alusión a la ilusión

La tentación, como a todo el mundo supongo, a veces me visita y, como todos creemos saber, la mayoría de las visitas suelen ser gratas. Mal que mal, siempre resulta un halago que alguien se acuerde uno, aunque sea a propósito de cobrarnos una deuda. Bueno, en realidad no siempre. Es más: viene a mi cabeza ahora mismo una plétora de motivos por los cuales una visita es lo peor que nos podría pasar. Pero siempre es linda la tentación, tentarse, arrimarse peligrosamente a su abismo, mirarlo con deleite, cambiando los roles, imaginando que somos nosotros la carnada y no a la inversa. Ilusiones, sí. Política cultural de reputación en declive: la tentación es una porquería, ni dios permita que. Pero de vez en cuando la tentación nos cae como una patada al hígado. O no como una patada, que es, dentro de todo, un instante, sino como la consecuencia perdurable de esa patada, la desazón, el temor de morir, el deseo de hacerlo, o de que al menos alguien nos quite el hígado mientras lo damos a los mecánicos, y que ellos hagan de una vez lo que les toca. El gesto amarillo. La saciedad que no es tal. Eso me pasa cada vez que creo que ya todo lo bueno ha sido escrito. Y pintado. Y dicho. Y vivido por otros. O por mí mismo pero en otro tiempo. Pero no. Sólo se trata de la forma inversa de la ilusión, que no se bien cómo se llama pero no es desilusión, seguro que no es. Esas tres letritas que se ligan a la ilusión como un apósito connotan algo parecido a arrancar el sembrado, a quitarse de encima algo, decididamente algo que no viene a satisfacerme. Debería haber un nombre para la ilusión malparida, la otra, la negativa, el perfecto contrario de la ilusión que todos dicen. A propósito de todo y de nada: qué lindo cuando los españoles dicen “me ha hecho mucha ilusión esto o aquello”. Nosotros somos más desapegados. Nuestras ilusiones no se generan de alguna cosa sino de la nada misma. Por eso es que la ilusión, queridos amigos, tiene la reputación que tiene. Aquel lvive de ilusiones, dicen las viejas. Sí, che, y qué, cuál es el problema.
El caso es que hoy escuché en la radio una canción de Sabina y la sentí como si fuera inédita. La debo haber escuchado antes y la pasé por alto. Quizá Malas compañías no sea un gran disco. Quizá yo piense que Sabina ya me ha dado todo lo que tenía para darme. Suerte que no, suerte que Joaquín tiene siempre a mano una canción. Una canción como Gulliver.

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