La señorita Roldán/8

Hace ya casi veinte años de la última vez que le pegué a una mujer. Acabo de recordarlo. Esas cosas tiene la mente –o el cuerpo, quién lo sabe– que sin interpelación previa, y tal vez a causa de esa predilección de los hombres por las cifras terminadas en cero, nos encontramos, de improviso, con una escena que tiene ya diez años. O quince. O veinte. O son trece y parecen diez. O son doce y parecen veinte.
Pero de esto sí que hace veinte años y no sólo hoy viene a mí el recuerdo sino que se trata de una visión que me toma por asalto con cierta recurrencia. Me toma, digo, como algunos sueños que ya soñé cientas, miles de veces.
En un tiempo que ya no es me daba por soñar con que andaba por la calle en medias. No lo notaba a mi paso las piedras o las ranuras de las baldosas, tampoco el frío ni la humedad. Sólo me perturbaba la mirada de todos los transeúntes. En el sueño no había sola persona que, a su paso, no se detuviera a mirar mis pies casi descalzos. Así, llegado un punto de la marcha, sentía la multitud de miradas en mí clavarse como dagas que se sucedían las unas a las otras, cada vez más alto, cada vez más profundas, al punto de que yo sabía –por esas cosas de los sueños– que poco venía faltando para que yo quiebre ese estado de cosas con un grito. Y de hecho creo haberme despertado gritando más de una vez, o que al menos estuve tentado de hacerlo, como me pasa cuando retorno de un modo brusco a la vigilia y siento de un modo inexorable caer sobre mí el desamparo.
Otras veces me soñaba en caída libre. Nunca terminaba de caer. Esa era la pesadilla, el hecho de imaginarme planeando por los cielos de los cielos sin sospechar siquiera la inminencia de algo que me detenga. Para esos casos no había modo de escapar. Entonces, ya empapado del sueño, me daba al placer de viajar de todas las formas imaginadas y la condena era precisamente la certeza de nunca agotar las posibilidades que se me abrían, y ante el estupor emergía la tentación de asirme fuertemente a lo primero que se apareciera: las maderas de la cama. Siempre así. Siempre menos una vez, en la que sentí en mis pies, porque en verdad lo sentí, la loza de un techo, y satisfecho por la concreción de mi última hazaña, y en extremo feliz por haber conseguido la panacea, abría como podía los ojos a la oscuridad y me hallaba somnoliento, turbado, con una agitación que entorpecía mi respirar.
Pero esto otro no es un sueño sino la pura realidad de un día, el día en que le pegué a una mujer por última vez. La mujer por entonces no era más que una niña de mi edad. Tenía por nombre Ivon y era la más linda del grado, o por lo menos la que yo hubiese elegido si me daban esa chance. Tenía unos rulos negros estirados y unos ojos que falsamente presagiaban un linaje oriental. A pesar de ser vecinos de banco eran pocas las veces en que charlábamos. Se me ocurre que no teníamos otro tema que no fuera articular la manera de copiarnos en los exámenes y eso era suficiente para que cada quien esté contento con el vecino que le tocaba en suerte. Pero en secreto yo tramaba conversaciones que nunca me salían. A veces, también en sueños, la invitaba a tomar un helado y le contaba que me gustaba, pero ella no me atendía, o atacaba con mayor saña de su lengua la resistencia del helado. Otras me suponía enojado y fantaseaba con la posibilidad de no dejarla que se copie de mí, pero desechaba esa idea cuando me daba cuenta de que tal vez eso perjudicase mis calificaciones. Las cosas en casa no estaban tan bien como para darme esos lujos.
Pero un día, a propósito de no sé qué tontería de niños, me enojé mucho con ella, algo que no me había pasado. Entonces, sin pensarlo demasiado, resolví acercarme a ella y reprochar las cosas que decía o hacía en mi perjuicio. Ya cerca de ella, cuando estaba a una distancia que no excedía del largo de mi brazo, no sé qué fuerzas guiaron el revés de mi mano derecha hasta su mejilla, y de ahí en adelante todo lo previsible. Alguien se enojó conmigo, otro me justificó, un tercero consoló a la mujer ofendida. Yo, simplemente, volví a mis asuntos, pero no pude prestarles demasiada atención. En mí mano todavía no se marchitaban las huellas de mi acto. Y todavía lo espero.
*
siete / seis / cinco / cuatro / tres / dos / uno

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