Bien raíz

No pude evitar escucharlos. Nada más quería yo que dormir un buen sueño hasta sentir que faltaba poco para llegar a destino. Pero hay días que se rebelan desde el minuto cero. Nada que hacerle. Sube el flaco en su parada de siempre. Sube y se sienta en un asiento vecino al mío. Saluda, algo distante, a su acompañante, y ahí nomás empiezan a charlar. No pude evitar escucharlos. No quería hacerlo, pero me encontré en ese trámite. El acompañante le contaba al flaco sobre su flamante adquisición, un alquiler de un monoambiente, y los percances que le había aparejado. Nada nuevo hasta aquí. Siempre nos fastidia vivir cerca del dueño de casa. Mucho más si no lo conocemos todavía. Puede que le moleste la higiene o su falta, los horarios, las juntas. En esas andaba el amigo del flaco. No le dio demasiados detalles. Raudo pasó a decirle que quería otro sitio. Que no tendría problemas en pagar 600 pesos. Incluso 800. Caramba, pensé yo, hay alguna diferencia entre 600 y 800. Pero más me alarmó, y acá es donde paré la oreja, saber que hay otra gente que actúa así. Pone un precio primero y después ve lo que le dan a cambio. Yo he preferido obrar de otro modo. Lo que estoy dispuesto a pagar es lo más barato que haya en el mercado. Después de todo es imposible que algo sea bueno, bonito y barato. En el mejor de los casos pueden combinarse dos factores. Y ya.
Alquilar, se sabe, es vivir un poco de prestado, saber que esa casa, esa pieza, ese aguantadero, que acaso nos vea morir, no nos quiere del todo. Entonces nos cobra una ración de sangre al mes. O sea: es menos comida, menos tiempo libre, menos todo. Para qué darle vueltas. Es mejor, si uno anda en esas, ocupar el menor espacio posible, buscar un sitio que no se inunde, que tenga las prestaciones básicas, y después meterle corazón. No hay otra.
Lo malo fue que el flaco se puso a describire un cierto inmueble. Muy céntrico, en altos de una mueblería conocida, en la cuadra en la que vive un político importante, mil comodidades. En fin, eso vale 750 al mes. Lo heredé yo, dice, el otro cree que es una broma, que sí, que no. Bueno, el flaco, como si fuera bastante prueba, enumeró el resto de su haber hereditario. Necesitó un buen rato para hacerlo. Doce cabañas en Puerto Madryn, una casa en Playa Unión, primera fila, 180 mil dólares. Otras propiedades menores aquí. En fin, hermoso botín.
Por suerte abandonaron el tema de los bienes raíces.
Pasaron a hablar de cosas más terrenas. Que yo gano una luca cinco. Yo una luca 7, repuso el flaco, pero no me interesa vivir de rentas, es un bardo administrar. Yo, en el asiento vecino, sofocado por la compañía de un muchacho con carne de gimnasio, compelido a poner mi bolso entre los dos, como valla, porque si hay algo que me revienta, no importa el frío que haga, eso es el roce de un caballero, estaba el borde del trino.
Para qué trabaja la gente, masticaba para mis adentros. Yo vivo con 4 mil dólares anuales. A veces me voy de vacaciones. Tomo el vino que me gusta, de vez en cuando algún whisky. Compro libros. Como un plato caliente al día. Con una propiedad de 180 mil dólares líquidos, a razón de 4 mil al mes, podría vivir 45 años. Tengo 32. Eso quiere decir que no me subiría jamás a un colectivo inmundo como este, que parece una coctelera, para hacer mi aporte a la solución de problemas que no me pertenecen. Qué sentido tendría vender a precio vil la mitad de mi día útil si pudiera vivir de otra cosa. No lo entiendo. Juro que no lo entiendo. Pero no me esmero. Eso puede ser.

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