Y el otro

Hace un rato nada más, me encontré exponiéndole a una amiga las peripecias que suponen un viaje hasta aquí. No crean que son muchas. Ni siquiera son muy importantes. A alguna gente le causa más escozor que otra. Yo soy de esos. Los del escozor, quiero decir.
Una única parada. Espera. Transbordo. Hacer fila para retirar el equipaje y al rato una nueva para despacharlo y en el medio dar con el gesto del muchacho de camiseta colorada que pregunta algo, por ejemplo: “¿A Mar del Plata?”, pero uno no va a Mar del Plata, ni es idiota ni lleva camiseta colorada y le dice “pero, che, este es el 147; se anuncia a Bariloche”. Y él “disculpá es que estoy mareado”. Uno debería ir lo bastante equipado como para meter la mano en el bolsillo y encontrar un geniol, una aspirina, una pastilla de mentol, pero nada, nada de nada, ni cigarrillos, entonces deja pasar la ocasión de humillarlo, le entrega el equipaje, recibe a cambio un papel exiguo y con sumo cuidado lo echa al bolsillo de la campera, sabiendo que al menor descuido adiós, equipaje, adiós, porque el seguro paga una suma miserable.
Pero no vayan a creer que uno es de esos tipos que humillan porque sí. Nada de eso, señores. Si por un instante cruza por mi cabeza la idea de hacerle pasar un mal momento al muchacho de camiseta colorada que despacha el equipaje, es en plan de venganza y eso no puedo evitarlo. Un rato antes, una hora y media o dos, hubo otro, que no éste mismo, porque este es rubio y al otro lo recuerdo como un pibe morocho, crespo, con pinta de necesitar angustiosamente de mi propina, que me obsequió un mal momento a mí, y todo por gentileza de la casa. Hay decenas de maletas en la bodega. Piensen un momento en esto: maletas en una bodega. Cuál es el color predominante. Pues el negro, está claro. Entonces si un tonto como yo, que en una situación normal, digamos de pie, o en casa, en ronda de amigos, me jactaría incluso de ir contracorriente y por haberme comprado una maleta flor y flor, de un color azul oscuro personalísimo, casi negro, en fin, comprenderán que cuando el muchacho me mira y levantado la pera y sin decirlo me dice Usted, yo me incorporo un poco adentrando algo de mi cabeza en la oscura bodega y sin atisbar a tener noticia alguna de mi maleta le digo: es una valija mediana, color azul oscuro, el muchacho se de vuelta y sonriendo me sobre: no me diga!
Pero fuera de eso, no hay mayores peripecias. Esa es la única parada, pero en realidad lo digo pensando en mí, que soy el único que viene a este sitio. No hay transbordo sino que soy yo el que se embarca en otro colectivo. Hay una hora y media o dos entre uno y otro. Escrito parece poco. Sólo por escrito parece poco. Las dos mitades de mi viaje, que no son perfectas mitades, miden dos horas y cinco horas. Las dos horas son muy largas. Las cinco, creo, constituyen el peor viaje que pueda ocurrirle a nadie en el mundo. Son cinco horas de la nada más absoluta, cuando la nada es esa mata de color casi tierra.
Me rescata la lectura.
O el sueño.
Si no puedo dormir, tengo Memorias de Adriano, pero ahora que lo escribo me parece que es mucha lírica para un colectivo. La alternativa es Mark Twain, que, para serles sincero, nunca me ha caído del todo bien.

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