la estúpida manía de cortarse las uñas

Hace mucho tiempo, creo, en realidad no llevo la cuenta, que no me pongo a escribir sin plan, pegando una letra a la otra por el mero repiquetear y se echa de menos, pero tengo el presentimiento de que hoy no es un buen día para musicar a mis orejas con aquéllas viejas canciones, en particular a la izquierda, si lo cuento no van a creerme, pero en una de esas y si se los juro sí, me creen, pero yo no soy hombre de jurar, así las cosas, tomen o dejen, que de todos modos se los voy a contar. Me duele mucho la oreja izquierda. Mucho, mucho, y desde hace un par de días, y sólo hoy, y porque aparentemente no hay otro remedio para esto, me he resuelto a no meter los dedos allí. Bueno, antes que los dedos, quiero tratar de explicar el dolor y todo parece más absurdo de lo que es en realidad, el que se metió en tan estrecho domicilio es un grano, o quizá sean dos que están pegados, que luchan el uno contra el otro por un territorio escaso, y lo hacen con malas artes, y si para colmo de males se mete a hurgar mi dedo, una y otra vez, porque no soy hombre de jurar pero eso no quita que sea lo más empecinado que conozco en el planeta, y es ese el modo por mí escogido para decirme hombre de convicciones, de ir siempre para adelante, pero ya ven, el tipo de convicciones se mete el dedo en la oreja y llega un punto en que la oreja empieza a inflamarse y a intervalos que uno quisiera regulares pero ni eso aparece el puntazo y toda la malograda arquitectura de mi ser se estremece, me dan ganas de llorar, de pegar el grito para que se apersone mi madre con su arsenal de cuidados y no hay nadie y lo mejor es curarse en salud y ocupar los dedos en otra cosa, en cortarse las uñas, por decir algo, pero viste cuando adoptás la costumbre de cortarte las uñas cada vez que te acordás de hacerlo y te acordás muy seguido porque el alicate está ahí nomás de los discos y vos te atraía la idea de escuchar una buena canción y resulta que tenés mil discos mil veces escuchados y te das cuenta justo cuando los dedos tamborilean sobre los lomos diciendo para sí éste no, éste tampoco, éste menos que menos, y la hora pasa y ves que es mejor el silencio y te cortás las uñas, porque hay días que no te sale otra cosa que cortarte las uñas, en realidad si la cosa pasara por querer uno quisiera quedarse estacionado en el momento exacto en el que el mejor de los besos no alcanza a marchitarse, para qué esperar otra cosa de ese momento, si de buenas a primeras, esa boca ahí, a mano, que invita a un nuevo intento, a una recreación de aquella imagen, ya no es la misma, es como el camino que hicimos una vez, no hace tanto, cuando fuimos tan felices, y de golpe se te ocurre que un buen día como hoy querés hacer otra cosa que cortarte las uñas y salís a andar ese camino y ves, es la mitad, la vegetación rala del desierto amarillea hasta el cielo de la boca, la abolladura en la baranda que es seña de que alguien se ha dado el palo de su vida aquí mismo, y te das cuenta de que vos mismo podés haberte dado ese palo y ya no podés hacer un metro más sin repetir la escena, los oídos aturdidos por la frenada, el golpe seco, las vueltas, ya no vale la pena intentar la misma aventura, no es posible sin dolor, y que lo diga mi oreja izquierda.

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