Rosebud

Ayer terminé, por fin, de leer Asfixia, de Palahniuk. Me lo regalaron para mi cumpleaños, o sea que, impuntuales como suelen ser los regalos de cumpleaños, debe haber llegado a mis manos los primeros días de enero. En ese momento leía otra cosa. No me tomé ni siquiera el trabajo de leer la contratapa. Tenía el vago recuerdo de visto algunas reseñas negativas, aunque cualquiera sabe que sólo son interesantes las reseñas de los libros que sabemos de antemano que no leeremos.
Yo, en cambio, supe desde hace mucho que habría de leerlo al bueno de Chuck. Las películas no suelen superar a las novelas que las inspiran. En mi recuerdo, El club de la pelea había sido una gran película. Todavía espero que llegue el día en que encuentre el saco que usaba Brad Pitt. Si no fuera por el hecho de que las películas duran tan poco en cartel, creo que la hubiera visto más de una vez, pero eso es apenas una suposición. Jamás he visto dos veces la misma película en el cine y las pocas veces que he vuelto a ver en televisión algo que ya había visto en cine terminé defraudado. El cine es otra cosa. Sólo en cine sucede que uno vea entrar al cine a la calva cabeza de un amigo que se sienta en las primeras filas y abandone el sitio de siempre, de la mitad para allá, la fila trece o catorce, y se cruce a la seis, y que maldiga la decisión de ver en primerísimo plano a Pitt saltando un escollo alambrado mientras se le cae el sachet de grasa de lipoaspiración. Un auténtico asco.
En fin, ya sabía que me gustaría leer a Chuck. Lo entreví en la voz del narrador aquél y, en efecto, ésa es su voz. Por eso a los pocos días de que desembarcaron en Argentina las primeras traducciones, recomendé Fantasmas. Uno de mis queridos amigos, no el de la cabeza calva sino otro con el que me liga un vínculo más intelectual que sentimental, quería quedar bien con su amorcito. De un tiempo a esta parte, los tres leemos casi los mismos libros. Ya habíamos pasado por Sade, por Fromm, por Barthes, Bataille, Carroll, incluso por Gustavo Enrique Nielsen. Algo extraño: una comunidad a la distancia que comparte experiencias sólo a través de los libros. Veré si puedo explicarme.
Mi amigo es mi amigo, así, a secas. En el medio están Orson Welles, David Bowie, Charles Chaplin, Tinto Brass, Robert Smith, que son nuestros amigos comunes, los que nos hacen más amigos. A la distancia está ella, que no es más que una cachorrita de dulces veinte. La he visto sólo una vez en mi vida y creo que eso ha sido pura suerte. De otro modo no hubiera tenido otro asunto que enamorarme de ella y ganarme su rechazo y el casi seguro desprecio de mi amigo. Porque uno es amigo de alguien hasta que se cruza un tajito en el medio. Arduo es salir indemne de una cosa así. Ya nos ha pasado alguna vez, pero tampoco es cosa de volver a tentar al destino.
Fantasmas, le dije, así, a ciegas, a pesar de que había leído reseñas incluso peores. Un reseñista incluso decía, poco menos, que se trataba de un delirio pendejonanista. Qué más da. Qué pocos saben los críticos. Si la vieran a ella, lo entenderían, pero es mejor que no la vean. Es mejor que se conformen con mi morosa descripción. Es preferible que todo permanezca vicio y privado. Que eso somos: pendejos y onanistas.
Fue una pegada. A la cachorra le encantó. Yo había leído ya algún retazo del libro en cuestión y no me había gustado para nada. Sonaba demasiado efectista. Así es Chuck, dirá alguien. Concedido, pero estos golpes de efecto no me enamoraban.
Llegaron mis doce campanadas y no tuve mi regalo. Me lo esperaba. Me lo merecía, creo. A mi vez, le había regalado a mi amigo Las 120 noches de Sodoma y Gomorra. Uno más del divino marqués, pero él, igual que yo, ya tiene las pelotas por el piso de tanto divino y marqués, así que a la fecha no lo ha leído. Está bien: ahora somos gente ocupada, pero la educación de la cachorra no admite demoras. Quizá el libro haya viajado hasta sus manos y yo no lo sé. Lo que sé es que ella ya no se impresiona fácil, que sólo una película de horror le ha traído náuseas. De ahí para abajo, vale todo.
