La señorita Roldán/7

Por hache o por be, la noche en que dimos el primer golpe, yo no estaba allí, sino en mi casa, cómodamente despatarrado mirando la televisión. En ese entonces, los jueves a última hora, hacía furor un programa casi completamente protagonizado por títeres y a nadie debía llamarle la atención. Ya vendría el tiempo en que todos seríamos muñecos en la gran ópera infame pero, por lo pronto, era agradable esa sensación de fresca libertad que provocaba el oír de boca de un muñeco la estupidez más grande del mundo, con tal de que a mitad de cada frase dejase caer alguna palabra como culo, boludo, mierda o puto.
La noche, quizá demasiado fresca, tal vez fue mi coartada el viernes siguiente, cuando muy temprano en la mañana, me atrevería a anotar que más temprano que nunca, los seis estábamos en derredor del mástil sin bandera, oyendo las voces de alumnos y docentes que maldecían en voz alta pero por dentro se reían de la travesura, no una cualquiera, sino una que tenía algún rasgo de elaboración.
Fue una obra de profesionales, le escuché decir a la señora directora, la viuda del doctor Mercuri. Algunos le decían que sí, sólo por compromiso, quién podría faltarle el respeto a la señora directora. Otros, nosotros, preferían una prudente distancia del hecho, no fuera cosa que se nos notase en la cara que sabíamos mucho más de lo que podríamos decir sin rubor.
Era una tradición, y de hecho creo que una vez utilizamos ese modus operandi, el llamado telefónico con amenaza de bomba. Normalmente el colegio se evacuaba en quince minutos y la policía tardaba una hora, acaso dos, en decir que era una falsa alarma. Siempre pensé en lo temerario de ese dictamen. ¿Y si un día resultaba que era cierto?
La operación era sencilla. El Rata tenía algunas llaves inservibles en su casa. Era cuestión de limarlas hasta que la paleta quedase agarrada al cuerpo de la llave nada más por un hilo. Creo que su padre nunca lo vio trabajar tanto. El resto era comprar una buena cantidad de pegamento, ir a la noche, a la medianoche, por ser fiel a la tradición, meter una llave por puerta, quebrarla y después tapar la ranura con una buena cantidad de pegamento. Esa noche, la Bruja, tan parecido a sí mismo como nadie, creyó que era oportuno asentar una amenaza: esto es sólo un aviso, la próxima BOOM.
La policía tardó unas largas seis horas en desmontar el dispositivo terrorista. Puso, por precaución, una guardia discreta, aunque no tanto como los pícaros ojos que en la oscuridad se mofaban del tantísimo poder que detentaba una modesta banda barrial que sólo aspiraba a evitar la fatídica prueba de Historia, la que pocos días después reprobaríamos categóricamente.
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seis / cinco / cuatro / tres / dos / uno

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