Invocando al Negro Mocasín

Esto es un poco loco, pero sólo un poco, no se vayan a creer algo que en verdad no es: a veces me da el ralle y soy otro tipo, no el que quisiera, ni bastante menos, aunque no sé qué es lo que quisiera ser, ni menos qué cuernos venga a ser menos respecto de eso. A veces, por ejemplo ahora, me dan ganas, pero muchas, muchas ganas de tener un blog. Tener un blog y escribirlo de arriba a abajo. Llenarlo de boludeces. Decir, por ejemplo, la noche está estrellada y a lo lejos. Pero no, no tengo un blog y no sabría cómo tenerlo. Alguien que tengo muy a mano me diría: pero cómo es que no tenés un blog, si abrirlo es lo más sencillo del mundo. Es más fácil, incluso, que abrir una casilla de correo. ¿Sabés abrir una casilla de correo? ¿Tenés alguna? Y yo recuerdo haber tenido alguna vez una casilla de correo, pero no cómo la abrí. Seguramente algún buen samaritano me tendió la mano, pero soy malo para esas cosas. Me debo haber olvidado la clave. ¿Es que para todo hay que tener una clave en los tiempos que corren? Sí, y una diferente. Si todo fuera tan sencillo como sacar la tarjeta del banco que uno lleva encima, en la billetera, y meterla en una ranura, pongamos por caso la diskettera, que para algo debería servir ese agujero allí, tan apetecible, pero no, no es así. Hay que acordarse de muchas cosas. Como si uno no tuviera bastante con acordarse del alfabeto, en inglés y en castellano, las provincias argentinas y sus capitales, la fecha del cumpleaños de la primera novia, el número de documento de identidad, el nombre completo de mamá y de papá, como si eso no bastase ahora me tengo que acordar de un apellido prestado y de un nombre que ni siquiera es el mío, porque el mío ya estaba usado. ¿Otro tiene mi nombre y ustedes ahí tan campantes? Y así. Estas cosas me superan. Pero me gustaría tener un blog y es bonito decirlo. También me gustaría tener una novia pechugona. He pensado mucho en que debería tener una, dentro de lo posible una que fuera quince años menor. Pero son tonterías que a uno se le ocurren. No estoy en condiciones físicas de aspirar a tamaña proeza. Mis amigos se reirían si les cuento que tuve que comprarme un jogging para salir a correr. Porque salgo a correr, no todos los días, porque a veces el clima no ayuda, pero sí tres veces a la semana. En jogging me siento algo extraño, también es bonito decirlo. No es que uno sea hombre de vivir con la soga al cuello, que no es otra cosa una corbata, ni con las camisas duras en el cuello de tanto almidón, pero la elegancia lo es todo, o casi todo. El solo hecho de meterme en una casa de deportes me hizo sentir un extraño. ¿Dónde estuve metido todos estos años? ¿Adentro de una caja de zapatos? Les diría que sí, si no fuera por el hecho de que tengo fresca la imagen de todas esas cajas de zapatos, zapatillas y demás yerbas, todas apiladas como si fueran un edificio de departamentos. ¿Les faltará el agua por las mañanas? ¿Sentirán cómo baja la presión del gas? Son zapatillas. Casi todas tienen cordones. ¿Me permite los cordones?, le dirá un cobani a la zapatilla que se lleva en cana, y la zapatilla dirá para sus adentros: no soy nada sin mis cordones, ¿o es que acaso me toman por mocasín? ¿Qué habrá sido, a todo esto, del Negro Mocasín? Millones de años que no lo veo. Ya debe tener mocasinitos. Me chupa un huevo, en realidad. A algunos es mejor perderlos que encontrarlos. Yo tenía unos mocasines que me había regalado mamá. Me acuerdo muy bien porque los estrené una noche que me agarré un pedo para el Guinness. Perdí las llaves, salté un paredón que terminaba en una larga hilera de culos de botella, me corté hasta el alma y, para colmo, fui a caer sobre más vidrios que había en el suelo y no pude nunca haber visto, mitad por el pedo que cargaba, mitad porque era noche sin luna. Creo que el taco del mocasín se me clavó en el talón, lo que produjo un deslizamiento de toda la estructura ósea de la pierna, lo que viene a decir que, si no hubiese sido por la anestesia general, mi destino cierto era el coma farmacológico. No volví a tomar por mucho tiempo. Me compré otros zapatos y tiré a la mierda los que mamá me había regalado. ¿Lo ven? A una novia quince años menor uno la trata con más cariño que a una madre. No hay misterios. La borrega se irá con otro. O con otra. Son todas iguales. Todas putas. En cambio mamá es el único soldado fiel. Si un día me crucifican entre ladrones, ella estará al pie de la cruz y es muy capaz de ultrajar la tumba con tal de enterarse primero que nadie que he resucitado. Pienso en el sudario y me da un escozor que ni les digo. Me saco la sudadera porque me da asco, rabia, qué hago yo saliendo a correr todas las tardes, che, ¿alguien sabe? Si antes, no hace mucho, para lo único que servía era para pasarme la tarde, la noche, quedarme hasta la hora que fuese dándole duro y parejo al cuaderno con espirales, a la birome, y si no leyendo como un hijo de puta. Y ahora esto. La nada misma. Qué tristeza. Qué soledad. Por eso les decía que tengo ganas de abrirme un blog. Cuando lo abra, lo primero que voy a hacer es invocar el Negro Mocasín, dónde estarás pedazo de hijo de una caravana de putas. A lo mejor después no tengo nada que agregar, pero qué importa. ¿Alguno de ustedes piensa que su lugar en el mundo es una misión plagada de incisos? Si uno de ustedes, uno solo, llega a decirme que su misión abarca dos incisos, les juro por la luz que me alumbra que mañana mismo me rapo. Me rapo el mate a cero y me banco el invierno como venga y el sol del verano. Les juro que soy capaz de lustrar los zapatos una vez a la semana y sacar la basura antes de que pase Manliba. Les juro que el 28 voy a votar por el mejor candidato y que no voy a cagarle la existencia a nadie más, por turro que sea. Promesas son promesas, ¿no? Lástima que no tenga el blog. Eso debería ser la primera cosa. Se lo leí a Fitzgerald: ¿cuál es tu primera cosa? Ahora el management está revolucionado: a eso que algunos se dan el lujo de llamar el qué futuro, otros, ellos, le llaman misión. Una misión con dos incisos. No puede ser imposible. Escribir y salir a correr todas las tardes. Darle alcance a la quince años menor. Tener un blog y alimentarlo.

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1 comentario en “Invocando al Negro Mocasín”

  1. tenemos un compañero de trabajo que le decimos negro mocasin y es igual a lo que describis vos en el relato…. le gustaria tener una novia pechugona y tambien viene a trabajar en joggins jajajajaja no puede ser tan parecido … muy bueno lo tuyo y suerte

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