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De un tiempo a esta parte todo tiene olor a cuarto cerrado. Es otoño, eso dice el almanaque, pero no hay que creerle demasiado. Un día de estos, un día que ojalá fuese mañana mismo, sale el sol y nos devuelve a todos el rubor a las mejillas, el sudor al cuello de la camisa y los abrigos al antebrazo, que es el sitio en el que aguardan que uno los vuelva al fondo del ropero. Mi campera de todos los días, la muy pobrecita, va a pedirme que la lleve a pasear a la tintorería. Eso será cuando haya buen sol, le prometo, y yo sé que no habrá buen sol ni mañana ni pasado mañana, o que sí, que lo habrá, pero bastará que se haga viernes, que es el día escogido para ponerla en esas manos extrañas, bajo la mirada incrédula de una morochita de uniforme naranja, que me dirá que es demasiada mugre, que quince pesos, que en una de esas no está para mañana ni para pasado. Entonces vuelvo a pensar que esa mugre ha llegado para quedarse. Tal vez lo bueno fuese cambiar de tintorería, pero qué sé yo, tantos años cortándome el pelo en lo de Braulio, comprando los mediodías la misma comida y la misma marca de cerveza en el mismo súpermercado, del mismo modo en que antes cada sábado me hacía una escapada hasta el revistero Superman, allende la A.P.Bell y pedía un Olé, porque en esa época me gustaba leer sobre deportes y los sábados traía la última buena revista sobre deportes que se ha escrito en estas pampas, Mística, y a la vuelta, muy despacio, pasaba por la panadería a que Lía me vendiese una docena de facturas, las mejores de la ciudad, según me gustaba declamar hasta arribar a la paz del consenso entre mis amigos, pero la excusa era verla a Lía, sus mejillas regordetas teñidas de un rubor perpetuo, el cabello largo y casi rubio pasado de gusto a pan, a pan recién salido del horno, y su uniforme bordó, siempre tan amable, siempre sonriente, que casi me daba gusto que me preguntase por la facultad, cosa que ahora mismo estoy odiando con toda la riñonada, porque ella tenía un algo que me hacía sentir importante. Supongo que ella estaría condenada a pasarse toda la vida vendiéndole facturas a señores que se harían pasar por universitarios, en cambio yo un buen día dejaría de ser universitario, de acarrear libros de una punta a otra de la ciudad con gesto preocupado, circunspecto, como si la vida me fuera en esos pensamientos, y ese día el diploma haría de mí un señor, un buen señor que ya no volvería más que a saludar, y cada vez menos, total que se supone que un buen señor ha de aparearse con una buena señora encargada de que los sábados tengan cada cual un mejor desayuno que el resto de los días de la semana. Lo importante era eso: que ella creyese que yo me lo creía, pero yo nada más pasaba a que me venda sus sonrisas a un precio más caro que el petróleo de los persas, pero quizá ni dios sepa -yo no lo sé- cuánto es lo que vale una sonrisa en la vida de un tipo solo. Otras veces pasaba por la panadería y no estaba Lía sino alguna de las otras pibas, una colorada, por ejemplo, de la que nunca supe su nombre pero nunca me cayó del todo bien. Alguien que canta las canciones de Calamaro no puede caerme bien aunque peine los rulos colorados más hermosos de toda la cuadra. Esa, aburrida de mi, solía preguntarme: ¿un pan? Y yo a veces le decía que sí con la cabeza y pero otras prefería revelar mi cometido, mi excusa, la docena de facturas, a lo cual ella devolvería un gesto de sorpresa -ya con el pan en la mano- y otra pregunta: ¿surtidas?, a lo que yo respondería: sí, surtidas, pero sin medialunas de dulce de leche. Me gustan mucho las medialunas. De grasa, de manteca, pero nunca con dulce de leche. Quién puede comer esa cosa tan empalagosa. Después tomaba mate y leía. Una hora, dos. Tres. El tiempo giraba lento en día sábado. Parecía siempre verano. A lo mejor los enormes ventanales me liberaban de la claustrofobia que siempre he tenido y sólo ahora padezco. Como se nota la falta, diría un amigo. Sí, demasiado.

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6 comentarios en “(-)”

  1. “Pero que facilita eres”, me dicen. Y es porque siempre entro al trapo..
    Espero que hayas conocido a mas de una pelirroja, con el pelo enrulado y que cante canciones de calamaro y que al menos te haya caido bien, no sea que te quedes traumado…
    Saludos

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