Aciago

Anoche. Me persigue anoche. Siento que estoy próximo a claudicar, pero no hagan caso. Prometo que puedo ser peor.

Anoche cumpleaños. Cumpleaños de hermana de amigo. ¿Venís? Sí, qué iba a decir. De paso veo si conozco otra gente. Hermana cumple veintipocos. Pienso que debe tener muchas amigas. Es buen punto. Sí, qué iba a decir.

No me gusta hermana. Algo tiene y no logro descifrar. A lo mejor una cierta desproporción que intimida. El recuerdo de la vez que nos presentaron. Amaba tanto a su hermano en ese momento, y lo demostraba en mis propias narices con descaro. No me importó. Cosas de la distancia. La puesta, la impuesta, siempre distancia, y bien, la catalogué de fea. Fea que es fría, algo lejana, enamorada de su hermano. De los celos de su hermano, que al día de hoy todavía me causan gracia. Pero sé que he mentido. Es linda y lo hace bien.

Bueno. Pizzería. Eso me dicen. Eso acepto de buen grado. Vamos con tiempo. Tomamos el 106. Somos los últimos en llegar. Eso parece porque hay que acercar una mesa más para nosotros, pero al poco rato sigue cayendo gente y sumándose mesas. Pizza, qué otra cosa podía ser.

Hay mucha gente. Siguen las presentaciones. A la mitad el presentador se da por vencido. Antes dice: ustedes son colegas, che, y me mirá a mí y a novio de hermana. Lindo pibe, el más elegante de la reunión. ¿Sí?, pregunta él, sí, afirma mi amigo. Yo me encojo de hombros porque no sé bien a qué se refiere. Por otro lado, los ombliguistas solemos pasar malos ratos cuando hay otro que hace lo mismo. Pero no, falsa alarma. Al menos en lo profesional.

La charla se dispersa. Vienen cuatro pizzas. Somos muchos. Como porción y media. Tomo un porrón de cerveza. ¿Qué tenés?, dijo alguien, Quilmes o Corona. La puta madre, pensé yo, ¿y no te da vergüenza? El vino es Valmont. Apuro mi cerveza. Creo que también voy a llegar tarde al vino. Me río del chabón que nos sirve. Negrito, barba como la mía, un poquito abajo del labio. No sé qué tenía puesto, pero me quedó la impresión de que andaba de jogging. Esos looks que un amigo llama “alternativos”. Es algo torpe. Cuenta mal los vasos, se olvida un porrón y así. Me río de la forma en que sirve el vino: le da una rosca a la botella que no sé mucho el sentido que tenga más que el lucimiento del que sirve, sólo que este pibe, un rato antes, tiró mi vaso dentro de la muzzarella. En fin.

Mucho más confianzudo, amigo de todos como si los conociera de toda la vida, el dueño. O el que actuaba como si lo fuese. Acá es mejor que arriba, los podemos atender mejor, dice, y se siguen sumando mesas a la mesa. Una pizza de noséquémierda, ofrece, para esta noche aciaga.

¿Aciaga por qué?, le pregunta alguien, quizá mi amigo, y, ¿no ves la lluvia de afuera?, responde. Me parece que no entendés lo que es aciago, replica este muchacho, que no es de dejarse torcer el brazo. El tipo se va. La palabra se nos pega. Todo es aciago o poco menos. No sé si todos saben qué quiere decir, pero lo mismo ríen, porque aciago tiene gusto a repollo, a té de carqueja.

Otras cuatro pizzas. Dos botellas más de vino. Mi amigo me habla de novio de hermana: el desearía tener un padre peronista, me cuenta. Dejo los cubiertos en el plato antes de mostrarme alarmado y averiguar las razones. Dice que él fue socialista y ahora es un converso. Un padre peronista, le cuento mi experiencia, es un tipo al que te dan ganas de cagarlo a palos semana por medio. Por padre. Y encima por peronista. Y todos ríen. Es más, aventuro: padre peronista, hijo gorila, y de los peores. Comienza a elogiar a Cristina y yo desconecto el auricular. Desconecto o le tengo que pegar.

Al lado mío hay una piba que me pregunta algo. Sobre Trelew, creo, y no abundo en muchos detalles pero guardo cierta amabilidad. Podría ser bonita, pero es de esas pibas dejadas, que primero se van de peso y después no saben qué les queda bien y qué no, entonces uno le mira los ojitos, los cachetes, el pelo con rulos, y se entusiasma, pero después la ve algo amatambrada, sentada en posición de columna torcida, y siente algo de pena.

Ordenamos cuatro pizzas más. Ya somos como veinte en la mesa. Sotto vocce se analiza la posibilidad de pagar con tarjeta de crédito o correrse hasta el cajero más cercano. No hay más pizza, dice el aparente dueño. ¿Eh? Se me terminaron, insiste. Pizzería, pizza, acabarse, hambre, dos porciones y media. Comienzo a pensar que el vino me está haciendo mal. No hay que mezclar cereales y frutas. Vino arriba de la cerveza. Letal. Encima entre tanto desconocido.

Pará, pará, ¿qué decís?, dicen desde la otra punta de la mesa. Que se me terminaron las pizzas y no me voy a poner a amasar ahora. ¿Les dejo la carta? Tengo ochenta platos más. Dale, dice alguien, como para cortar el silencio. Pidamos tacos, sugiere uno. A mí no me van a engañar con comida mexicana, murmuro con los dientes apretados. No ordenamos nada más, pero no devolvemos las cartas. El tipo se enfurece pero es el dueño y queda mal hacer escándalo. Estuvo el congreso de diseñadores de terremotos, abunda. Setenta y ocho pizzas me pidieron. No evitamos la risa, la sorna, el sarcasmo.

¿No me das un pucho?, me dice ella, y yo la miro, hermosa. Para fumar afuera, me aclara. Supone que yo desconozco que aquí se discrimina a los tabáquicos. Vamos, le digo. Me cuenta que tiene para largo acá. Yo pensé que se iba pronto, eso me habían dicho. Ella hace un gesto de fastidio y después arremete: ¿y vos? Y yo la pongo al tanto de los próximos cinco años de mi vida. Te estás helando, le digo. Imagino sus pezones duros de frío y la invito a volver.

Lo demás es trivial. A la hora del balance descubro que, sin querer, metí el dedo en la llaga. No siento pena sino algo de rabia por el frío que interrumpió la charla. La conversación es el campo en el que suelo sacar más ventajas.

Voy al baño.

Aciago pis.

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