Jueves negro

Como si poco hubiera tenido este que escribe con la noticia del fallecimiento de Anna Nicole Smith, ayer la prensa dio cuenta de un episodio del mundo de las letras.
Así como las barriadas pobres sólo alcanzan las primeras planas con motivo de alguna mala noticia: un asesino serial, alguna violación, una catástrofe, del mismo modo, la república letrada sólo cobra notoriedad por algo que mueve a la vergüenza ajena. Entre los escritores, gente gris si la hay, no hay espacio para asesinos seriales o violadores. Lo peor que pueden hacer es dar a conocer algún exabrupto de su verba incontinente o estafar a la fe pública cometiendo un plagio.
Sergio Di Nucci, ganador del reciente premio La Nación, ha sido privado de su galardón por copiar treinta páginas de otro libro. A él, más allá de que el diario pueda iniciarle alguna acción legal, le caerá el escarnio. Los escritores son muy crueles entre ellos. Hace poco Bayer nos contaba que nunca le había perdonado a Sabato una frase dicha en los cuarenta. O quizás en los cincuenta. De eso no va a salvarse Di Nucci. Todo el mundo se sentirá llamado a señalarlo con el dedo.
Me da pena. Sin haber leído el libro, me interesaba que alguien pare la oreja a la realidad de los inmigrantes, no sea cosa que nos quedemos con la tilinguería de Cucurto. Me interesaba que fuera joven porque particularmente estoy algo fatigado por la simpleza (sic) de la autodenominada joven guardia.
Pero eso no es lo peor del caso. Después de todo, cada uno puede hacer de su reputación lo que mejor le venga en gana. Lo terrible es la sucesión de escándalos que se suscitan en torno a los concursos literarios. No hablemos del premio Planeta, que ya es un clásico: Plata quemada de Piglia, Valfierno de Caparrós (¿en qué habrán quedado las acusaciones de plagio que formulaba en su momento Guelar? ¿eran falsas? ¿arreglaron por debajo de la mesa?), y ahora Andahazi. Este año sumamos al premio Clarín el pucherito del cocodrilo Guebel que, aprovechando el espacio del que dispone en un medio, pretendió opacar el lauro para Betina González.
Y detrás de eso, lejos de los micrófonos y los órganos de propaganda de la cool turrita, quedan los ingenuos que gastan tiempo y dinero en participar. Acá me doy permiso para la deformación profesional: en las quiebras, si un acreedor comete un fraude, se dice que perjudica al concurso, esto es al colectivo de acreedores concurrentes, que pujan por saldar su acreencia sobre un patrimonio escaso. Acá también puede decirse que el perjudicado es el concurso. No sé cuántos se presentaron en el de La Nación, pero miremos el ejemplo del premio Clarín. Es vox populi que las novelas premiadas no han sido gran cosa, pero lo que prestigia al concurso, más allá del renombre de los jurados, es que se presenten ¡ochocientas obras!
Con este estado de las cosas, y en vistas de que dentro de un mes va a conocerse el resultado del concurso organizado por la Biblioteca Nacional, este servidor se permite hacer público un pálpito. Gana la ópera prima de Julieta Prandi. Después no digan que no les avisé.

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