A las dos semanas, apareció por casa. Lo conseguí, me dijo, y yo pensé lo peor. Si el envoltorio hubiese traído Fantasmas, se lo tiraba por la cabeza. Yo quería otra cosa. En ese momento me desesperaba conseguir Viaje al fin de la noche de Céline. Ya sé, hay una reedición reciente y en cualquier ciudad está al alcance de todo aquel que se ponga con los cuarenta mangos que, bien mirados, no son mucha guita, pero acá es un quilombo salir a comprar libros.
La librería por excelencia se llama Morón. Sí, el chiste es obvio: son demorones para los encargos. Uno puede pedir un libro y pagar una seña imposible y los tipos no se mosquean. No sé, habrá venido tal vez en ese paquete que tenemos sin abrir, dicen, dicen y no lo abren. Son gente que odia los libros, está claro, pero más que a los libros odian a la gente que se presenta a comprarlos. Imagínense cuántos zapatos de mujer vendería un tipo que odie a las mujeres que compran zapatos. No requiere demasiado empeño verles el entrecejo fruncido cuando el número de mortales dentro del local exceden la cantidad de dos.
No da. Lo dejo para cuando viaje. Yo soy de los que viajan y se compran libros. Todo lo que me reprimo acá, lo dejo salir en otra parte. Tu casa es la casa del viaje, dice mi pitonisa. Sí, ni que me conociera desde hace años. Viajar me renueva la estructura celular, aunque después reniego por las molestias que ocasiona el equipaje. Todo el mundo sabe, especialmente los habituados a las mudanzas, que no hay cosa más incómoda de mover que los libros pero, en fin, yo quería hablar de un libro en particular.
Era Asfixia. Me puse contento cuando lo vi, pero no tanto: yo esperaba a Céline. Es que el tipo me había alertado, no sabés lo que me costó conseguirlo y esto y aquello, y yo, que tengo por manía el escrúpulo, sé todos los libros que él ha leído, los que amaría tener, los que detesta, los que le vendrían como anillo al dedo a este momento de su vida y así, pero él no es así conmigo. El me oye hablar de autores, se entusiasma con lo que le cuento y es capaz de preguntarme a la semana siguiente cómo era que se llamaba ese tipo del que yo le hablaba. Se va en detalles, pero nunca termina por comprenderlo todo.
Y eso, por extraño que luzca, es lo bueno. Su lectura me abre mucho la cabeza. A veces no hace ni falta que me diga lo que piensa de determinada obra. Lo conozco y ya sé por dónde entrarle. De todos modos, aunque no supiera, me quedan los libros, las huellas que deja en su lectura. Nada grave, apenas unos corchetes dibujados en lápiz. Nunca una anotación en los márgenes. Lástima. Tiene una letra de ratón, parecida a la de Borges, que haría de cada libro un objeto único, porque lo que son los corchetes… en fin, cualquiera puede hacer unos corchetes discretos para resaltar un cacho de texto, y el que lee, más adelante en el tiempo, no sabe si el pre-lector remarcó eso para reírse, para citarlo delante de gente, o por el asco que le produjo. Yo sí sé. Su rastro me resulta útil.
Empecé a leer el libro con algún desgano. Creo que él mismo me lo pedía prestado o algo así, ya no me acuerdo. Pesa sobre mí la interdicción para leer libros de Anagrama. Por el precio, como le pasa a cualquier laburante, así que sólo de oídas sé que sus traducciones son abominables. Pero este muchacho, Javier Calvo Perales, es llanamente un delincuente. Creo que ha perpetrado la peor traducción que yo vaya a leer nunca, pero, conforme que progresaba mi lectura, el libro me gustaba más.
