. Esa cosa tonta de pensar que el otro viene, el otro va y uno siempre en el mismo lugar, mirando las cosas pasar. Nadie deja a nadie. Todos están tan solos como yo.
Al principio era una voz. De esto hace ya muchos años. Era una voz salida de la radio. Una voz, que si fuera vino, podría decir con todas las de la ley que se trataba de una voz con cuerpo, una voz de un cálido retrogusto, que es el gusto que en el paladar deja el vino cuando se va. Lástima el nombre. Demasiado feo para tan bonita cosa.
A lo mejor ella pensaba lo mismo, aunque tengo para mí que ella no pensaba demasiado las cosas. Nos vimos un día en un pasillo apartado. Cada quien cumplía con el trámite de rigor a esa hora de la mañana. Yo estaba cansado de trabajar y ella precisamente de lo contrario. Qué bicho jodido el cristiano. No le gusta trabajar pero tampoco se siente cómodo si tiene mucho tiempo al pedo. Ha de ser, yo lo creo así, la diferente concepción del ocio que lleva grabada cada cual. Por caso yo ya sé que no quiero trabajar. Ni ahora ni nunca. Ni para un patrón de carne y hueso ni para una multinacional ni para mí mismo. No quiero laburar y a otra cosa. Entonces edifiqué mi vida, o esto que mal podría hacer sus veces, en torno al ocio. Chicas, libros, alcoholes, películas, discos, drogas, las horas al servicio de la nada, sentado en un banco de la plaza, mirando -sí, de nuevo- la gente pasar. Ella no. Ella es una susanita. Suerte que siendo muy piba dio en el clavo. Marido tartamudo que da dos veces en el blanco y ese blanco perforado de la distante juventud echa a sangrar un par de retoños, que yo no conozco pero me gusta imaginar parecidos a la madre. Pero bien podrían parecerse al padre y el mundo seguiría andando.
Y es bello escuchar voces. Voces lejanas, que de a ratos hablan cosas que uno no entiende. Por eso tiene éxito David Lynch. La gente, alguna gente, no el populacho, no los que van a infestar las urnas con la podredumbre que les carcome los dedos y las tripas, sino esa gente de carne y hueso, que puede tomarse un vino sin pedirle permiso al almanaque, los que se despiertan a la hora que el sol quiere y no los relojes, esos aman a David Lynch. Esos están hartos de entender. De entender qué mierda.
Ella decía llamarse Majela, pero yo nunca he conocido nadie que sea digno de llevar un nombre así. A veces pienso que yo me lo inventé, que no tenía otra cosa que hacer que pasarme mil horas en la cama esperando la hora de estar en la cama y que ella hablase. Ella, una voz de radio, una voz con cuerpo. Una voz sin piel. Una voz toda piel.
Me pedía trabajo o algo así. Me pedía que intercediera ante mi señor o el de ella, no sé bien, como si yo pudiera. Como si yo fuera influyente. Como si cada cinco minutos se me escapase una paloma de la manga del saco o fuera el inventor de todos los nombres, de todas las voces, de todas las pieles sin cuerpo que por las noches hablan a los adolescentes insomnes.
Le dije que sí. O que no, ya no me acuerdo. Le dije también que todo esto era un chubasco y que pronto pasaría y que cuando ese momento llegase, que siempre llega aunque uno ya esté afligido por otra cosa, por la falta de ese cuerpo al que pedirle que interceda ante un señor u otro, nos reiríamos. Le brillaban los ojos. Me aterré. Me dan miedo lo fáciles que resultan algunas conversiones. A lo mejor tenía deseos de llorar y también vergüenza de hacerlo delante de un extraño que no paraba de decir cosas como si alguien se las dictase. Si existiera el diablo, yo creo que hubiese hecho lo mismo.
¿Y por qué no los viejos? Si los viejos lo único en lo que piensan cuando ponen la cabeza en la almohada es en la suerte de trocar en almohada cualquier cosa que te guste. Una caja de chicles Adams, la banda de sonido de Lost Highway, las tetas de la gorda de Fellini cinco segundos después de haber bajado la persiana.
Yo estuve demasiadas veces ahí. Lo decía y ya no la miraba. No podía soportarlo. Yo alguna vez estuve acostado a pocos metros de un lago de terciopelo azul. El sol me calentaba la cara y la migraña. Mi cuerpo era lánguido para el feroz deseo de que la columna vertebral no me respondiese y quedarme allí, tendido para siempre, a la espera del socorro de la sanidad pública y la caridad, pero también esa vez pude incorporarme, sacudir la tierra de mi atavío, ya que no el rubor que pare el gesto pálido de los tristes que se acuestan al sol.
Me defraudó, decía, y hablaba de una que supo ser su amiga. No hay animal más tonto que el cristiano cuando es nuevo. Eso decía mi padre. Eso se cansaba de decirme mi padre cuando yo cometía la misma bobada que había cometido ayer y anteayer. Lo que nunca me dijo es cuándo el cristiano deja de ser nuevo. En una de esas la novedad le da a uno la chance de regatear el castigo que le toca por lo tonto que pudiera ser. De tal suerte, dejaría de ser nuevo cuando ya nadie preste atención a los pedidos de clemencia. Pero siempre hay un roto para un descosido. Eso decía mi madre cuando me echaba a la calle a que me busque una novia. Y eso me decía cuando echaba a la calle a la que le traía y no le gustaba. Porque siempre hay un roto, siempre un descosido. Siempre una modista. Nunca bastante sutura.
Vení, tocame, decía la voz toda piel y dejaba de importar que faltasen apenas veintitrés horas para una nueva ceremonia.
Vení, que es este momento y ningún otro el posible. La belleza no se posa en el dominio de tontos. Por eso el desprecio.

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2 comentarios en “Los que aman a David Lynch”

  1. Y sí, hay algo en común entre los que se toman un vino, ponele, un miércoles, desentendiéndose de la resaca del jueves en el laburo, y los que gustan de las pelis de Lynch. El desinterés por cuidarse del porvenir, podría ser. La suspensión de la previsión. O alguna cosa que suene distinto y signifique parecido. Besos.

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