Perdido el miedo

No es este el mejor momento para escribir. Siempre es buen momento para escribir, pero esto es una excepción. Hace calor. Demasiado calor. Somos demasiado pobres para tener acondicionador de aire. Somos demasiado ladrones para tener ventiladores de pie. Tenemos ventiladores de techo. Tenemos miedo a los ventiladores de techo. Es decir, yo supongo que a cualquiera le daría miedo escuchar de la propia boca del instalador “de acá para allá, doy garantías, por el resto no puedo hacerme cargo”. ¿Qué significa eso? Tal vez que pueda caerse el ventilador mientras las paletas giran a velocidad crucero. ¿O pateará la corriente? El caso es que no hay muchas alternativas. Yo tengo miedo. Todos tenemos miedo, pero aunque no lo tuviéramos… Eso es, pensemos, es sólo una hipótesis de trabajo, no tenemos miedo. Nos abocamos fieramente a nuestro cometido. Punteamos planillas kilométricas. Corroboramos la exactitud de todos los datos. Con un golpe de vista, detectamos la causa del desaguisado que estraga la partida doble. Y soportamos el calor. El mucho calor. No tenemos calor. No volveremos a tenerlo nunca. Esto es una cámara frigorífica. Nunca fuimos tan felices, nunca tan frescos. Mañana tomaré precauciones. Me traeré un abrigo. Y carilinas. Me gotea la nariz. Creo que esta semana toca resfriarme. ¿Alguien tiene a mano una bufanda que prestarme? La puta madre que lo parió, con los pies fríos no se puede trabajar. Loco, por qué nos saltamos un poco. Aunque sea caminemos. Yo voy a preparar café, que calienta bastante las tripas. Habrá que aumentar la carga calórica. Dicen que tomar leche con miel es bueno para la garganta. Lo malo es que a mí nunca me ha gustado la leche. Y la miel, qué decir de la miel. La miel me empalaga. Eso y los paños calientes. Calentar algo y ponérmelo en el pecho a la hora de dormir. Eso, cuando la tos me lo permite.. A veces tengo la esperanza de cansarme de tal modo que no quede otra salida que caer derrumbado, pero cómo voy a cansarme si la paso todo el día en la cama, meta toser y toser, toser hasta que el estómago llegue a pedir perdón, toser hasta las lágrimas. En esos raros intervalos que no toso siento en mis espaldas el rastro de la golpiza. En esos raros intervalos suelen darme ganas de dejarme ir, no importa donde. Incluso hasta allí donde jamás me atrevería a escribir. Y el aire que se acaba y las luces que se cierran y el dolor abdominal que va cesando y el abandono a las ganas de no escribir nada, pero nada de nada, nunca pero nunca más.

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