Sala de espera

Puede que me engañe la memoria, pero yo recuerdo haber visto en más de un dibujo animado de los que miraba en la infancia una leyenda que en el español neutro del doblaje decía “En caso de emergencia, rompa el cristal”, y en los años tiernos todo era tan natural que hasta me resultaba fatalmente agradable el hecho de tener que romper el cristal en caso de emergencia. Quizás, habida cuenta de la concurrencia de un evento terrible, fuera válida la ocasión de valernos de eso que se esconde tras un cristal. No sé. Si hubiese sido por mí, en caso de emergencia hubiera roto la pecera y echado a la libertad a esas pobres criaturas del señor sentenciados a la pena de dar vueltas y vueltas en tan reducido espacio. Si hubiese sido por mí, hubiera roto las botellas de vino. Y los frascos de mermelada. Y los vidrios de la ventana. Y también, por qué no, la pantalla del televisor, el espejo que vigilaba el pasillo, los focos de alumbrado público de todo el vecindario. Hubiera roto los vasos, los platos, el pingüino y la majestad de la jarra de agua que tanto le gustaba a mamá. Sólo después supe que en caso de emergencia los cristales suelen romperse por propia voluntad. Como si el mundo necesitase cada tanto que alguien le sacuda un hombro y la modorra, que algo cruja y se fracture y se haga añicos y lastime. Entonces cada vez que viajo en colectivo y me toca sentarme a la mitad, levanto la mirada y veo el modo en que me mira el martillo y otra leyenda: use en caso de emergencia, y tonto como soy me da por preguntarme cómo haría yo para quitar el martillo de la cárcel que lo sujeta, cómo podría hacerlo con estas manos torpes para todo lo que no sea taparme la cara cuando lloro, y cómo si no tuviera manos y tuviera que redoblar el esfuerzo para acercarme a él con un muñón, con el hueso astillado y los tendones, o cómo si nada de eso tuviese y nada más la boca llena de dientes amarillos y entonces su silueta dura de martillo de metal riñendo con mis dientes, la lucha desigual, la derrota y entonces por qué no goma en vez, que si total no hay martillo que sirva al que no tiene manos y la vista roja de la sangre precisa un consuelo, que le digan, por ejemplo, en caso de emergencia use el martillo, y el pensamiento rojo de la sangre se contente de saber que alguna vez alguien ha pensado en él. Pero, vamos, el martillo sigue allí, en su corsé. No hubo emergencia. Y no hemos llegado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s