Vísperas del niñito

El fin de los días ocurrirá una tarde de verano. Estaremos todos, ustedes, yo, nuestros enemigos, organizando alguna de las tantas celebraciones que nos ocupan en víspera de las navidades. Tendremos la billetera vacía y nos lanzaremos a los bancos a retirar todo el dinero que quieran darnos. Ello porque gustamos de recibir al niñito dios con la panza llena y los mecanismos digestivos perfectamente lubricados, amén de que, puestos en plan de reconciliación con esa familia que nunca nos ha caído muy en gracia, tendremos al resto de las cosas de este mundo envueltas en papel de regalo y rematadas con la cinta roja contra la suerte que es mala. Hasta que un cajero diga no hay dinero. O mejor: la red no puede procesar su operación, vuelva a intentarlo dentro de unos minutos. Confiados en que se trata de un error del dispositivo, ustedes, yo, nuestros enemigos, otros transeúntes llamados a apiñarse en las cercanías de estos cubículos de la fortuna, empezaremos a rodar de aquí para allá, con tal de dar con un billete, la mitad de lo que en primera instancia queríamos e incluso menos. Todo con tal de llegar en pie hasta mañana, que seguramente todo volverá a su cauce, sólo que tendremos un día menos para prodigarnos en homenaje a nuestros afectos y tendremos más sed y mucha más hambre y nos sentiremos un poco en falta con ese niñito dios que viene a traernos la buena nueva, envuelto en papel de regalo, rematado con una cinta roja contra la suerte cuando es mala.

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