Segunda opinión

Estaba detrás de mí desde hacía una buena cantidad de metros, pero algo me había dicho hasta ese momento que ese azul oscuro con pintitas blancas no merecía la pena. Así, durante el trecho faltante, me concentré en un punto cercano: la cinta que se empeñaba en no correr, el matrimonio de viejos, ella con una alianza enorme, él muy flaco, menos de diez unidades, un vino trapiche más bien barato, chucherías para la navidad; y el cajero, un muchacho nuevo, de esos que dudan ante casi todo y preguntan a una sombra que llevan detrás, pertenezca ésta a la figura de un cajero más avezado o bien a una oscura conciencia que sólo se revela cuando el novato voltea levemente su cabeza, como si buscara algo.

Entonces fue que escuché la voz de un tipo, supongo que su esposo, cada vez más cerca, diciéndole algo así como mirá esto, qué bonito, y ella, a la sazón la poseedora de la billetera, preguntándole cuánto es que costaba eso, que en su voz aparentaba no justificar el entusiasmo que mansamente enarbolaba el esposo. No sé, me cuesta encontrar el lugar dónde ponen los precios, dijo, y algo más que se me escapa, porque emprendió un nuevo derrotero que tal vez le deparase traer algo bonito, con precio, y que le gustara a su mujer. Sólo allí giré levemente mi cabeza, como si fuera el cajero en busca de la voz de su conciencia, y ahí estaba ella, toda majestad, una preciosa teta enfundada en una camiseta sin mangas, de un azul muy oscuro, con algunas pintitas blancas.

¿Me creerían si les digo que yo me levanto cada mañana con la esperanza de ver una cosa así? Aunque no lo creyeran poco me importa. Ustedes se lo pierden. Es un gusto menor, simple de satisfacer. Siempre hay una teta a la que echar mano, aunque más no sea en lo que la vista permite, cuando se está ligeramente atribulado por los alfileres que nos viene clavando la vida, ¡y lo que no daría uno por traspasar el capote y acabar con todo y torero!

Antes de que hubiera mundo, una teta y sólo una, prolijamente ataviada en azul oscuro y pintitas blancas, vecina de un brazo fortachón de piel blanca, casi amarillenta, en adelante coronada por un hombro nada desdeñable a la vista, un cabello de ese rubio ceniza que sólo se ve en las sobrecitos de tintura, bonitos ojos, y una generosa papada que era el único indicio de que la propietaria de la teta había pasado ya los treinta, y en eso de nuevo él, que quizá tuviera cuarenta, o cincuenta, o esa edad indefinida en la que uno comienza a sufrir los rigores de la vista menguante, y no tiene otra que esconderse en unos lentecitos muy a la moda, de esos que parecen no tener marco, pero de un cristal tan pero tan grueso, que uno se convence de que el buen hombre no ve lo que se dice absolutamente nada, esta vez trayendo alguna otra cosa, que ni noticias del precio, vaya a saber dónde lo esconde esta gente, y la reacción de la dueña de la teta no es sincera, es medida, y si hay algo para medir eso es la semiplena prueba de que hay un exceso antes que la calle se doble en esquina, pero mejor no pensar en eso y quedarse en los hombros encogidos del esposo, que da media vuelta y sigue en lo suyo.

Tal vez sólo por darme un gusto, y sólo uno, fue que ella también se dio una media vuelta, como si buscase oír mejor a su sombra, que tengo por seguro que le hablaba de mí, de esa compra tan extraña que supone un par de bifes y otras tantas botellas de vino y un gel carísimo para el flamante corte de pelo, y en vez de desdecir la media vuelta mejor dar una vuelta completa para derramar un poco de vista y majestad a lo que la teta vela, y de nuevo él, que estaba vez trae una promoción de dentífrico y cepillos de dientes y, como casi todas las cosas, consulta con ella qué tan buena será la prestación de los cepillos porque el precio era inmejorable, ella duda, ella pregunta, y él un poco de nuevo y encogido de hombros dice tanto como a mí no me afecta, no sé qué pensás vos, y a mí por un segundo me dan ganas de tomarla a ella por los hombros y decirle cómo es que puede compartir cinco minutos de su tiempo con un tipo que es incapaz de imponer su gusto, su criterio, su buen tino, a la hora de escoger un cepillo de dientes, porque no me entra mucho en la cabeza que en materias como ésta pueda haber el mínimo margen de duda. No es igual esto que aquello y a estos efectos poco viene importando lo que diga el ocasional compañero de alcoba, pero me quedo en el molde, que es lo que me pide la voz de mi sombra.

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