El largo camino al Río

El apremio por llegar siempre se las ingenia para dar con su antídoto. Yo no sé cómo es que lo hace, pero conmigo nunca falla. Hoy debí poner un pie, porque un pie solo basta, en una sucursal de banco a la que no acudo nunca. El motivo, baladí, requería que se lo atienda con la mayor de las seriedades. Eso creía hacer, mientras subía la escalerita del bondi, con mis dos pesos en la mano, y dos moneditas de diez centavos, el cambio perfecto para que el chofer tenga la consideración de saludarme y hasta agradecerme. Ultimo asiento a la derecha, mullido, la cortina dejando pasar la aspereza del sol esquivo que a veces nos regala marzo. Y apenas pasada la rotonda, la 5 de octubre, que nos da la bienvenida a casa, el corte abrupto de la marcha, la intentona de arranque y ninguna señal de parte del motor. Todos abajo, dice el chofer, y todos abajo. ¿Pero es que viene algún otro coche?, preguntó una señora, como si en vez de un colectivo del servicio público viniéramos en un carro tirado por caballos. Sí, sí, dijo él, mientras marcaba el número para dar cuenta a la central de la mala nueva. Ya fue, dijo una pareja, y la emprendieron por la avenida, y yo, aún un poco atontado, atiné a hacer lo mismo. El reloj marcaba las y media. Ya no llegaría, pensaba, no sé cuánta es la distancia, pero, sólo por aportar un dato de color, a esta altura la avenida no tiene veredas. Hay que andar por el pavimento. Hay que jugarse a sentir en el costado la velocidad de los autos que, como si fuera una ruta abierta, y casi que lo es, no le mezquinan al acelerador.
Paso revista, entonces, como para aligerar el peso de los pasos, a los comercios de la zona. Un pelotero, claro, bautizado Disney. Qué lejos queda esto de Orlando, de las franquicias y esas cosas de abogados. Rotisería La salida, que no le pone ajo a la pizza a la napolitana y por ello le damos gracias a dios. Y al cocinero. Panadería Roldán, siempre tan concurrida. Las enormes casonas del barrio Padre Juan, que a esta altura se llama Villa Italia. Una verdulería sin nombre. Una casa de repuestos llamada Warnes. Todo moto, promete todo para motos. Un local en una esquina rosada, antes bar, después GNC, ahora en ruinas, aparente depósito de ladrillos. Una radio, qué digo una: la radio. Un colegio primario lleno de hermosas nenas y de borregos con teléfono celular, al fondo, esto es José Hernández, o tal vez Martín Fierro, se divisa en colegio Padre Juan, el de los curas, el de los únicos pibes que egresan sabiendo cómo es que se hace el nudo de la corbata. Ellinor automotores, que tiene en exhibición un Mini Cooper, creo que el único en varios kilómetros a la redonda. Panadería Los olmos, el mejor pan de la ciudad. VS materiales, que acaba de inaugurar un nuevo local, justo en diagonal, porque esta provincia, atención albañiles, no para de construir. Pinturería, eh, no se alcanza a leer. Gomería, bien puesta, pero gomería al fin. Estudio contable; el pudor me exige que no nombre a esta gente y le haré caso. Casas, notorias casas, de afamadas fortunas locales. La casa de las Alfombras. La huerta del valle. Local que se alquila por temporadas: Osama pirotecnia.
Ingeniero Mario
Cómo anda, querido.
Contando penares, y usted.
A los saltos pero sano.
Digno de envidia, le cuento.
Qué anda pasando.
Y, nada nuevo, nada que usté no sospeche.
Se resfrió the boss.
Algo así, pero pongamos que es un resfrío perpetuo. Un moco atrás de otro. Un moco sanguinolento.
Lento sólo el sanguino, siempre fue rápido pal mandado.
Mandado pacer cagadas.
Digame a mí, que como inspector meta y meta facturar certificados deformes.
Pero, si se habrá visto, buen hombre, no es lo que uno merece.
Pero bien que lo hace.
Seguro, es la parte de la torta que a uno le toca.
Claro, retorno va, ida viene, qué se va andar fijando uno si hay un cero demás o si eso que parece un tres ahora resulta ser un ocho.
Es el fin de la historia.
Un golazo, el fin de la historia, y ahora que nos tiren los perros.
Sí, nadie vendrá detrás de nuestros pasos.
Mejor, mire, vea, no sea cosa que se aviven y en vez de un quince se les ocurra que ahora hay que ponerse con un veinte.
Todo es mentira.
Por supuesto. No sé nada de lo que dicen que dicho.
Ni oído.
No, si yo no le presto el oído a tamañas habladurías.
Aquel, el de la toyota, no será el excelentisimo.
Ojalá que no, porue hoy tuve que tomarme el piro temprano.
Trámites en la capital, me imagino.
Sí, hacer banco, cuánto tiempo llevaba sin hacer banco.
Desde los años felices, me imagino.
Sí, en los años felices también nos quejábamos.
De llenos.
Yo no sé como hace el Mauricio para aguantar en la ratonera.
Haciéndose el boludo, algo le habrán dejado estos años.
Tres hijos, una mujer enferma.
Treinta chances desperdiciadas.
Claro, porque no es ningún boludo, a él le salen posibilidades.
Y si no salen hay que inventarlas, mi amigo.
En eso estamos, créame.
Le creo, lo adiviné en lo presuroso de la marcha.
Sí, menos mal que hace día lindo.
Que sino…
Que sino tendría otra cosa para quejarme.
Y no quiere.
Le juro que no quiero.
Le creo, le creo.
Hasta más ver.
Lo mismo digo.
La galería, que se levantó antes de que se inventarán los shoppings. Fénix tenía que llamarse. Pobre Fenix, ahora es el cagadero de palomas más grande del casco céntrico. La oficina de los muchachos liberales. El revistero El parque, para enterarse lo que pasa en el mundo. Telecentro San Martín, ¿una maquinita?

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