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Los acabarse nunca se acaban. Están todos liados de tal modo que a cualquier tipo de a pie, pongamos en ese lugar a Finnegan, que siempre va de a pie, le da la impresión de que nada se acaba nunca. Así, la vida como enfermedad, el amor como marcha hacia el abandono, la literatura como un dedo que se hunde entre la arena mojada y ese regusto en el paladar de sabor probado mil y una veces y sin embargo la resignación, la resignificación, la recreación, la postración de la creación que, cierta en su futuro levantarse, se mira el ombligo con desdén, se mofa de las heridas de los heridos y de las caídas de los caídos, como si hiciera falta un último escamoteo y uno más

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