Y se lo presté. Se lo presté a él, que en este caso es ella. Ella quería leerlo y yo estaba tan enamorado de Asfixia que me pareció que lo que mejor podía hacer era ponerlo a su disposición. El libro viajó a sus manos. Ella simpatizó más con Fantasmas. Lo supe a vuelta de correo, cuando tuve de nuevo el ejemplar conmigo y por todo rastro de ella encontré una receta de cocina.
No es de ella, me aclaró mi amigo. Ella profesa gustos extraños. Detesta la pizza, por ejemplo, con lo cómodo que resulta llamar a la rotisería en tiempos de luna de miel. Nos la pasamos a milanesas, me cuenta él, o hamburguesas. Así y todo, le enseñó a preparar lentejas. Yo pienso que si mi amigo se esmera, al décimo intento podré comer un plato de lentejas decente, no antes. El libro está lleno de un desencanto muy profundo. De a ratos me sentí leyendo una novelita de las de César Aira. No sé por qué. Supongo que ha de ser por esa manía de huir hacia delante, pero a Palahniuk el relato nunca se le escapa de las manos. Aira lo deja todo por la mitad, siempre está escribiendo el libro siguiente. Es de un estilo veloz. Son trescientas y pico de páginas pero se liquida tranquilamente en un par de tardes, pero eso mismo puede voltearse hacia el tedio. Es la gota que acaba por comer a la piedra. Tac, tac, tac. Llega un instante en que uno está igual de abatido que el protagonista y lo único que quiere es morirse de una vez, saber dónde carajo empieza el límite cierto de la lectura. Es increíble. Cada vez me preocupan menos cosas, pero leyendo este libro he sentido la desesperación por conocer una verdad, por efímera que pudiera resultar. El lector poco a poco se sumerge en el pantano de la angustia y ya no hay otro remedio que no sea acabar de una vez con el libro.
Y el humor. Palahniuk es dueño de un humor lacerante. Antes de prestárselo a mi amigo, no pude evitar la tentación de leerle el capítulo 27 (¿o el 29?), donde Victor narra su encuentro con una mujer llamada Gwen. Convienen una violación y Victor se encarga metódicamente de malograrla. No sé si lo gracioso era oírme a mí leyendo, o la pésima traducción o lo bizarro de la escena, el caso es que a los pocos minutos mi amigo y yo llorábamos de la risa. Por esos días escribí un texto que me gustó mucho escribir. Creo que fue el único modo posible de exorcizarme de Chuck y de ese capítulo.
Se lo di a leer a mi amigo, cosa que hago muy pocas veces, y a el le pareció aceptable, aunque no me ocultó que la influencia era excesiva. Es así: yo me entusiasmo con un autor y de inmediato, por reflejo, robo los modos más notorios, lo que a veces toma ribetes espantosos. Imagínense cómo queda uno después de leer a Cabrera Infante. A resultas de esa suerte de cleptomanía literaria, uno acaba siendo una caricatura. Sin embargo, encuentro consolación en un pensamiento: el efecto del robo se siente apenas uno lo perpetra. Hay un algo posterior, un proceso de sedimentación, que acaba por purificar el agua. Miento. Sé que lo hago atrozmente, pero trato busco consuelo. Dejo a otros que persigan la verdad. A mí no me interesa.
En lo que duró la ausencia, me encargué de esparcir recomendaciones pero, a la par, el libro se iba de mí. Me pasaba de charlar con mi amigo y que él me dijera viste la parte en que tal y cual cosa, y yo lo miraba con gesto asombrado, a lo que él me decía siempre igual: al final no habías leído nada. Lo mismo que Aira, pensaba. Las novelitas de Aira no sedimentan; se vuelan. Al poco tiempo uno no sabe ni de qué trataban. Tal vez sólo la obra global tenga algún espesor y no estos capítulos, tantos fallidos, que el más mentado de los nuestros viene echando, yo no lo sé, pero al mismo tiempo me ganaba el temor de que Palahniuk fuese un invento, lo mismo que Tarantino y tantos otros, que conocen su negocio y lo explotan, que una vez localizado el nicho de mercado en el que son fértiles, despachan lo más grueso de su artillería, todo bajo la mascarada del autor de culto. Ya nadie es de culto, nada dura demasiado, todo, tristemente, se parece mucho a todo.
