La razón de tanto odio

¿Y yo qué tengo que ver con todo esto? Yo apenas ordeno las letras, pongo una detrás de otra y ni siquiera estoy del todo de si eso sucede a mi entero capricho o en verdad hay una o más fuerzas por mí desconocidas que me piden que lo haga una o dos veces al día, por las buenas o por las malas, y eso es lo peor, que muchas veces es por las malas y eso no me deja muy decente ante el resto de los compromisos que tengo que enfrentar. O acaso a alguien le sucede pensar que todo esto es por arte de magia, que no lleva su tiempo, que es todo dar un soplido y que las botellas se hagan de una vez botellas y menos mal. Menos mal, digo, que crezcan botellas sanas y fuertes antes que bergamotas con crisis vocacional o complejo de Edipo, permeables a todos los males de su tiempo, a la varicela, a los tsunamis, al papel tissue, a los puertos usb. O que derechamente no son como yo, que le tengo miedo a los colectivos y a las escaleras mecánicas y no vean los trastornos que eso me trae cuando ando por los viejos Buenos Aires.
La gente, incluso él, y en eso ya nos vamos poniendo de acuerdo, no entiende. No entiende nada de nada. Y como no entiende hace pucheritos, se encoge de hombros, organiza huelgas, busca responsables. Ninguno es capaz de quitarse la pelusa del ombligo, no señor, ni de dejar a un costado los venenos. Yo los veo, por ejemplo, cuando azucaran el café. Primero la cucharita justo allí, en la azucarera, la elección de la justa cantidad y el arrojo, torpe o delicado, no toda la gente es igual a toda la gente, hay que decirlo, y la cucharita que ponen a dar vuelta contra las paredes del pobre pocillo, a veces muy cerca, con ruido, y a veces demasiado lejos, incluso a costa de dejar más de dos tercios del azúcar sin diluir, presto a besar el suelo y el despojo, lo mismo que ellos, que dan vueltas y vueltas, que se dan contra las paredes o no se hacen al placer de diluirse sin más y acaban allá abajo, resignados a la suerte de ser mugre hasta que otro los quite del medio.
O sea sí, los reproches, los de siempre, nunca falta alguien que tenga motivo para quejarse, aunque el motivo no sea más que un ejercicio, como pasar por lo de Cosme a bichar las noticias del diario y no comprarle nada. Viejo tarambana, a veces, con tal de charlar con alguien, hasta deja que le hojeen las revistas, y sabe dios dónde habrán andado antes esos dedos sucios. O acaso es que alguien se cree que la gente no transpira, no se saca los mocos, no se pasa la mano por el pelo y carga en consecuencia con la escoria que el paso del día va dejando. Y eso cuando no se andan con otras pestes.
El reproche es una peste. Atender el reproche es un síntoma del contagio. Ya mismo me siento enfermo. Estoy perdiendo el tiempo en contestarle a alguien que no lo merece. En realidad nadie, ninguna persona, merece que pierda mi maldito poco tiempo en algo que no me reporte una compensación.
Pero para quejarse todos son mandados a hacer. Y eso que andaban diciendo que ya no había modistas. Cada quien tendrá la suya, un día lo sabremos. El resto, sólo por hoy, lo dejamos acá mismo. Y usted, mocito, camine a la cama. Y derechito. ¿Me oyó?

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