La señorita Roldán/2

Esa temporada jugamos al basquet.
Como quedó dicho, el profesor no dejaba ningún detalle al azar. Nosotros, los quinceañeros de entonces, lo mismo que los de ahora, preferíamos la anarquía, de suerte que, no podía esperarse otra cosa, aquel año se pareció bastante a una conscripción.
La violencia formaba parte del acervo cotidiano. Por ejemplo, un día cualquiera, a propósito de la lenta marcha de los soldados, Sifón, que así le llamábamos por su contundente nariz, decidió ponerle un coto a la desidia y echando mano a su ronquera, puso el grito en el cielo: ¡el último manteada!, lo que puede traducirse más o menos así: al que llegue último, caguenlo a palos.
Ante el rigor del régimen que encabezaba (más ajustado a la realidad sería “ennarigaba”, pero jamás me tomaría esa licencia), la orden se cumplió a pie juntillas. Tal vez sea oportuno que aclare que el profesor sintió algo de sana culpa cuando el rostro ensagrentado de Capelli, que no se había tomado muy en serio la orden, o no pensó que llegásemos a tanto, pidió algo así como una tregua. El caso lo ameritaba.
La decisión de ponernos a jugar un campeonato de básquet entre las diferentes divisiones no fue afortunada. Mi curso, por ejemplo, integrado sólo por elementos que ni en su madurez han alcanzado ese umbral de decoro masculino que es el metro setenta, se vio perjudicado seriamente. Más allá de que no hubiera ningún premio al campeón, nadie ahorró malas artes para la competencia.
Así y todo, el básquet nunca podrá echar de su sitial al fútbol. Más allá de sus atractivos, hay pequeñas cosas de las que carece y hacen a nuestro adn deportivo. Voy a referirme sólo a una.
Pocos placeres experimenta el cuerpo que se le parezcan al de ir a trabar una pelota. Toda la fuerza concentrada en un tobillo contra otro tobillo en el mismo plan, el ruido que resulta de la compulsa, el momento inmediatamente posterior, en el que uno de los jugadores se ha llevado toda la ventaja y el otro ve lo vano de su esfuerzo, esas cositas son impagables. Claro que es lindo meter goles, intervenir en jugadas lucidas o salvar a la valla en la ultimísima instancia del juego, pero esos son extremos. Esto es el juego mismo.
En el básquet es diferente. Casi todas las fricciones se sancionan con falta. Así, lo que prevalece es la maña sobre la fuerza. El que gana la posición, gana la pelota y esta diferencia crucial se funda en que el balón se disputa casi por completo en el aire y el menor impacto de un cuerpo contra otro, sin el sustento que da el tener al menos un pie en el suelo, termina por magnificarse.
Algo así nos pasó una vez al Cuni y a mí.
Nuestros equipos medían su disparidad de fuerzas. Perdíamos feo, pero ya estábamos acostumbrados. Sin embargo, mi equipo se prodigaba por entero, incluso yo, que era de los peores. Así, en una instancia del juego, alguien habilitó al gordo, que con suma comodidad se dirigía al aro en mis propias narices. Así, cuando se elevaba para encestar, le crucé uno de mis brazos para dar contra los suyos, lo que en cualquier caso implicaba una falta, pero con tanta mala suerte que acerté con su cara. En fin, malogré su acción, pero él no contento con la falta, casi sin pensar se hizo de nuevo de la pelota y me la tiró por la cabeza.
Ni hablar. Nos echaron a los dos. Hicimos un poco de teatro. Teníamos quince años y llevábamos más de diez de conocernos. Nadie entendió nada. Qué decirles. Fue la primera y única vez que me echaron de una cancha. Bueno, sí, alguna vez me echaron de algún bar, pero eso ya es otra historia.
*
uno

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