Al final la novelita me ganó. Recién ayer la terminé. Dejé para la mañana el último capítulo, aunque ya había pizpeado, y sin entender, las últimas líneas. Lo siento, tengo esas manías. Algún lector de mis pre-blogs me preguntaba si a mí me gustaría que mis libros se leyesen así, a los saltos, y yo no tenía una buena respuesta en ese momento, ni creo tenerla ahora, pero más fresco en mi memoria luce un prologuito de los tantos de Macedonio en la segunda parte de la Eterna, el prólogo para el mejor lector, el que lee salteado, ese que toma un retazo de acá y otro de allá y compone el resto del libro en su cabeza. Una forma de autosuficiencia. O de onanismo, según quiera verse. Sí, no sé cómo me gustaría ser leído, pero en todo caso ésa ya no sería jurisdicción mía sino del lector. Ya demasiada es la presencia del autor entre las tapas de un libro como para encima soportar que éste imponga un orden de lectura. Queden los índices en manos de los bibliotecarios, y éstos en manos de los bibliófilos, que ellos sabrán lo que hacer.
Después el vacío, claro; después el deseo de recobrar las frases que debería haber marcado mi amigo y esta vez, no sé por qué prurito, no ha marcado, como si deseara que el libro siguiese virgen para mí. Después buscarle un buen lugar, supongo, al margen de la humedad y las malas compañías. Ya no tengo a quién prestárselo. Ninguno del resto de mis amigos se interesa por mis niñerías. Algunos hacen como que me llevan el apunte pero sé que no, sé que apenas es una impostura para congraciarse conmigo. El resto no me toma en serio y eso está bien. No hay mucho en estos días para tomárselo muy en serio.
Me temo, sin embargo, que las razones del vacío sean muy otras que el haber dejado atrás un libro, por bueno o malo que éste haya sido. Mi amigo se irá pronto de aquí. La patria que supimos conseguir no tiene pensado gran cosa para él. Para mí tampoco, ni para vos, me parece, pero otros no tenemos el valor bastante como para mandarlo todo a la puta madre que lo parió, o nos regodeamos en consuelos estúpidos como estos de los que venía hablando. Educar una cachorrita, aprender a cocinar lentejas, escuchar a Bowie, buscar en un libro los rastros de la lectura de alguien. Haré comunidad con algún otro amigo, mucho me temo, y será un gran trabajo hacer de estas piedras una construcción grata y perdurable, pero así planteadas las cosas me veo padecer una abominable nostalgia a cuenta de lo porvenir y no, no es nostalgia por eso, sino alegría, alegría de atorrante por aquello otro, lo que ha quedado atrás y ha sido el común camino que supimos abrirnos.
Y a escribir otras cosas. Y a parecernos a tipos mejores que nosotros, que nada empezará si antes todo esto que vemos y nos deslumbra caiga por su peso y haga sitio a la carne caliente de los sueños.

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3 comentarios en “Rosebud”

  1. Lo leí hace un mes o algo así, por algo que me habías comentado hace un tiempo. Me gustó mucho, aunque, te digo, al leer el primer capítulo me daban de revolearlo, eso de las advertencias me pareció bastante pavote. Me acuerdo bien de ese capítulo de la pseudo violación, me hizo reír como boba en el colectivo. También me pareció inspirador, como le dije a alguien. El desencanto, sí, especialmente hacia el final, ¿no?, algo de eso dije en el blog hace unos días, mirá qué raro, ese mismo rasgo me hizo pensar en Céline, aunque el estilo nada que ver. Beso y suerte con la educación sentimental.

  2. hace años que intento en vano que alguien me explique cual es el valor de cesar aira. Yo lei un solo libro de él: la guerra de los gimnasios y me parecio una soberbia pelotu…seguramente el pelot… soy yo porque cuenta con legion de fans incondicionales, si entre los lectores se encontrara alguno, me podria explicar por favor donde reside el valor literario de don Aira. Desde ya muchas gracias. Ah, estoy leyendo Asfixia (voy por la mitad mas o menos)y me parece bastante bueno. Espero que siga asi. Saludos

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